Skip to main content

Full text of "Devoción de patria"

See other formats


■*ma 



.V» 







■*^**j 



:r 



I, 



h 




<V 


f\ 


»v 


(*> 


Ü. 


u 



J 



* 

i o 






90 

I 



THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F2235.3 
.C37 



DEVOCIÓN DE PATRIA 



POR 



F ZZ 

; c 3?. 



R. CAYANA MARTÍNEZ 

Ex- Secretario General de los Estados raleón y Carabobo; 
Diputado al Congreso de Plenipotenciarios en 1914; Diputado al Congreso 

Nacional y Presidente de la Cámara en dos ocasiones; 

Condecorado, por ascenso, con la Orden del L ibertador en la Segunda clase, 

g Correspondiente de la Real Academia Hispanoamericana 

de Ciencias y Artes de Cádiz 




Tip. Americana 
Caracas- 1922 



Al Señoz Genezal Juan Vicente Gómez, Fundadoz de 
la Paz en Venezuela y Pzopuláoi del Culto Boliviano. 

Señoz General: 

¿A quién óino a uóted debe iz, palpitante de juóticia 
y gzatitud, la dedicatotia de un libio que dice de Patzia, 
que habla de devoción intenóa a la memozia divina del 
Padte Libeitadoz? A quién óino a uóted que ha pueóto 
a ondeaz en altuzaó fulguzanteó la Bandezo, llenado de 
múóicaó conóagzatoziaó haóta el máó zecóiidito eópacio 
de nueótzoó poztentoóoó analeó e iluminado óiempze, con 
eóplendozeó de Olimpo, todaó laó avenidaó del culto bo- 
liviano? A quién óino a uóted que ha hecho flozecez el 
bzonce y el mázmol paza la inmoztalidad teóplande- 
ciente de nueótzoó Hézoeó y plantado en cada óiiio con- 
óagzado poz el hezoiómo libeztadoz el lauzedal opulento 
paza que tzinen de continuo en óu tamaje loó pájazoó 
divinoó del amoz nacional? A quién óino a uóted, que 
no óatiófecho con la adozacion al hézoe fabuloóo de 
la Gzan Colombia dentzo de loó pzopioá temploó de la 
gzatitud nacional, hace que óu efigie de levante en ma- 
jeótuoóo btonce, máó allá de loó patzioó hotizonteó, en 
laó tiezzaó del Nozte, a la admizacion y venezación de 
todoó loó puebloó de la tiezza? 

Si Ud. no tuvieza en el libzo de cuentaó de la Patzia 
eóe inmenóo Habez de beneficioá con que la ha engran- 
decido haóta hacezle un óitial de honoz en lo máó alto de 
la admizacion continental ; ái Ud. no hubieza conquióta- 
do, como loha hecho con óu tenaz laboz de patziola invul- 
nezable, loó hezmoóoó tituloó de Fundadoz de la Paz, 
de Pzotecioz del tzabajo y de Autoz de la unión de la 



familia venezolana, baótatiale pata inmoztali&azóe en 

la conciencia nacional, pata esclavizar la gratitud de 
loó pósteros, ese culto fervoroso y siempre deciente poz 
la gloria imponderable del Padre de la Pattia y poz 
la de todos aquelloá invencibles legionarios que con él 
ganaron la ó rnáó altad cima ó del heroiámo libertador 
hasta fijai en el dombo azul del Continente colombino 
las cinco estrellas que apagaron para óiempte, en loó 
viejos virreinatos, el áol de Covadonga. 

Laó grandes almaó, loó seres superiores, loó nobleó 
del heroísmo, óon loó que óaben cómo óe hace el incien- 
óo pata adorar la niemotia de loó Hétoeá que han 
dejado a loó puebloó la hetencia de la libettad; cuál 
el temple del aceto cottadot de palniaá en la selva 
sagrada pata la adotacíón augnátal ; cual el btonce 
para forjar laó campanaó que repiquen la gloria de 
nuestros díaó triuufaleó; con qué múáicaó deben repe- 
tirse loó nombres conáagtadoá por la Epopeya; qué 
eáenciaó debe quemar la gratitud nacional en toó turi- 
buloó de oro del recuerdo glotioso. 

Por eóo a Ud. óe le ha vióto siempre, deóde óu 
feliz elevación al Poder Público, y aún deóde anteó, 
haciendo vibrar ón bolivianióino con toda la intensidad 
de una devoción fuerte y sincera y con ella el alma 
nacional en cada hoza de nuestras pattiaá consagta- 
ciones, entre las cuales resplandecen como soles la gran- 
diosa celebración de dos magnos centenarios : el de la 
génesis portentosa de nueótra Independencia y el de la 
ciclópea batalla que la áellata en eóla ptimeta cum- 
bte de la Gzan Colombia. Y habrá Ud. de pzeóidir, 
pata fottuna de la República, el de la batalla de Aya- 
cucho, la « cumbre de la gloria americana», la última 
palabra de los cañones libertadoteó pata óilenciar, de 
una vez para óiempte, loó de la Conquióta en loó copa- 
dos de América. Ese dia volverán a juntar sus épicas, 
sonoras vibraciones las campanas de Lima, las cam- 
panas de Bogotá, las campanas de Quilo, las campa- 
ñas de La Paz, las campanas de Caracas como cito 
dia se juntaran pata celebrar la Máxima Victoria y 
aclamar a toda pompa al Caudillo de Amética, crugien- 
tes los hombros por el peso de los laureles, luminosa 
la frente por el beso de los cielos. 

Caudillo triunfador Ud. en iSgg, duele profunda- 
mente a su patriotismo, tan pronto como se apercibe 



de ello, el vacío del óitio testigo de la inmolación de 
Ricaurte, la soledad del campo leyendario de Caza- 
bobo, la tristeza del áamán milenario a cuya áombta 
acampaia un día el Ejército Libertador, y la mióeria 
del cují óagrado bajo el cual redactara el Libertador 
án famosa Proclama de 1816 en su desembarco de 
Ocumate. Y no bien llega la ocasión cuando ya la 
estatua del glorioso suicida de San Mateo se levanta 
en el propio lugar de su incomparable sacrificio; el 
monumento de Carabobo yerguese soberbio de gran- 
deza evocatziz, adelantándose al no menos augusto 
que acaba Ud. de levantar en el histórico campo al 
celebrar el centenario de la gran batalla; un magní- 
fico enrejado con los colotes de la Bandera, encerrando 
en su centro antiguos trofeos, guarda solemnemente 
la teliquia del áibol venerable, vencido por el tiempo 
peto reverdecido por el recuerdo; y en tomo al tronco 
carcomido peto glorioso del Cují de Ocumare, rica región 
doblemente unida por Ud. al centro de la República por 
medio de una costosa cartelera y de un magnifico puerto 
dotado de sólidos muelles, levántase, bajo rotonda artís- 
tica y en lapida de tico mármol consagratorio, la Pro- 
clama inmortal, fulgurante como todas las que brotaban 
de aquella «lengua de maravillas». 

¿A quién, pues, debe ir, palpitante de justicia y 
gtatitud, la dedicatotía de un libio que dice de Patria, 
que habla de devoción intensa a la memoria divina 
del Padre Libettador? 

Soy su muy adicto amigo y compatriota, 

R. Camama Martínez. 

Caracas'. Abril de 1922. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hil 



http://archive.org/details/devocindepatriaOOcaya 



Qué falta para que en la conciencia uni- 
versal aparezca, como aparece clara en la 
nuestra, esa magnitud de su gloria ? Nada 
que revele de él cosas no sabidas ni que 
clepure o interprete de nuevo las que se 
saben. El es ya del bronce frío y perenne, 
que ni crece, ni mengua, ni se muda. Falta 
sólo que se realce el pedestal. Falta que 
subamos nosotros y que con nuestros 
hombros encumbrados a la altura condig- 
na, para pedestal de estatua semejante, ha- 
gamos que sobre nuestros hombros descue- 
lle, junto a aquellas figuras universales y 
primeras, que parecen más altas sólo por- 
que están más altos que los nuestros los 
hombros de los pueblos que las levantan al 
espacio abierto y luminoso. Pero la pleni- 
tud de nuestros destinos se acerca, y con 
ella la hora en que toda la verdad de Bolí- 
var rebose sobre el mundo. 

José Enrique Rodó. 

Sí: todos los hombres y todas las mujeres de 
América, los hombres y las mujeres de hoy y de 
mañana y de siempre, están en el deber, ineludible 
por sagrado, ele colocar sus hombros, fijos el cora- 
zón y el cerebro en la grandeza del Héroe, bajo la 
inconmensurable estatua para que, cuando hayan 
pasado unas generaciones más, sea la más alta que 
se levante frente a los siglos y sobre la historia 
de todos los pueblos. 

Ya lo gritó Montalvo : «¿Qué será Bolívar cuan- 
do sus hazañas, pasando de gente en gente, auto- 
rizadas con el prestigio de los siglos, lleguen a los 
que han de vivir de aquí a mil años ? Podrá Euro- 
pa injusta y egoísta, apocarnos cuanto quiera ahora 



8 

que estamos ciando nuestros primeros pasos en el 
mundo ; pero si de ella es el pasado, el porvenir es de 
América, y las ruinas no tienen sonrisas de desdén 
para la gloria». 

No importa que el esfuerzo resulte nulo a fuerza 
de ser pequeño : cualquiera que él sea será noble y 
bendito. No haj- impulsos pequeños si ellos emanan 
de un sentimiento hermoso y grande. 

Este pobre haz de páginas que 3 7 o tengo la pre- 
tensión de llamar libro, serán un algo a cuenta de 
mi debida contribución de ciudadano de América, 
de hijo de esta tierra egregia y altiva que tiene la 
gloria incomparable de ser la cuna del «más grande 
de los libertadores de pueblos», en torno de la esta- 
tua gigantesca levantada «al espacio abierto y lumi- 
noso » según la maravillosa frase del insigne homé- 
rida del Plata. 

Son pobres páginas de Devoción de Patria, de la 
Patria de a3 r er y de la Patria de hoy, que, como 
hijas espirituales bien amadas, he querido juntar 
bajo la diestra mano de un editor para que las 
presente al público con esa sutil apariencia que 
dan la tinta nueva y el calor de la plancha sobre 
las pobres telas descoloridas y burdas. 

El Autor. 



^Descubrimiento y Redención 



Dos auroras que surgen en el infinito de un mismo 
horizonte, pero que no alumbran los senos de la His- 
toria con una misma luz. 

La primera anuncia el despertar de un día nuevo en 
los vastos confines de la tierra americana, hollada de 
súbito por la planta profana del hombre blanco que traía 
en la una mano la cristiana enseña vencedora de la media 
luna, y en la otra las cadenas que habían de ceñir las 
manos y los pies de la virgen indiana; la segunda anuncia 
el amanecer de la libertad sobre las tumbas de los Incas, 
los hijos del sol, y las tumbas de los Caciques, los hijos 
de la selva. 

La una asoma como tímida irradiación de luna pálida y 
quiebra sus rayos, indiscreta, sobre la frente inmaculada de 
América dormida; la otra como el reflejo de un incendio que 
todo lo tiñe de rojo violento y quiebra sus rayos, reden- 
tora, sobre la frente sudorosa de América doliente. 

Entre esas dos auroras, hecha la una por la visión 
larga y profunda del buzo genovés que le roba a los 
nuevos mares sus perlas más luminosas y opulentas para 
engarzarlas a la corona todavía deslumbrante de la vieja 
España, y hecha la otra por el genio fulgurante del Máximo 
Americano que se las arranca para formar con ellas un 
«collar maravilloso de cinco hermosas Repúblicas», se ex- 
tiende una noche de trescientos años cuyo silencio es sólo 
interrumpido por el chasquido inclemente del látigo de 
fuego de los dominadores sobre las vírgenes espaldas de 
la hija de Colón. 

Pobre América ! Aquella luna pálida de luz indiscreta 
la había encontrado dormida a la sombra hipnotizante 



10 

de sus bosques centenarios, arrullada por los himnos sibi- 
linos de la naturaleza y por las armonías salvajes del 
caracol indiano, y se despertaba al eco del clarín que le 
anunciaba la civilización del viejo mundo. 

Había dejado de ser salvaje para ser esclava. La que ha- 
bía nacido reina iba a ser subdita. La que había tenido por 
cuna una cesta de perlas y de corales forjada por los 
dioses marinos en las noches del trópico, iba a ser una 
odalisca del serrallo de Fernando, con la diferencia de 
que si los sultanes orientales recaman de perlas y dia- 
mantes el cuerpo de sus favoritas, era aquí la favorita 
la que iba a llenar de perlas y de oro las manos del sultán. 

Pobre América! — No, mentira; tú no eres pobre ni te 
llamas América. Tu nombre de pila es Colombia porque 
eres la hija legítima de Colón en cuya imaginación te 
encarnaste como el verbo santo de nuestra hermosa reli- 
gión, y naciste, — nueva Venus oceánica, — al soplo generoso 
de una reina magnánima. 

Y Colombia te llamaste en una gran extensión de tus 
dominios merced al grande espíritu de reivindicación y 
de justicia que vibraba en el verbo y en la espada de 
Simón el Grande, el Redentor, que se dio todo entero por 
tu libertad, todo entero sin restarle un solo músculo a 
su cuerpo ni una sola palpitación a su alma, cuando huér- 
fana y cargada de cadenas en el recinto de tu propio 
imperio elevabas tus gritos hasta el cielo pidiendo re- 
dención. 

Fué entonces cuando el Eterno te oyó. Fué entonces 
cuando, tras aquella capa de niebla que trescientos años 
habían congelado, apareció, allá sobre una cumbre pla- 
ticadora con el cielo, la vaga silueta de una forma hu- 
mana que reclamaba la divinidad en aquella hora solemne 
de la génesis de otro mundo. Un nuevo Moisés acaso sobre 
la cumbre divina? Un nuevo Jesús tal vez sobre las aguas 
del Tiberiades? No, Bolívar, el más grande entre los gran- 
des libertadores de pueblos en la historia de todos los 
tiempos, jurando tu libertad sobre la cima vetusta de 
una cumbre romana. 

El Sinaí y el Aventino, Moisés y Bolívar, tienen una 
misma y única significación ante la conciencia moral e 
histórica: LIBERTAD! 

Para el uno está la solitaria cumbre del Neva, salu- 
dando en el horizonte la Canaan prometida; para el 
otro la tristísima alcoba de San Pedro Alejandrino, pa- 
vorosa y sombría con los sollozos de Colombia. 



II 

Y rugió la tempestad de fuego; y tras las crepitan- 
tes llamaradas de aquel incendio gigantesco que sin piedad 
azotaba la torva faz del déspota opresor, tornó a apa- 
recer, envuelta cu los resplandores de «na aurora inmor- 
tal, la misma figura libertadora aparecida en la hora 
solemne de la génesis de otro mundo. 

Era la misma figura del Aventino. 

Era Bolívar, que febril todavía por la divina visión 
de Casacoima, ennegrecido todavía por el humo de Cara- 
bobo, aparecía como un dios sobre las ruinas augustas 
del Templo del Sol, envuelto en las gasas del firmamento, 
agitando en sus manos el estandarte de Pizarro en ac- 
ción vengadora sobre las tumbas de los Incas, y haciendo 
estremecer con su palabra tempestuosa el trono cesáreo 
de la vetusta Iberia. 

Las cortes del viejo mundo se conmueven ante el ruido 
de triunfales trompetas que acompañan los pasos del 
Vencedor Americano, España siente que la corona del 
hermoso y rico imperio conquistado se le escapa de las 
manos; y tras las volcánicas humaredas de Boyacá, 
Pichincha y Ayacucho, que atrás dejaron a Marengos y 
Jenas, surge la América en brazos de Bolívar como una 
reina olímpica disputada por los dioses. 

El juramento del Aventino estaba cumplido, la visión 
de Casacoima estaba realizada y el sublime orador del 
Chimborazo escalaba el infinito de la inmortalidad en 
alas de la gloria. 

La hija de Colón, la virgen indiana que el hombre 
de la tez blanca había encontrado dormida a la sombra 
hipnotizante de sus bosques inviolados, la opulenta es- 
clava que había nacido reina, era va libre y tenía un 
padre: BOLÍVAR! 

Sobre el bautismo de fuego del descubrimiento había 
caído el bautismo de sangre de la redención. 

Coro. 



Adoración y Ofrenda 



Oh Bolívar! 

Una vez más venimos los adoradores de tu oriente, 
tus hijos en el culto de la Independencia y la Libertad, 
tus hermanos en la religión de la Fraternidad y la Jus- 
ticia, a traerte, iluminados por la estrella prodigiosa con 
que guiaras un día los destinos de tu raza, el oro de 
nuestra gratitud, la mirra de nuestro cariño, el incien- 
so de nuestra veneración. 

Cada una de estas fechas que los concilios de la 
Epopeya han divinizado y que las generaciones agrade- 
cidas coronan de flores inmortales, como los viajeros 
fervorosos a esas cruces solitarias que se levantan, vene- 
rables y venerandas, a la vera de los caminos, representa 
un altar de excelso rito donde se alzan de continuo los 
salmos de la patria y brilla la hostia del recuerdo con 
el vino sagrado de la gratitud. 

Y en cada uno de esos altares, suspendi los como otras 
tantas piedras miliarias en los caminos del culto, nues- 
tra fé hace avío de fuerzas milagrosas, nuestras creen- 
cias se avivan como las plantas al contacto del agua 
bienhechora, nuestras conciencias se iluminan como las 
flores al b2so del divino padre Sol, nuestros espíritus 
despiertan como a la voz omnisciente de un glorioso 
taumaturgo, y seguimos nuestra ruta de creyentes can- 
tando el hosamna de nuestra gratitud en el ritmo sonoro 
del recuerdo 

Así como celebramos tu pascua ¡oh Padre Libertador! 
debiéramos rememorar también tu pasión. 

Nos arrodillamos ante tu cuna, adoramos el sol que 
iluminó los destinos grandiosos de tu obra inmortal, be- 



13 

sanios el polvo que van dejando los tiempos en tornó 
de tu nombre; pero no tenemos fulgores tenebrarios, 
cantos dolorosos en la semana de tu pasión. 

Besamos tu establo, pero no tu gólgota. 

A Santa Marta, que es la Jerusalén de la América 
libre, debiéramos ir siempre tus hijos, los hijos que en- 
gendraste en el seno de tu amada Colombia, a fortalecernos 
en la religión augusta que fundaste y a jurar de conti- 
nuo ante aquella tierra sacra, que no olvidaremos nun- 
ca tus últimas santas palabras de moribundo, y que 
nuestros brazos fraternos serán la cadena que nos una 
siempre a tu nombre y a tu gloria, a tu obra y a tu 
afecto, al trevés de los Andes que son tu peana, al tra- 
vés de los tiempos que son tu corona. 

Así no habría apóstoles propicios siempre a ejercer 
la negación del Maestro, ni Iscariotes que hicieran so- 
nar continuamente en los oídos de la moral y del deber 
las eternamente maldecidas monedas del discípulo trai- 
dor; ni fanseos sedientos de sangre redentora que pi- 
dieran a gritos cabezas divinas ; ni Pilatos cobardes que 
condenaran al justo y se lavaran después las manos lla- 
mándose inocentes. 

Sí, Libertador: debiéramos besar tu gólgota como be- 
samos tu establo. 



5 de julio de 1911 ! 



Del vientre luminoso de tu aurora, hecho fecundo por 
el verbo relampagueante del derecho, del derecho que 
habían hecho divino los dolores de una raza, partieron 
los rayos que habían de romper aquella espesa noche 
de trescientos años que se llamó el coloniaje, para pro- 
ducir las esplendorosas mañanas de la Libertad y los 
crepúsculos interminables de la Independencia americana 

Cada vez que asomas, oh efemérides magua ! tras la 
cortina del tiempo con tu áureo séquito de recuerdos 
inmortales, arrastrando, como una reina esplendente y 
milagrosa, tu cauda infinita de glorias generatrices, los 
pueblos corren a arrodillarse ante tu lumbre para ado- 
rar en ella al sol sacrosanto que hiciera brotar flores 
de epopeya en la llanura de Carabobo; que prendiera en 
las manos libertarias de Ricaurte la mecha empapada 
en reciña de Thabor de San Mateo ; que incendiara las 



14 

entrañas del Pichincha bajo la planta volcánica de Su- 
cre, y abriera un cráter en la cima de Ayacucho para 
iluminar de continuo los contornos de los siglos y po- 
ner espanto en el espíritu acechante y agresivo de las 
razas conquistadoras y rapaces. 

Sí, fecha gloriosa de mi patria libre y soberana : la 
raza que iluminaste con tu sol tiranicida te canta, en cada 
vuelta tuya alrededor del astro de la República, una salve 
fervorosa en que te dice, parodiando la salve apostólica: 
«y bendito sea el fruto de tu vientre, Libertad!» 

Coro: 5 de julio, 1906. 



Patria ! 



Ante la grandeza augusta de esta Gran Madre, ante 
la exeelsitud de esta Gran Soberana, los espíritus más su- 
perficiales, aún los más contaminados con el convencio- 
nalismo bursátil y egotista, es de rigor que asuman la 
actitud que demanda la veneración por todo lo que es- 
plende con fulguraciones de santuario, por todo lo que 
es intocable como la Hostia, por todo lo que habla ala 
conciencia de cosas eminentemente sagradas, por todo lo 
que habla a la dignidad humana de honor y de virtud, 
por todo lo que habla al sentimiento de orgullo y al- 
tivez. 

Porque la Patria es la Gran Madre, el Gran Culto, 
la Gran Fuerza engendradora de apóstoles, de héroes, de 
mártires y santos. Ante ella el odio es pecado irredimi- 
ble cualquiera que sea la forma en que se agite; la anar- 
quía es sacrilegio; la traición es matricidio ; la indiferen- 
cia es cobardía; el egoísmo es vileza. 

El cosmopolitismo político es el único que niega el dog- 
ma de la Patria. Hay quienes lo aceptan y lo procla- 
man en alto, con oropelesco alarde, pero es para traficar 
con él en el mercado de sus personales ambiciones. 

Y qué es la Patria? La Patria es el Inca sonriendo 
en lecho de llamas que atiza, cobarde y cruel, la mano 
del conquistador; es el aborigen de cabello hirsuto dis- 
putando palmo a palmo la selva inviolada; es Tell ten- 
diendo impasible la flecha vengadora ; es aquel obscuro sol- 
dado de Atenas que da con su vida la noticia de Maratón; 
es Leónidas cumpliendo en el implacable desfiladero la so- 
berbia ley de Esparta; es Esparta cuyas madres envían 
sus hijos al combate, sin que sea motivo de duelo para 
ellas la muerte gloriosa; es Rouget d'Lisle escribiendo la 



16 

grandiosa Marsellesa sobre la reducida esfera de un to- 
nel y dándola, como canto de batalla, en medio del es- 
truendo y del oleaje de sangre de la Gran Revolución; es 
el Transwal abriéndose las venas para disputar con san- 
gre de inenarrables heroísmos la tierra de sus mayores; es 
Cuba con José Martí trocando cada palmo de la mani- 
gua irreductible en una tumba sagrada. Y por sobre to- 
dos estos paradigmas famosos, y por sobre todos los que 
encierra la historia de la libertad, está la América, nues- 
tra América, con Simón Bolívar, el sublime visionario que 
a escape de los cataclismos de la naturaleza y de los ca- 
taclismos de la tiranía, monta el potro indómito en 1812 
y no lo desensilla sino cuando no queda un solo español 
armado del Avila al Potosí. 

Cuando vienen a nuestros labios estas como reverbe- 
raciones luminosas del alma de los pueblos redimidos con 
la sangre de sus héroes y sus mártires, mi espíritu de pa- 
triota, de patriota que tiene el orgullo muy alto del gen- 
tilicio porque cree sinceramente que el pueblo que dio a 
Bolívar es el más grande de todos los pueblos de la tie- 
rra, prosternase reverente y entona a todo triunfo el canto 
épico de la Patria redimida y grande. 

Coro: 1907. 



ba Bandera 



En la religión augusta y radiosa de la Patria nada hay 
que vibre más intensamente en las almas que saben del 
culto a la nacionalidad como el culto a la Bandera ; por 
eso debiera guardarse y venerarse en cada hogar, desde el 
palacio hasta el tugurio, con la misma veneración con 
que se glorifican y santifican las^ reliquias benditas y que- 
ridas. 

Y con el culto a ese símbolo, hecho con el alma de tra- 
diciones y de leyendas que son nuestra vida gloriosa y 
fuerte, debiera también alzarse a diario la oblación al Him- 
no, el canto divino en cuyas notas vibra, fulgurante y 
grande, el alma de la Patria; y las madres, junto con en- 
señar a sus hijos esas dulces y sencillas oraciones cristia- 
nas que el hombre no llega a olvidar nunca, aún cuando 
lo asalten todos los excepticismos y lo abrumen todas las 
negaciones, debieran enseñarles a tararear el canto patrio, 
la marsellesa nacional, el Ave María del honor. 

Así las generaciones que se levantan irían familiari- 
zándose con el culto fuerte e inquebrantable a la Patria 
y llenando sus almas con el aliento cangloroso de la tra- 
dición que dice de todos los portentosos pugilatos por la 
libertad, de todos los graneles sacrificios por el derecho, 
de todos los grandiosos milagros por la redención. 

Porque la Bandera es el espíritu de la nacionalidad 
diluido en colores simbólicos que tienen la alegría triun- 
fal del Iris, que es la sonrisa de los cielos; el agente mis- 
terioso que dice al soldado los secretos del valor ; la musa 
divina que pone la inspiración de todos los portentos en 
el alma de los héroes; la fuerza todopoderosa que pone 
en el hierro de los músculos el imán de la victoria ; la vi- 



18 

sión que acerca los horizontes para llegar más pronto a 
los brazos de la gloria. 

Cuando Bolívar trepa al Chimborazo para dialogar 
con el Tiempo y el Destino y contemplar a sus pies la 
«obra de su genio y de su espada», va envuelto — él lo dice — 
en la Bandera, el manto de Iris de Colombia la Grande. 

La llamarada encendida por Sucre sobre la cumbre del 
Pichincha para robarse a la Victoria de los brazos de Aya- 
cucho, es la Bandera. Y la Bandera es Ricaurte envol- 
viéndose en la humareda de San Mateo para ir a robarle 
a los dioses el secreto de la inmortalidad. Y las lumina- 
rias de Bárbula son la Bandera, en cuyos pliegues va en- 
vuelto Girardot para enseñar a las gentes de todos los 
tiempos cómo hacían los titanes para escalar el Olimpo. 
Porque la Bandera no es el símbolo de una religión sino 
la religión de un símbolo. Todas las religiones le han pa- 
gado tributo y todas las epopeyas le han labrado un pe- 
destal. El cristianismo, cuando quiso dar más luz de ver- 
dad a su hermoso y glorioso simbolismo, lo unió a la 
cruz y surgió entonces el láharum como la expresión más 
bella de la divinidad y el heroísmo. 

Y si dentro de los lindes nacionales la Bandera es la 
Patria, es decir, la historia, la tradición, la raza, el honor, 
la dignidad, fuera de ellos es la Nación con todas sus 
preeminencias y distinciones de componente de la gran fa- 
milia de naciones con quienes se vive en cordial relación 
diplomática y comercial. Entonces es cuando adquiere 
mayor grandeza para el que vive bajo su amparo. Entonces, 
viéndola ondear bajo extraño cielo, nos parece más bella 
y nos aferramos más al amor de la Patria lejana cuyos 
horizontes nos parece contemplar cada vez que un soplo 
de brisa pone en ondas sus franjas. 

Seamos, pues, siempre más y más fervorosos en el culto 
a la Bandera, mantengámosla siempre en toda su gran- 
deza de símbolo intangible, retraigámosla siempre de todo 
homenaje que no sea digno de la República, enseñemos 
siempre a nuestros hijos a arrodillarse ante ella; y cada 
vez que en el calendario nacional toquen a fiesta las fe- 
chas divinizadas, tendamos a los aires la alegría triun- 
fal de la Bandera, y pensando que en sus esplendentes 
colores abre su opulenta floración el espíritu de la liber- 
tad y que entre sus pliegues milagrosos se agita el alma 
heroica de nuestros padres redentores, santifiquemos con 
ella las puertas de nuestros hogares y hagamos así pro- 
picios nuestros manes venerandos. 

Coro: 1907. 



ba visión de Ayacucho (0 



A Andrés Eloy de la Rosa. 

Merece un César que la describa. Es la cum- 
bre de la gloria americana y la obra del 
General Sucre. 

Bolívar. 



Sólo conozco dos proclamas inmortales en 
los fastos militares del mundo : la proclama 
de Nelson en Trafalgar y la de Sucre en Aya- 
cucho. 

Aníbal Galindo. 

¿Cómo debe delinearse hoy ese grandioso monumento 
de gloria rutilante que se llama la batalla de Ayacucho, 
sobre cuya cima relampagueante, punto de atracción de 
todos los astros y faro inmortal de toda la América, se 
han hartado de lumbre las auroras de casi veinte lustros ? 
¿ Debe ser con la pluma del narrador histórico, a lo Plu- 
tarco, formando y rompiendo cuadros en un campo de 
batalla y haciendo héroes portentosos de sus hombres bra- 
vios, o con la del narrador leyendario, cual la de Homero, 
trazando parábolas míticas en cada faz de las espadas 
encendidas y formando dioses vivos de sus héroes muertos ? 

Pues ni con la una ni con la otra, aún cuando el es- 
critor posea la majestad narrativa del célebre maestro de 
Trajano o la incomparable fantasía épica del ciego de Ouío, 
porque la grandeza deslumbrante de Ayacucho inmorta- 
lizada está en los lienzos de la Historia con todos los co- 



(1) Conferencia. 9 de octubre de 1908. 



20 

lores de la más hermosa epopeya; sus contornos se di- 
latan en toda la extensión de la tierra americana con el 
relampagueo de las cumbres incendiadas por el resoplar 
de los volcanes; su gloria la repican todos los bronces 
forjados en las fraguas bolivianas, desde los que anunciaron 
el alba del 19 de Abril hasta los que cantaron el de pvo- 
fundís al viejo sol de España ; y en cada uno de los re- 
codos y en cada una de las laderas de aquella cima in- 
mortal ha penetrado la musa lapidaría de los heroísmos 
inenarrables para hacer de cada piedra un monumento 
grandioso. Y menos aún con la pluma de César, que es 
la invocada por Bolívar, porque la pluma del vencedor 
de las Galias no puede ser nunca la misma del vencedor de 
España ; aquella es hierro de conquista y ésta es hierro 
de libertad ; la alondra gala no canta sino que gime bajo 
las águilas romanas, y el águila americana no hace sino 
arrancarse de las garras ibéricas en sangriento pugilato 
de divina independencia. No hay más pluma para Aya- 
cucho que la pluma de Bolívar. 

¿ En dónde empieza la batalla de Ayacucho? ¿ Es des- 
pués de la llamarada volcánica de Pichincha o después 
del chasquido trepidante de Junín? ¿ Es en las riberas del 
Apurimac, sobre las cúpulas del sol, o en el espartano 
desfiladero de Corpahuaico? 

Pues Ayacucho es una visión homérica que va convir- 
tiéndose en luminaria de epopey¿i a proporción que se cum- 
plen las profecías libertarias y que el juramento del Aven- 
tino va haciéndose divina realidad bajo la espada reden- 
tora del Héroe Americano. Ayacucho nace, puede decirse, 
de la visión de Casacoima y palpita y se condensa en 
su seno como los astros en el misterio de las nebulosas. 
Como la América en la sublime videncia de Colón, como 
Colombia en la divina videncia de Bolívar, así ha viajado 
Ayacucho en el diario ideal de campaña del Libertador de 
todo un mundo, porque para éste la libertad de la Amé- 
rica no podía existir mientras la planta del conquistador 
hollara el suelo de la América. 

Y esa visión no había dejado de fulgurar un solo mo- 
mento en el cerebro del Libertador; pruébanlo sino sus 
palabras a Anzoátegui al volver a Angostura después de 
Boyacá: « Reloble usted, General, sus esfuerzos para au- 
mentar y disciplinar el cuerpo que usted manda. Sea usted 
sobre todo muy vigilante. Cuide usted mucho de La Guar- 
dia, recuerde usted que en ella tengo puesta toda mi con- 
fianza. Con ella, después que hayamos cumplido nuestros 
deberes con la Patria, marcharemos a libertara Quito; 
y quien sabe si el Cuzco reciba también el beneficio de 



21 . 

nuestras armas, y si el argentino Potosí sea el .término de 
nuestras conquistas». 

Y, no bien es vencida España en todo el territorio de 
la Gran Colombia, no bien se ha disipado la humareda de 
Carabobo, cuando ya el Gran Libertador cabalga hacia la 
tierra de los volcanes, que va a ser como la atalaya desde la 
cual va a buscar con su mirada de águila las huellas de Pi- 
^arro ahora ocultas un tanto por el aparato guerrero de San 
Martín, cuya gloria bambolea entre el amago del realismo 
no vencido y el pugilato implacable de las facciones in- 
ternas. Ya Maipú y Chacabuco habían perdido su fasci- 
nación épica en el miraje popular y el sol de los Incas 
dilatábase ardientemente rijo sobre los mares de Colombia y 
sobre la espada de Bolívar. La muía de cordillera del 
Héroe argentino había presentido el galopar del caballo 
impetuoso del Héroe colombiano y sobre sus cabos trase- 
ros había buscado la vuelta hacia las riberas del Plata. 

Bolívar lo ha visto todo desde su atalaya del Ecua- 
dor, última parte de Colombia que aún sentía el casco de 
los caballos de Fernando, ahora mútilos por la llamarada 
de Pichincha ; y después de su célebre entrevista con San 
Martín, dice al Gobierno del Perú por órgano de su Se- 
cretario General : « Aunque S. E. el Protector del Perú en 
su entrevista en Guayaquil con el Libertador, no hubiese 
manifestado temor de peligro por la suerte del Perú, el 
Libertador no obstante se ha entregado desde entonces a 
la más detenida y constante meditación, aventurando 
muchas congeturas que quizás no son enteramente fun- 
dadas, pero que mantienen en la mayor inquietud el áni- 
mo de S. E.— S. E. el Libertador ha pensado que es de 
su deber comunicar esta inquietud a los Gobiernos del Perú 
y Chile, y aún al del Río de la Plata, y ofrecer desde luego 
todos los servicios de Colombia en favor del Perú. S. E. 
se propone, en primer lugar, mandar al Perú 4.000 hom- 
bres más de los que se han remitido ya». Y pensando 
siempre en una gran batalla decisiva que libertase por 
completo a la América Meridional, como Pichincha había 
completado la libertad de Colombia, agrega : «En el caso 
de remitirse al Perú esta fuerza, el Libertador desearía que 
la campaña del Péru se dirigiese de un modo que no fuese 
decisivo y se esperase la llegada de nuevos cuerpos de Co- 
lombia para obrar inmediatamente y con la actividad 
más ¿completa, luego que estuviesen incorporados al ejér- 
-cito aliado. S. E. no se atreve a insistir mucho sobre esta 
medida, porque no conoce la situación del momento ; pero 
desea ardientemente que la vida del Perú no sea compróme, 
tida sino con una plena y absoluta confianza en el suceso », 



22 

Y suponiendo que tal oferta no podría ser rechazada 
por la Junta Gubernativa y el Congreso del Perú, activó sus 
providencias para aprontar el ofrecido contingente colom- 
biano. 

El Gobierno peruano habíase negado a aceptar los au- 
xilios del Libertador, pero el espantoso desastre de Mo- 
quegua puso en zozobras a las Provincias libres del Imperio, 
y todas las miradas y todas las manos volviéronse hacia 
la espada deslumbrante de Colombia, hacia el Genio de 
la América, quien al contestar el discurso del Comisionado 
de Lima, dícele : « Sí, Colombia hará su deber en el Perú : 
llevará sus soldados hasta el Potosí, y estos bravos vol- 
verán a a sus hogares con la sola recompensa de haber con- 
tribuido a destruir los últimos tiranos del Nuevo Mundo. 
Responda U. S. al Gobierno del Perú, que los soldados de 
Colombia ya están volando en los bajeles de la República, 
para ir a disipar las nubes que turban el sol del Perú ». 

En estas magníficas frases colúmbrase ya la llanura de 
Junín, que es la antesala de Ayacucho. 

Y no era lírica hipérbole el dicho del Grande Hombre, 
de que los soldados de Colombia estaban ya volando sobre 
los bajeles de la República, porque en el momento mismo 
en que contestaba el discurso del Comisionado peruano, 
tres mil hombres se embarcaban en la ría de Guayaquil 
con rumbo a las tierras del sol. Tras ellos irá a poco el 
Genio de Colombia a hacer verdad grandiosamente épica la 
visión de Casacoima. 

Oigamos sino estas proféticas palabras de su primer 
discurso de Lima en la sala del Congreso el 13 de agosto 
de 1823 : « Los soldados libertadores que han venido desde 
el Plata, el Maule, el Magdalena y el Orinoco no volverán 
a su Patria sino cubiertos de laureles, pasando por arcos 
triunfales, llevando por trofeos los pendones de Castilla. 
Vencerán y dejarán libre al Perú o todos morirán : señor, yo 
lo prometo. Yo ofrezco la victoria, confiado en el valor del 
Ejército Unido y en la buena fé del Congreso, Poder Eje- 
cutivo y pueblo peruano; así, el Perú quedará independiente 
y soberano por todos los siglos de existencia que la Pro- 
videncia divina le señale». 

Y viene entonces la lucha ruda y cruel con los partidos y 
los hombres, las grandes detecciones, las grandes cobardías, 
los grandes desalientos; pero el espíritu del Grande Hombre 
estaba formado para las tormentas, y, como las olas ante 
el choque de los vientos enfurecidos, se agigantaba en la 
lucha y era entonces el águila desafiando la borrasca, la 
roca desafiando al mar bravio, Júpiter riéndose del rayo 
de los Cíclopes. 



23 

Con la mirada fija en el horizonte infinito donde el sol 
parecía que había muerto para siempre, el Libertador no 
pensaba sino en el grande acto final, en la victoria deci- 
siva, en la completa libertad del Continente. Casi moribun- 
do en Pativilca, cuando el General Mosquera le pregunta : 
¿ Y qué piensa usted hacer, General ? « Vencer», le contesta 
el Héroe. Vencer! Cuánta grandeza de espíritu, cuánta 
visión de gloria encerrada en una sola palabra. 

Y en qué momentos la decía! Cuando el espíritu de 
las facciones se había apoderado por completo de todos 
los ánimos, cuando los realistas ocupaban casi todo el te- 
rritorio peruano, con excepción del Departamento de Tru- 
jillo y parte de Huánuco con un ejército de 18.000 hombres, 
y cuando el Ejército unido solo tenía por base, podía de- 
cirse, la voluntad de hierro del Libertador y el alma grande 
e invulnerable de Sucre. 

En medio de este caos él dice a los peruanos que le 
acusan de ambición : « El campo de batalla que sea tes- 
tigo del valor de nuestros soldados, del triunfo de nues- 
tra libertad, ese campo afortunado me verá arrojar lejos de 
mí la palma de la dictadura ; y de allí me volveré a Colom- 
bia con mis hermanos de armas, sin tomar un grano de 
arena del Perú y dejándole la libertad». 

Pero el gran día de la victoria se acerca. La gloria 
del Genio de Colombia va a flotar una vez más sobre la 
furia de la tempestad. «Un mes antes,— dice O'Leary — todo 
se necesitaba, ahora todo estaba listo. Parecía como si 
se hubiese empleado una vara mágica, o como si de la ca- 
beza de un nuevo Júpiter hubiese salido no una nueva Palas 
armada de pies a cabeza, sino ocho mil guerreros apres- 
tados al combate». 

Son los ocho mil guerreros de Junín, que es la peana 
de Ayacucho. A ellos se dirige desde Pasto el Libertador: 
«Soldados! Vais a completar la obra más grande que el 
cielo ha podido encargar a los hombres: la de salvar a un 
mundo entero de la esclavitud. Soldados! Los enemigos 
que vais a destruir se jactan de catorce años de triun- 
fos; ellos pues, serán dignos de medir sus armas con las 
vuestras, que han brillado en mil combates. Soldados! 
El Perú y la América aguardan de vosotros la paz, hija 
de la Victoria y aún la Europa liberal os contempla con 
encanto, porque la libertad del Nuevo Mundo es la espe- 
ranza del Universo». 

¿No palpita ya en esta arenga la certidumbre radiante 
en la gran victoria final ? ¿ No vibra en ella el mismo 
verbo quimérico de 1817 en el histórico estero; el mismo 
verbo predictivo de 1819; el mismo verbo convincente de 



24 

Guayaquil en 1823 ; el mismo verbo relampageante de Lima 
al presentarse ante el Congreso ; el mismo verbo sibilino 
de Pativilca ? 

Y fué Junín ! ! Y Junín habría sido Ayacucho si la in- 
fantería patriota, distante dos leguas del campo de batalla 
cuando ésta empezó, hubiera podido tomar parte en ella. 
«Ayer debió ser completamente destruido el ejército es- 
pañol, — dice el General Santa Cruz al dar cuenta de la 
batalla — , si una larga como penosa jornada no hubiera 
privado a nuestra infantería de llegar a tiempo para com- 
pletar la más brillante victoria». 

Al dar a sus tropas cuarteles en Reyes, dice el Liber- 
tador a los peruanos: «Bien pronto visitaremos la cuna 
del Imperio peruano y el templo del Sol. El Cuzco tendrá 
en el primer día de su libertad más placer y más gloria 
que bajo el dorado reino de los Incas.» 

A Sucre confía entonces el Libertador el mando abso- 
luto del ejército porque atenciones de altísima importancia 
reclamaban su presencia en la capital. Nadie más grande, 
después de Bolívar, que el héroe de Pichincha para conti- 
nuar aquella brillante campaña cuyo primer deslumbramien- 
to ha sido Junín ; nadie más digno que élpara llevar hasta 
el Cuzco las flamígeras huestes del ejército unido; nadie 
más hábil que él para darle alma y fuerza a aquellos in- 
mensos y grandiosos planes militares del Libertador. 

Y 7 el tricolor de Colombia va, — Bolívar ya lo ha dicho — , 
«hasta la cuna del Imperio peruano, hasta el Templo del 
Sol», y empieza entonces aquella imponderable retirada 
de cien leguas desde las orillas del Apurimac, bordadas 
de episodios portentosos y de bravuras estupendas en que 
la pluma de los historiadores ha vertido la lumbre de su 
admiración leyendaria, todo el oro de su « narrativa des- 
lumbrante ». 

Aquellas dos inmensas serpientes de hierro y acero que 
han distendido sus anillos gigantescos para el pugilato 
definitivo, han gastado muchos largos días enarcándose 
o replegándose a un tiempo mismo, ya en la sima de los 
precipicios o en la cima de los vestiqueros, ya desafiando 
la sutil atracción de los abismos infinitos, ya la trágica 
interrogación de los torrentes desbordados. 

La serpiente roja, mucho más larga, ha tratado más 
de una vez de envolver en sus escamas de bronce a la ser- 
piente americana, pero ésta, más ligera y más hábil, se 
ha zafado del abrazo en la hondonada y a la vez la ha re- 
tado en las alturas. 

En la proyección de aquellas dos inmensas masas fé- 
rreas que se han desprendido de las cumbres incaicas, tra- 



25 

yendo, la una el torvo casco ancestral símbolo caduco 
del derecho divino, y la otra el noble gorro frigio sím- 
bolo grandioso de la libertad humana, no han cesado de 
brillar, profundamente luminosas, dos pupilas de dios joven: 
son las pupilas de Sucre, dilatadas como un horizonte, con 
la visión de Bolívar, el dios padre en cuyos labios vibra 
y palpita la creación de Colombia, que es la beldad de 
sus amores. 

El español ha columbrado gozozo a Corpahuaico y 
hacia allá ha lanzado, seguro ya del triunfo, gran parte 
de sus mesnadas, pero no contaba conque allí estaban los 
viejos vencedores, los que habían aterrado en cien com- 
bates al férreo león ibero, los que se habían ennegrecido 
la faz con el humo de la pólvora y emblanquecido los ca- 
bellos con las nieves de los Andes. 

El viejo Lara, héroe de bronce forjado en el molde de 
los héroes de Plutarco, burla la emboscada de los húsa- 
res rojos de Fernando y abierta queda la vía del Cundur- 
cunca. 

Y llega por fin la mañana triunfal de Ay acacho, « la 
cumbre soberbia de la gloria americana», cuyo epílogo 
grandioso es aquella Proclama que solo tiene por semejan- 
te la de Trafalgar, según la deslumbrante frase de Aníbal 
Galindo. 

La divina visión de Casacoima estaba realizada; la atre- 
vida palabra de Pativilca estaba cumplida; las viejas pro- 
fecías de nuestra nueva redención eran santo evangelio de 
Libertad; y Bolívar sellaba para siempre la Independen- 
cia de la América sobre las tierras de los Incas, los hijos 
.del Sol. 



"Discurso 

«le orden en la inauguración de la estatua del Padre de la Patria, 
en la Plaza Bolívar de Coro, el 5 de Julio de 1911 



Señor Presidente del Estado: 

Señores: 

Después del canto épico y altitonante el desconsolado r'es- 
ponsorio de mi palabra sin luz; después del aleteo formida- 
ble y triunfal de tantas águilas en marcha por el infinito de la 
idea, el rastrear de mi verbo asombrado y tembloroso; des- 
pués de las músicas arrebatadoras y dulces del buen decir 
castellano, el tartamudeo de mis labios refractarios al ritmo. 

Perdonadme, pues, que venga a quitaros de los labios 
el dulzor que había dejado en ellos el último sorbo de ex- 
quisito añejo con que os ha brindado el patriotismo en copa 
de Benvenuto, y tomad en cuenta que yo sólo cumplo aquí 
un riguroso deber oficial, que no vengo sino a hacer oficio 
de lampadario, más no para encender las antorchas sino 
para apagarlas, para anunciaros que las magníficas fiestas 
van a terminar y para daros las gracias por vuestra com- 
placencia al venir a este sitio a escuchar los responsorios de 
mi palabra sin luz. 

Señores : 

La montaña sagrada de nuestra fulgurante historia na- 
cional está en plena florescencia de recuerdos grandiosos y 
de evocaciones excelsas. El sagrado sándalo centenario 
llena con su perfume iconolátrico toda el alma de la Patria 
a cada golpe del hacha adoratriz; el laurel de Olimpia le- 



27 

vanta su copa donde el último dios libó el vino de la inmor- 
talidad en pleno delirio de epopeya; el mirto de Esparta 
balancea su aristocracia simbólica en torno de los iconos 
votivos consagrados milagrosos por la fé del patriotismo; 
y la palma opulenta levanta a los cielos, desde las cumbres 
sinaicas del Avila bravio, su ramazón de glorias como di- 
ciendo al Continente que ella sirvió de lampróforo sober- 
bio a la llanura inmortal en donde el caballo indómito de 
nuestra heráldica quedó piafando sobre las huellas del Va- 
lencey ; que se hizo escala bajo la planta del Semi-dios para 
subir al Chimborazo ; que fué bosque sagrado en la tierra 
de los Incas, y que cansada de dar sombra al inmenso lagar 
donde los dioses de la nueva leyenda habían exprimido las 
uvas de todos los milagros, fué a posarse sobre la cumbre 
del Cundurcunca para borrar la última puesta de sol en el 
hemisferio de España. 

¡ Cuánta reverberación de apoteosis en estos cielos que 
fueron rojos un día por la proyección siniestra de la sangre 
americana, y que tiñéronse luego de color de olimpo desde 
que nuestros Héroes se hicieron astros, desde que Atanasio 
Girardoty Antonio Ricaurte trazaron en ellos las rúbricas 
de fuego de Bárbula y San Mateo ! 

De la cumbre relampagueante donde la majestad de Co- 
lombia la Grande diviniza con su recuerdo todo el campo de 
la historia americana, parte una franja de púrpura que se 
enrosca, como un áspid, al cuello nervudo de la vieja Iberia: 
es la sangre de José María España, aquel magnífico visio- 
nario que de la densa negrura de la Colonia extrajera el 
primer fulgor de aurora de la República, y cuya cabeza fué 
como la primera pila bautismal a donde irían a sacramen- 
tarse los nuevos apóstoles de la libertad para fundamentar 
gloriosamente el santo culto de la Patria. De aquella san- 
gre, condensada en nube sombría sobre las frentes purpura- 
das, fué surgiendo lentamente, por la proyección providen- 
te del astro libertario, el iris mesiánico, el iris soberbio que 
sobre las playas reverberantes de la Coro monárquica, de la 
Coro bravia que nació ilustre, y fué Principado, y fué Sede 
de preclara nombradía, agitara Miranda, aquel ilustre y 
admirable bohemio de la Libertad que paseó por las Cortes 
su altivo continente de rebelde a la antigua, y que después 
de amamantar su espíritu en los pechos opulentos de la 
Francia revolucionaria a los fragorosos acentos de la Mar- 
sellesa y bajo el verbo iconoclasta de la Gironda, viniera a 
romper en nuestros horizontes, con el clarín de los libres, 
el pesado sueño de parias que mortalizaba los párpados 
del agreste aborigen, aplastados luengos siglos por la ma- 
no de hierro de la reyecía absolutista. 



28 

Se acercaba ya la hora del alba en la noche de la 
América. 

De 1806 a 1810, el tricolor de Miranda ha revivido 
sus colores por una más intensa proyección del astro reden- 
tor en la nueva lluvia de sangre que ha enrojecido el suelo 
de Puerto Cabello, hasta que hace irrupción, como una au- 
rora boreal en la noche de los polos, aquella hermosa y 
magnífica mañana de Abril, a cuyo beso santísimo se es- 
tremecen de gloria las almas supliciadas, agita sus alas el 
blanco pájaro simbólico que cortó con su pico divino de 
la montaña victoriosa la rama anunciatriz, y resuena en 
todos los ámbitos y en todos los espíritus el primer hosam- 
na de Patria y Libertad, 

En el ímpetu noble y resuelto de Salias está la ruda e 
incontenible rebeldía ancestral, la resonancia de aquel gol- 
pe de volante descargado por Bolívar adolescente sobre la 
icónica cabeza del Príncipe de Asturias; y en el gesto 
nervioso e imperativo de Madariaga el reflejo de la sangre 
incaica pugnando por romper las venas y convertir en púr- 
pura de aurora la amarillez sombría de la coyunda. ím- 
petu y gesto que a poco habían de convertirse en cifra re- 
lampagueante como los fulgores del alba se convierten en 
sol, como las evaporaciones de la tierra se condensan 
en rayo. 

Aquel sol era el 5 de Julio ; aquel rayo era Bolívar! 

Y como si la Providencia hubiera tomado a empeño 
el destacar aquella fecha y aquel nombre en una misma gra- 
duación de gloria, en una radiosa dualidad redentora, en 
una grandiosa sinonimia épica, hizo de la primera fulgu- 
rante Zodíaco, cuyos doce signos serían las doce letras del 
nombre esclarecido. Y la tierra americana tuvo tantas 
constelaciones como su cielo, y la Gran Colombia fué un 
nuevo sistema planetario desde la «Atenas gentil del Colo- 
niaje» hasta las tierras de los Incas. 

Y quedó fundado el nuevo culto de una familia de nacio- 
nes en el que es Bolívar Uno y Sumo «con la cabeza de los 
milagros y la lengua de las maravillas.» 

Bajo el plafón que recogió las arengas de aquella se- 
sión famosa, que más que cita de hombres fué cita de tita- 
nes para realizar el mito, cónclave de dioses para formar 
nuevo Olimpo, conjunción de astros para formar nueva es- 
fera, el alma de las generaciones bolivianas ha estado de ro- 
dillas durante cien años, y lo estará por los siglos de los 
siglos recogiendo, como de los labios delirantes de una pi- 
tonisa, el espíritu mosaico que brotó de aquellos labios, la 
mirada jesucrística que salió de aquellos ojos, la acción re- 
dentora que surgió de aquellas manos. Delante de aquellos 



29 

labios y de aquellos ojos y de aquellas manos, están tres- 
cientos años de tinieblas y de sangre, tres inmensos siglos 
de pesadumbre infinita, cuyo silencio de cripta apenas si 
han logrado interrumpir por un momento los gritos levan- 
tinos de los negros de Coro, el ruido del cadalso de José 
María España y los cañones de Miranda sobre el Fortín 
S. Pedro. 

Es una sombría mole colosal cuya magnitud puede ape- 
nas abarcar el pensamiento, amasada con la sangre de to- 
da una raza, con el sudor y el llanto de mil generaciones la- 
pidadas, sobre la cual proyecta toda su grandeza milenaria, 
toda su majestad de soberana deificada, toda su opu- 
lencia de conquistadora, toda su gloria deslumbrante, toda 
su historia tempestuosa, aquella España leyendaria «cuyo 
sistema territorial es una isla por el Océano, una isla por 
el Mediterráneo y una isla por los Pirineos» según la her- 
mosa figura de Monteil. Sí, aquella España aventurera y 
vencedora siempre cuyo manto de púrpura está tejido con 
los hilos de fuego de ocho ¡siglos de victorias y en cuyos do- 
minios el sol se cansaba antes de hallar el ocaso. Aquella 
España deslumbradora y bravia que ha dado su sangre a 
todos los pueblos de la tierra, reflejado su gloria sobre to- 
dos los mares, tendido su manto sobre todas las cimas, 
sembrado laureles bajo todos los cielos. Aquella España 
que se abrió el vientre para dar a Covadonga, a Sagunto 
y a Numancia, y que poniendo al fin un pié sobre el imperio 
de la media luna, y el otro sobre el mundo colombino, hizo 
trepidar los tiempos con su gloria ; fué entonces cuando «los 
pueblos creyeron que Dios era su aliado y que el sol se ha- 
bía detenido en su carrera para dar tiempo a que ganase 
una victoria.» • • 

Tal era la grandeza coronada, tal la montaña volcáni- 
ca contra la cual se alzaban ahora las manos de cnarenti- 
dos descendientes de Leónidas que habían jurado grabar 
en vivientes palimpsestos la tragedia esparciata antes que 
soportar por más tiempo la hegemonía de Iberia. 

En la faz de cada uno de aquellos hombres ha}' un refle- 
jo de Thabor y a cada una de sus palabras siéntense rondar- 
las ánimas de Guaicaipuro y Terepaima y percíbese el sa- 
cro olor de una montaña de sándalos que se incendia. 

El espíritu tempestuoso del 93 va y viene por aquella 
sala de antiguos helenos poniendo una flecha de Alcides en 
cada mano, una coraza de Aquiles en cada pecho, un relám- 
pago de Ilíada en cada mirada. Y junto a aquella cima, 
por sobre aquella cima relampagueante, está el volcán más 
soberbio, proyectando su silueta arcangélica sobre el pre- 
sente y el futuro, como está la cima de Ayacucho pro} r ec- 



30 

tando su disco de astro magno sobre el mar de los tiempos 
y bajo el cielo de la Historia : está la «Sociedad Patriótica», 
corte de epónimos en gestación, en cuyos hombros adivína- 
se ya el ala de los redentores 3^ en los pies la escala de Jacob 
el visionario. Allí está Mirabeau, allí está Dantón, allí está 
Vergniaud, allí está Barnavé, allí está Camilo Desmoulins, 
es decir, allí están Miranda, Uztáriz, Briceño, Miguel Peña, 
Coto Paúl, Francisco Javier Yánez; y por sobre todas a que- 
llas cabezas fulgurantes está toda la Francia revoluciona- 
ria en espíritu y en verdad, todos los Derechos del Hombre 
en verbo irresistible de evangelio, todos los acentos de la 
libertad en músicade marsellesas: Está Bolívar ! 

Cuando se pronuncia este nombre, señores, al compás 
de las notas gloriosas que surgen, como un infinito can- 
glor de victorias espartanas, del cordaje maravilloso de 
esta fecha resonante y sacratísima, no basta doblar las 
rodillas como cualquier cimente ante un icono adorativo, 
sino levantar el alma toda, en actitud radiante, como 
ante una dulce excelsitud milagrosa ; no juntar las manos 
contra el pecho para la devoción silenciosa, sino alzarlas 
hacia el cielo para la adoración intensa; porque Bolívar 
es único e incomparable, «porque él tiene un reino aparte 
entre los hombres y Dios.» 

Y tirados los dados sobre el tapete del destino por los 
hombres admirables de nuestro 93, el alma de la Patria re- 
cogióse toda entera, como en el alero de un templo una 
bandada de águilas perseguidas, sobre el acero de aquel 
hombre formidable que venía de la Ciudad Eterna, de la 
Corte de San Pedro, y a cu3'os ojos de vidente pareciéronle 
más altas las cimas del Monte Sacro que las cumbres de 
los Alpes trajeadas de fiesta jupiteriana para la corona- 
ción de Bonaparte, y que envuelto en el cataclismo de la 
Patria retaba a los cataclismos de la naturaleza con ver- 
bo de iluminado. 

Y empezó la lid homérica. Y el sol colombino arrojó to- 
da la opulencia de su púrpura sobre el Avila arrogante, con- 
sagrándolo con óleo de Sinaí, y los Andes soberbios achatá- 
ronse bajo los cascos relampagueantes del corcel libertador 
a cuyos resoplidos esfumábanse avergonzados los ven- 
tisqueros y huían las águilas milenarias sorprendidas de 
aquel chisporroteo de incendio en los desfiladeros bravios. 

Y el Héroe fué Anteo y Júpiter a un tiempo mismo; 
Aníbal y Napoleón en un solo gesto imperial; el alma de 
la antigua Roma en la síntesis grandiosa de un paladín 
incomparable. 

Y con las cinco letras del nombre famoso, los dedos de 
oro de la Gloria forjaron el pentagrama en cuyos espacios 



31 

maravillosos hallaría resonancia la épica inimitable del cie- 
go de Jonia para una nueva Ilíada portentosa y real, 
que habrían de repetir, en un solo y único ritmo, las aguas 
del Orinoco y del Magdalena, del Apurimac y el Juanam- 
Tdú, al rumor de los vientos que corretearon por la llanura 
de Carabobo para ir luego a herir el cordaje ciclópeo de 
Bombona, el teclado relampagueante del Pichincha, los 
parches semi-sacros de Aj^acucho. 

Al reflejo de ese nombre el continente colombino fue 
colombiano, el mundo antiguo tuvo al fin, hecha verdad 
preciosa, el contrapeso soñado por el buzo genovés, las 
denominaciones geográficas de la América hispana fundié- 
ronse en una sola en el mapa boliviano; y una sola fué la 
vibración de los bronces de los antiguos virreinatos para 
decir la hora de la libertad bajo los cielos del mundo nue- 
vo. Y fué la Gran Colombia. Y la América fué libre. Y de 
las cumbres majestuosas del Avila triunfal a las frígidas 
mesetas del Potosí un solo nombre recogieron las monta- 
ñas seculares, los mares tempestuosos y los ríos gigantes- 
cos : ¡¡Bolívar!! para trasmitirlo a los siglos como un men- 
saje de gloria. 

Oh Padre Libertador ! Tu inmortalidad es el máximo 
monumento de la América redimida y Santa Marta es 
«otra Jerusalén venerada a donde irán tus hijos, los hijos 
que engendraste en el seno de tu Colombia amada», a be- 
sar tu santo sepulcro y a llevarte las flores de su culto 
deífico. 

Y Venezuela, la madre augusta que ocupa el sitial de 
las excelsitudes magnas desde el día de oro en que se ras- 
gara las entrañas para darte a las grandezas de una nueva 
redención, ilumina hoy todos sus templos, enguirnalda to- 
dos sus altares, enjóyase con todas sus glorias, da cita a 
todos sus dioses, para glorificarte en la apoteosis sobera- 
na de esta fecha sacratísima, y presentarte, como ofrenda 
de su culto, de su amor y de su fé, por las manos de un al- 
tísimo patriota que ha dignificado el gentilicio y formado 
de sus propios brazos astas formidables a la Bandera, la 
canéfora de frutas divinas de una paz próvida y bienhe- 
chora, y la confraternidad de todos los venezolanos hecha 
un solo haz de bolivianos en torno de aquellas tus últimas, 
sapientísimas palabras cuando la visión de Colombia se 
esfumaba con tu vida. 

Y pensando ese patriota altísimo, a quien los pueblos 
ion justicia nombran por antonomasia el «Patriota de Di- 
ciembre», que al par con esa ofrenda nada sería más grato 
a tus manes gloriosísimos que la reviviscencia de aquella 
Gran Patria de tus ensueños, volviendo a hacer de las hi- 



32 

jas de tu espada y de tu espíritu una sola familia augus- 
ta, es decir, una sola cepa heráldica, indivisible bajo la glo- 
ria de tu nombre, quiso que la reunión de un Congreso Bo- 
liviano, bajo el mismo sol que iluminó tu cuna, realzara a 
toda luz la grandiosidad de la magna apoteosis ; y es así 
como en el día de tu glorificación hanse reunido en un solo 
abrazo, al pié de los monumentos en que Tenerani 3* Ta- 
dolini inmortalizaran tu efigie veneranda, antiguos neo- 
granadinos, peruanos, ecuatorianos, bolivianos y venezo- 
lanos, del mismo modo que en los grandes días de la 
epopeya colombiana se unieran para confundir su sangre 
y su gloria bajo una misma tienda, y a la lumbre de un 
mismo vivac, para celebrar las victorias de la libertad ame- 
ricana. 



bas Cortes de Cádiz (*) 



Suspendida sobre la cumbre resplandeciente de los 
-viejos tiempos heroicos de la tierra bravia del Cid y de 
Pelayo, y mecida indolentemente en los brazos divinos 
de la madre Gloria frente al mar que bendijera por dos 
veces las carabelas de Colón, Cádiz, la antigua ciudad 
fenicia, cuya gloria se dilata en un inmenso espacio de 
la historia deslumbrante déla Egregia España, prepára- 
se a celebrar en estos días el primer centenario de aque- 
llas renombradas Cortes en cuyo espíritu refugiárase el 
alma nacional cuando los cascos de fuego del caballo 
imperial de Bonaparte hacía rodar la corona de Carlos 
IV y de Fernando, y cuyo Código fué como la primera 
repercusión magnética del espíritu de la Colonia en el 
seno del liberalismo ibero; como la primera resonancia 
de la marsellesa americana en el alma del pueblo que en 
un solemne y grandioso momento de inspiración liber- 
tadora, trazara el abecedario de los derechos popula- 
res y diera la palabra de ¡alto! al consagrado absolu- 
tismo de la milenaria monarquía. 

« Según aquella carta (1) la soberanía residía en el pue- 
«blo ; el gobierno monárquico con separación entre los tres 
«poderes; inviolable el rey, pero sin el veto absoluto, y 
«y la Cámara única. Las Cortes eran la reunión de 
«todos los Diputados elegidos por las Asambleas de Pro- 
« vincias, compuesta de electores nombrados por asam- 



(*) Artículo escrito con motivo de haber sido honrado el autor por la 
Real Academia Hispano- Americana de Ciencias y Artes de Cá diz con el 
nombramiento de Miembro Correspondiente; lo es también de la Societé 
Académique d'Histoire Internationale, de París. 

(1) Cantú. 



34 

«bleas de Distrito, las cuales a su vez se componían de 
«electores nombrados por asambleas de parroquias. En 
«estas últimas tenían voto todos los ciudadanos que 
«hubiesen cumplido veinticinco años; los electores de 
«Distrito debían pasar también de esta edad, y para 
«ser Diputado a Cortes, se requería además una renta 
«suficiente. Cada setenta mil almas daban un Diputado 
«a Cortes, cuyo encargo duraba dos años. Las Cortes de- 
« bían estar reunidas por lo menos tres meses en cada 
«año; votaban los impuestos y proponían las leyes que 
«el rey debía sancionar y hacer ejecutar y si el monar- 
« ca negaba la sanción dos veces a una ley presenta- 
«dn en dos distintas legislaturas, a la tercera la cons- 
«titución lo obliga a sancionarla. 

« Competían al rey la guerra y la paz, el nombramien- 
« to de magistrados, de obispos y beneficiados, de gene- 
« rales y comandantes militares; pero no podía impedir, 
«suspender ni disolver las Cortes, ni salir del reino, ni 
«abdicar, ni contraer alianzas, ni hacer tratados con 
«las potencias extranjeras sin consentimiento de las Cor- 
«tes. Estas nombraban asimismo los funcionarios pú- 
«blicos, y a los soldados se les dio el derecho de exami- 
«nar sus ordenanzas particulares y de tener su jurisdic- 
«ción especial. Por lo demás, la constitución no podía 
«ser revisada sino con el dictamen de tres legislaturas 
«sucesivas y por decreto que no debía someterse a la 
« sanción real. » 

Entre nosotros aquella constitución fué como una 
rápida fulguración de aurora en medio de aquella espan- 
tosa noche de sangre en que las hordas de Monteverde 
envolvieran el cadáver de la naciente República, muerta 
entre las manos, ilustres pero ya senectas, de Miranda, 
el Bautista americano. 

El bárbaro vencedor cerró los ojos de pantera para 
no ver aquel fulgor de derechos que venía de las Cortes 
gaditanas y ahogóle entre nubes de lágrimas y sangre, 
como más tarde había de ahogarlo también el orgullo 
temerario del ex-prisionero de Valencay. 

Y así tenía que ser, porque aquel Código hablaba de 
conceder derechos a los pueblos esclavos, y Monteverde 
no era sino un bebedor de sangre humana que ni siquie- 
re tenía noción de la palabra derecho.— Aquel Código 
hablaba de división y limitación de poderes, de legisla- 
turas, de asambleas, de sufragantes, de electores, y Fer- 
nando VII no era sino el monarca, absoluto para quien 
no existía más que el derecho divino de la tradición 
asentado como un castigo sobre las espaldas encorvadas 



35 

de subditos y esclavos. Así, cuando las Cortes le dije- 
ron, presentándole la corona: «La debéis a la generosi- 
« dad de vuestro pueblo. La nación no pone a vuestra 
«autoridad más límites que esta constitución, aceptada 
«por vuestro representante. El día en que la traspaséis, 
«quedará roto el pacto solemne que os hizo rey», el 
ex-prisionero de Napoleón sintióse rebajado en su orgullo 
dinástico, y en su manifiesto de Valencia declaró que la 
constitución era un «atentado contra las prorrogativas 
del trono, cometido por un culpable abuso del nombre 
de la nación». 

No obstante, de aquel reflejo de aurora algo de luz 
"benéfica quedó titilando en los horizontes de la Repúbli- 
ca, cuando en 1820 la Carta de Cádiz fué de nuevo 
aceptada y jurada por el monarca español, y fué aquel 
hermoso tratado de humanización de la guerra que si- 
guió al armisticio propuesto por Morillo para dejar oír, 
•por la primera vez, en medio de aquella lucha ciclópea 
que duraba diez años, la santa palabra Paz. Y corola- 
rio inmortal de aquel magnífico tratado fué el memo- 
rable abrazo de Santa Ana, entre el Jefe Expedicionario 
de los Ejércitos de España y el deslumbrante Cau- 
dillo de América; abrazo convertido ya en admirable y 
sugestivo monumento de inmortalidad por la mano jus- 
ticiera de la actual época histórica. 

Todas las Repúblicas indo-hispanas habrán de estar 
gallardamente representadas en las grandes fiestas cen- 
tenarias de las Cortes de Cádiz, y el espíritu noble y 
vigoroso de la raza habrá de palpitar fuertemente al re- 
cordar que si alma española fué la que produjo las lu- 
minarias de Zaragoza, de Bailen y Arapiles, alma espa- 
ñola fué también la que produjo los portentos de Ca- 
rabobo, de Pichincha y de Ayacucho. 

El abrazo que se den los descendientes de Bolívar 
Magno y del Cid Campeador bajo el Hércules simbólico 
del escudo gaditano, frente al mar que bendijera por 
dos veces las carabelas de Colón, será como la ratifi- 
cación, hermosa y solemne, del que, hace noventa años, 
diéranse bajo el cielo sonriente de América, los vencedo- 
res en Bailen y los vencedores en Boyacá. 

Coro: octubre de 1912. 



Fragmento 

del discurso en la celebración d¿l natalicio del Libertador, por la Logia de- 
Coro, en 1913. 



Bajo la bendición del sol que desflecara sus rayos de 
consagración deífica sobre la cabeza de Bolívar al recibir el 
beso de la vida, yo inclino hasta el suelo mi frente de fariá- 
cico del Grande entre los Grandes de la Inmortalidad, y 
desgrano el rosario de mis salves sobre el manto de púrpura 
que, hace ciento treinta años, cayera encima de aquellos 
hombros de Atlante niño, sobre los cuales había de gravitar 
más tarde la bóveda luminosa de cinco naciones opulentas. 

Cuando pensamos que un sol como el de esta fecha fué el 
que puso su bautismo divino sobre aquella cabeza forjada 
por Dios mismo para que los pensadores pudieran llamarla 
«la cabeza de los milagros», sentimos pesar en el alma porque 
nuestras facultades no sean poderosamente taumaturgas 
para hacer un ánfora inmensa donde guardar hasta el úl- 
timo rayo de esta luz generatriz 3' echarla a correr, conver- 
tida luego en agua de una extraña fascinación proceleste,, 
por todos los caminos, por todas las llanuras, por todas las 
montañas de la Patria, para que a su contacto se poblaran 
de opulentas espigas de oro todos los árboles y todas las 
piedras, y para que, vividos y sonrientes con ella todos los 
labios, no supieran sino del verbo que se hace carne de mi- 
lagro en la conciencia de los pueblos por medio de las san- 
tas anunciaciones de la Paz y del Trabajo. 

Si fuera posible a la inteligencia humana penetrar en el 
misterio de his palpitaciones de la naturaleza cuando llega 
a los puertos de la Vida la barca de velas de azul de un 



37 

Predestinado, qué de sensaciones divinas no invadirían 
nuestra alma ante el recuento maravilloso ! 

Así sabríamos acaso que en la noche que precedió al 24 
de Julio de 1783 una legión de águilas cruzó por las gar- 
gantas del Avila dando a los vientos que dormían bajo el 
bochorno de la Colonia vibrátiles y extrañas anunciacio- 
nes ; que las olas del mar que sirve de inmensa alfom- 
bra azul a la gentil metrópoli americana, se irguieron en 
oblación de espumas como queriendo traslimitar la empi- 
nada serranía para ir — impolutas reinas magas de un 
oriente insoñado — a la nueva tienda betlemita de la ciudad 
palatina; que en la sabana de Carabobo viéronse rondar 
fantásticos escuadrones de cíclopes dando voces estruendo- 
sas de batalla y de victoria ; que un estremecimiento colo- 
sal hizo rugir las entrañas del Orinoco y un espíritu de 
fuego anuncióle que sus aguas se desbordarían hasta cubrir 
las crestas de los Andes, y que corriendo, corriendo siempre, 
irían a confundirse con las del Magdalena, el Apurimac y 
el Juanambú hasta formar la confluencia de cinco naciones 
soberanas; y que voces misteriosas, como venidas de las 
cuatro extremidades del Continente, pasaron anunciando 
que en los cielos de España habría un inesperado eclipse 
de sol que mantendría en tinieblas por muchos días los ho- 
rizontes donde antes el astro de Carlos Y no encontrara 
•campo limitado para hacer la noche. 

Señores : 

La institución francmasónica, que es la más hermosa 
amplitud del ideal cristiano como es la más franca y senci- 
lla interpretación de las democracias combatientes, ha te- 
nido siempre, como su más alta devoción ante los iconos 
sagrados del honor y del deber, el culto de la Patria y la 
©andera, que son las dos más- hermosas consanguinidades 
de la conciencia y del espíritu para todos los hombres que 
saben a plenitud, por la medida de la dignidad y del orgullo, 
cuánto vale el humilde montículo de piedra o el tosco poste 
de madera bruta que marca las fronteras de la Patria, y 
cuan único y divino es ese pedazo de tela simbólica que on- 
dea, como las alas luminosas de un ángel triunfador, sobre 
nuestras torres enhiestas y sobre nuestras cimas más altas 
en un etéreo aleteo de sacra inmortalidad. 

Como los soldados que llevan fusil, nosotros los franc- 
masones, que somos también soldados de fusil cuando el 
honor nacional lo impone, como somos soldados de ideas 
incubadoras de bien y de amor humano, juramos, corro 
aquellos, por la Patria y la Bandera y nos disputamos la 
atalaya más alta para montar la guardia de la honra de 
1a República y de la paz de sus pueblos. 



38 

Y así se explica cómo la Respet.'. Log.\ Unión Frater- 
nal N 9 17 del Or.\ de Coro, venga hoy a celebrar estos ac- 
tos, como un homenaje de intensa devoción patriótica a 
la fecha natalicia de nuestro Padre Libertador, rendido con 
la misma unción con que no hace mucho celebrara las ma- 
trices efemérides del 19 de Abril y del 5 de Julio, fechas ya, 
como ésta, motivos de liturgia bajo los cielos, bajo las al- 
bas, bajo los soles que pusieron en la frente de Miranda la 
visión deslumbradora de los tres colores que forman la 
veste excelsa de nuestra Señora de la Libertad. 



Fragmento 

del discurso en la Recepción Oficial del Gobierno de Faleón , en sn carácter 
el autor de Secretario General, el 2-t de jnlio de 1916 



Señores : 

Tornan, una vez más, las bendecidas y siempre res- 
plandecientes auroras de julio a traer al espíritu nacional 
los santos regocijos rememorativos de la natividad boli- 
viana, y una vez más la Epopeya, la Gloria y la Justicia, 
como tres gigantescas y adorables cariátides forjadas con 
el oro más puro del viejo Olimpo, levantan el pesado cor- 
tinaje divino que oculta la cuna del niño dios libertador, 
para que pase la multitud de pueblos que surgieron libres 
de aquella cabeza de portentos, a tributarle el homenaje 
de gratitud y amor infinitos que constituye el culto de la 
Patria a aquella super-grandeza redentora. 

Porque Bolívar, señores, a fuerza de agigantarse en 
la devoción de los pueblos redimidos por su espada y por 
su verbo, y en la admiración de las naciones que saben 
medir la grandeza de los Héroes por los portentos de su 
fuerza creadora y múltiple, por la efectividad de su obra 
maravillosíi e indiscutible, puede decirse que ha perdido 
su estatura de humano para confundirse con la de otro 
dios derribador de tronos y de servidumbres, sojuzgador de 
tiranos, demoledor de fronteras para la libertad humana y 
creador de patrias en toda la amplitud del ideal demo- 
crático. 

Porque Bolívar, señores, no se parece a ningún otro 
de los libertadores humanos. El reunió en sí todas las 
grandezas, aún aquellas que asustan a los espíritus ende- 
bles por el estruendo formidable que producen al derribar 



40 

los muros seculares levantados por la tradición implacable 
sobre la .conciencia de la humanidad supliciada. Su gran- 
deza túvola fuerza de todos los elementos en acción: la 
del fuego en medio de las batallas cuyo rayo sabía él 
manejar con la misma destreza que la brida de su corcel ; 
la del aire para insuflar vida nueva en el organismo de 
una gran familia de pueblos agonizantes bajo la cuchilla 
de la tiranía ancestral ; la del agua para romper todos 
los diques que interceptaban las corrientes de la libertad 
y la justicia hacia el mar azul y radiante del mundo co- 
lombiano; la déla tierra para decirle a las testas del de- 
recho divino, como Dios al mar: « de aquí no pasarás». 

Así, él iba siempre envuelto en los pliegues de la tempes- 
tad para producir el incendio con su rayo, el ciclón con su 
■verbo, la catarata con su gesto, la onda sísmica con su 
pisada de coloso. 

Y a no haber sido así, Hombre por sobre todos los 
hombres de su tiempo, y de más allá de su tiempo; Hom- 
bre por el modelo plutarciano ; Hombre formado para 
llegar a ser semi-dios por la inmortalidad de su Gloria, 
Bolívar no habría podido realizar su obra portentosa, te- 
niendo que formarlo todo desde el pedazo de tierra que 
necesitaban para apoyarse los cascos de su caballo, hasta 
el soldado que fué preciso engendrar en el vientre mismo 
de las batallas, y hasta la idea de patria que las multitu- 
des de la Colonia no entendían ni podían entender. 

Al rememorar la fecha gloriosísima del natalicio del 
Grande Hombre, los pueblos hechos libres al conjuro de su 
espada y de su gesto no hacen sino cumplir con un man- 
dato imperativo de la gratitud y la justicia hacia la me- 
moria toda reflejos de grandezas sin nombre «del más gran- 
de de los libertadores de pueblos en los dominios de la His- 
torie. », como dijéramos no hace mucho en ocasión solemne. 

Por una feliz coincidencia, — dijérase mejor y con más 
certeza, por una feliz concomitancia del destino de un 
pueblo con la gloria de una fecha,— este día rememora 
también el natalicio del Fundador de la Paz en Venezuela, 
del general Juan Vicente Gómez, cuya devoción por el 
Grande Hombre de la América española puede medirse por 
la altura en que ha colocado a su patria ante el concepto 
nacional y ante el concepto de los pueblos de allende, por 
la majestad que le ha dado a la Bandera, y por su magna 
obra de redención por la paz, por la unión y por el tra- 
bajo, haciendo así tangible el sueño anhelante del Padre 
de Colombia la Magna. 

Porque el general Gómez cree, con esa firme convicción 
de patriota que es la más alta característica de su persona- 



41 

lidad eminente, que la mejor manera de honrar la memoria 
toda llena de excelsitudes del Padre de la Patria, y de to- 
dos los que con su sangre contribuyeron a formarla, es 
haciéndola grande, próspera y altiva, y ello por esas mag- 
níficas formas de administración ejemplar empleadas por 
él desde hace 8 años, durante los cuales todos sus afanes 
de guerrero, de político y de patriota, han estado tesone- 
ramente puestos al servicio de la República. 

Por eso, bien está aquí en este día la efigie del Hombre 
de Diciembre frente a la del Padre Libertador, como di- 
ciéndole: «duerme tranquilo tu sueño de inmortal porque 
en mí tienes el más celoso guardián de tu gloria, de tu 
nombre y de tu obra ; y porque mientras yo aliente mis 
manos sostendrán en lo más alto del honor nacional, la 
insignia que llevaste, como un águila soberbia posada so- 
bre tus hombros, hasta las tierras del sol ». 



Simón el Grande 



En los bronces del tiempo y en el alma de la Patria tor- 
nan a vibrar intensamente las horas jubilosas y sagradas 
del 28 de octubre, día bendito del excelso apóstol ya ca- 
nonizado por los concilios de la libertad universal. El dia 
augusto de Simón el Grande como habrán de llamarle los 
nuevos cánones para distinguirle de Simón el Macabeo y de 
Simón Pedro, el Apóstol! 

Fieles a la tradición que arranca de nuestros grandes 
días leyendarios, tradición que ha llegado a convertirse en 
culto sacratísimo en la devoción nacional, los venezolanos 
nos hemos acostumbrado a reverenciar en la fecha del 28 
de octubre, más que en la del 24 de julio mismo, la me- 
moria querida y veneranda del Gran Libertador. Y es que 
Bolívar no festejaba casi nunca su natalicio sino su ono- 
mástico, acaso recordando que su nombre había sido im- 
puesto como un vaticinio por la voluntad paterna sobre la 
pila bautismal. Oleo de Macabeos fué el que en efecto ca\ r ó 
sobre la frente radiosa del futuro Libertador. 

La inspiración del padre fué la paloma del símbolo cris- 
tiano revoloteando sobre la cabeza del Electo, del que había 
sido anunciado por los mártires de 1799, y entrevisto a la 
luz de ultratumba por José Alaría España, cuando al caer su 
cabeza, en el sitio donde hoy se levanta la estatua del re- 
dentor americano, dijo: «En este mismo lugar en breve se- 
rán mis cenizas honradas por la Patria». 

Y vino el Bautista, San Francisco el girondino, y el me- 
sías anunciado fué a poco el Salvador de la América. Cara- 
cas fué su Jerusalén en 1813 como Santa Marta su Gólgota 
en 1830. 

«Por eso para los americanos del sur Bolívar es un dios i 
tal le dijo un día Guzmán Blanco al escritor argentino don 



43 

Pedro S. Lamas, por vía de réplica final a la brillante, vigo- 
rosa defensa que aquel ilustre venezolano hiciera a las glo- 
rias del Libertador, puestas en tela de juicio por el argentino 
en su novela «Silvia» para destacar a San Martín más 
alto que ios Andes y más caudaloso que el Amazonas. 

A fuerza de agigantarse más y más esas glorias en el 
infinito de los tiempos y en el infinito de la inmortalidad, 
han llegado a convertirse en religión augusta, adorable y 
excelsa, ante la cual doblamos reverentes las rodillas y el 
espíritu y juntamos las manos en actitud hierática para de- 
cir la oración de nuestra gratitud inmensa. 

Y nada importa que eminentes hombres de ciencia, im- 
buidos en muy discutidas teorías sobre la psicosis del genio, 
hayan intentado colocar al grande hombre sobre una pobre 
camilla de enfermo, víctima lastimosa de superexitaciones o 
anormalidades psíquicas; que allí estará siempre su obra 
portentosa diciendo a todos los tiempos, a las generaciones 
de todos los pueblos, que quien llevó sobre sus hombros de 
Atlante, por entre el oleaje enfurecido e implacable del po- 
derío ibero, por entre las tempestades de la naturaleza y 
por entre ese otro oleaje no menos enfurecido e implacable 
de las traiciones y las cobardías, el peso de cinco naciones 
hasta colocarlas sobre la cumbre de la más firme y hermosa 
libertad, mal podía ser un enfermo sujeto a la inconciencia 
de fenómenos psicopatológicos que constituyen precisamen- 
te la negación de esa conciencia pura e intelectual de que 
nos habla Kant y que fué la que guió a Bolívar, paso tras 
paso, desde las tribunas de la Sociedad Patriótica hasta los 
templos del sol. 

Nada importa, repetimos, ya que los grandes hombres 
han estado siempre, en todos los tiempos y en todos los lu- 
gares, sujetos al análisis severo y contencioso de las genera- 
ciones que se van sucediendo en torno de su nombre y de su 
gloria, y al concepto más o menos apasionado y adverso 
de los que van huroneando por entre los intersticios de los 
mausoleos para ver de que manera antiestética o ambigua 
se han reclinado en la tumba los Electos de la Inmortali- 
dad. Pero ni ese análisis, ni ese concepto amenguar podrán 
nunca, ni en el más sutil reflejo de la gran luz, el fallo incon- 
trovertible de la Historia que los ha consagrado grandes y 
eternos sobre el monumento de gloria portentosa levantado 
por ellos a la admiración de todas las edades y a la venera- 
ción de todos los pueblos; del mismo modo que en nada se 
amenguaría la gloria de Alejandro porque a algún novedoso 
escritor se le ocurriera decir que César envolviéndose en su 
capa al sentir el filo del puñal asesino y desplomándose al 
pié de la estatua de Pompeyo, ostenta más gallarda gran- 



44 

deza que el macedonio doblando tristemente la cabeza ante 
un miserable miciófito de los canales de Babilonia. 

A Bolívar, «el hombre, el hombre verdadero, el Héroe», 
el Super-Hombre, no pueden aplicarse, según la afortunada 
frase de Unamuno, los procedimientos lombrosianos. 



Gloria a tí, una vez más, oh Padre Libertador! 

Por el vestíbulo de la Inmortalidad, donde sobre lecho 
de laureles siempre frescos duermes tu sueño de gloria res- 
plandeciente y única, van desfilando las generaciones de los 
pueblos que hiciste libres y relevándose en guardia de ho- 
nor magnífica y devota; y llenas las manos de flores opulen- 
tas y plena el alma de admiración y de respeto, saludan en 
tu gloria el símbolo radiante de la libertad humana y reve- 
rencian en tu recuerdo la majestad de la Patria. 

28 de Octubre de 1915. 



Fragmento 

del discurso de la apertura del acto de la Recepción de los Representantes 

del Distrito Federal y de los Estados de la Unión, en el Teatro 

Armonía, de Coro, la noche del 19 de Diciembre de 1916 



Así, tras las vibraciones de marsellesa de nuestro 
«Gloria al Bravo Pueblo,, mezcla de Rouget de L'Isle y 
Juan Landaeta, del pueblo del 93 y el del 19 de abril y 
5 de de julio, resonarán los himnos de todos nuestros 
hermanos en la genealogía federal; y nuestra psiquis, sa- 
turada hasta le más profundo de este ambiente epinicial, 
creerá escuchar el rumor de las ondas del grandioso 
ORINOCO, el Patriarca Padre de la Gran Colombia, como 
saludando al TORBES, cantor sonoro del Táchira opu- 
lento, cuna afortunada del Rehabilitador Venezolano. Y 
los dos lagos se dirán de cerca cómo vive en el cristal 
del uno el refllejo inmortal de Carabobo y en el otro el 
de la hazaña famosa de Padilla y el nombre rutilante 
de Urdaneta. Y el MANZANARES, con su blasón incom- 
parable de Pichincha y Ayacucho, recordará al TURBIO 
el nombre del héroe famoso en Corpahuaíco. Y el ARAUCA 
impetuoso, recogiendo el aliento de los viriles pueblos 
pamperos, diráles al NEVERI y al ARAGUA, que si ellos 
cantan el orgullo olímpico de la Casa Fuerte y el holo- 
causto de San Mateo, él tiene la fortuna envidiable de 
mantener, como eternos fanales sobre sus ondas, los res- 
plandores de la lanza de Páez y, a manera de perpetua 
visión astral, la mano nervuda de Aramendi sobre las 
flecheras de España. Y el GUAIRE, a una con el TUY,- 
que tantas cosas de epopeya guarda de la Magna Gesta,- 



46 

el manso GUAIRE, soberano de una hoya que no tiene 
límites en la geografía de la Gloria, porque él tiene el 
título grandiosamente único de haber arrullado la cuna 
del «más grande los libertadores de pueblos», platicará 
con el soberbio MOTATAN para enviarle, en nombre de 
los manes de Bolívar, un recuerdo a Cristóbal Mendoza, 
en torno de cuya memoria ilustre trabaja la gratitud na- 
cional para convertirla en viva carne de inmortalidad ; 
y le dirá también cómo se regocijan con ellos al evocar 
el abrazo memorable de Santa Ana, esponja divina que 
alivió a su solo contacto la necesaria herida del Decreto 
de Trujillo. Y el PORTUGUESA serpenteará en torno del 
CAÑO COLORADO para testimoniar que si éste tiene gra- 
bados en las páginas de oro de su leyenda libertaria el 
heroísmo inenarrable de Maturín bajo el escudo de Piar, 
aquél ostenta en campo de diamante el cuartel todo ful- 
gores de haber dotado a nuestro Olimpo con Páez el 
mitológico. Y las ondas bravias de Margarita, exorna- 
das de perlas, buscando al ALBARREGAS le tomarán 
de brazo para recordarle la etimología de su nombre por 
la bravura espartana de sus hijos; y entonces la voz de 
los páramos y de los torrentes les dirán a su vez que 
Mérida, la regia matrona de real estirpe, fué la que puso 
sobre la frente del Gran Libertador el majestuoso y sal- 
vador pensamiento de Trujillo. Y el YARACUY, citando 
al CAUJARAO, le recordará su antigua fraternidad evi- 
denciada siempre en el diario tributo que él rinde a nues- 
tras costas procelosas; y el manso, pero a veces bravo 
río que besa la ciudad de Ampies, enviará a todos, en- 
vuelto en la gloria de haber sido el primero en reflejar 
los colores divinos de la Bandera en las manos augustas de 
Miranda y de haber arrullado la cuna de Falcón y recogido 
las primeras dianas de la Federación Venezolana, una 
sonrisa de confraternidad y de gratitud muy profunda 
por haber ocurrido a esta cita bajo el sol resplande- 
ciente del 19 DE DICIEMBRE. 

Los señores Representantes de los Estados hermanos 
que prestigian con su presencia esta hermosa fiesta cívica, se 
servirán llevar hasta los nobles y dignos gobernantes que 
representan, la más expresiva palabra de reconocimiento 
del Gobierno y pueblo de Falcón. 



"Discurso 

<en la Ajelada literaria promovida por el Gobierno de Faltón, en el Teatro 
Armonía, en celebración del 5 de Julio de 1917 



Así como la doctrina del Cristo y el culto de su nom- 
bre no llegaron a constituirse en religión augusta y ya 
para siempre inmortal en la conciencia de los pueblos 
sino tiempos después del Gólgota, por el resplandor de 
los milagros y por la supergrandeza del Evangelio, así 
también la doctrina de nuestra redención política y el culto 
por la memoria del Gran Libertador no han llegado a 
■convertirse en religión intangible y veneranda en el espí- 
ritu de los pueblos redimidos, sino tiempos después de San 
Pedro Alejandrino, cuando es sólo la espuma de los mares 
■en calma la que pone orlas luminosas en los bordes de 
la Historia, cuando no es la pobre materia en rebeldía la 
que habla o grita, sino el mármol, el bronce, el granito, 
y cuando no se oye sino el rumor de alta marea de los 
laureles gigantescos que brotaron de los surcos hechos 
por los cascos de los corceles libertadores desde las már- 
genes de los ríos que fecundan el vientre de nuestra rica 
y bella patria, hasta el filo de los riscos donde el sol era 
•un águila incubadora de razas y de pueblos. 

Así, creyente por la conciencia en la religión del Cristo 
y creyente por el espíritu en la religión de la Patria, yo 
me arrodillo ante esa efigie venerable y veneranda, in- 
tensamente adoratriz, y ante esa Bandera, grandiosa y 
única, gloriosamente soberana, para decir la oración con 
que las almas devotas saludan a cada día la majestad 
de la luz y la majestad de la gloria. 

¡ 5 DE Jl^LIO ! Y se llenan de resplandores los cielos 

•de la Patria al paso del astro a cuyo beso inmortal rom- 



48 

piera su crisálida la mariposa de la Libertad y se hiciera 
cóndor soberano en los dominios de la Victoria; y se 
entreabren las puertas de la Inmortalidad y asoman su 
cabeza divinizada los titanes que, soterrando el mito helé- 
nico, supieron escalar el olimpo de la reyecía para destruir 
los viejos dioses humanos; y se escuchan las arengas de 
aquella sesión famosa en que va a colocarse la suerte 
de un pueblo que sólo cuenta un millón de almas ata- 
raxiadas por la esclavitud, frente a la antigua domina- 
dora de la Europa, en cuyos dominios el sol, como un 
viajero fatigado, no alcanzaba la finalidad del horizonte 
para tender el manto de la noche; y vese atravesar la 
sala del grandioso areópago la figura majestuosa de 
Francisco de Miranda, con su continente de Bautista y su 
gesto de girondino; y escúchasela palabra austera y con- 
vincente del señor Uncía lanzando, como un anatema contra 
las vacilaciones de los pocos que creían prematura la de- 
claratoria de independencia, aquellas hermosas y solem- 
nísimas palabras que habían de ser como la primera de 
las tres palmadas que iban a precipitar el gran duelo: 
« Subscribo, a nombre de Guanare, a la independencia 
de Venezuela ». Y parece que vemos entonces al señor 
de Peñalver, aquella pálida figura de profeta que 
atravesó, como una salamandra, toda la tempestad de 
de fuego de la gigantesca lucha y « llegó al sepulcro puro 
y sin contagio,» levantarse para decir: « Subscribo igual- 
mente por Valencia ». Y Paúl dice : « seamos libres unidos 
si no queremos ser esclavos para siempre y demos al 
mundo que nos contempla un testimonio de que somos 
dignos del alto rango que vamos a ocupar». Y Maneiro 
dice: «Soy el que llevó a Margarita la noticia de la reso- 
lución de Caracas el 19 de Abril: los que entonces se 
adhirieron a ella y ahora me han constituido su repre- 
sentante conocían entonces como ahora la caducidad de 
los derechos de Fernando; siguen a Caracas y la seguirán 
siempre, y yo a nombre de ellos subscribo a la indepen- 
dencia». Y Palacio dice: «Todo cede al impulso de la li- 
bertad y las fuerzas del hembre libre sólo son compara- 
bles a su dignidad Yo me opondría a los votos del 

pueblo y a los intereses de Venezuela, si no me explicara 
de este modo cuando en mis oídos suena continuamente 
esta voz: Venezuela será habitada por hombres libres o 
el sepulcro funesto de sus actuales moradores. Venezuela 
será un pueblo independiente o dejará de existir entre los 
pueblos déla Tierra». Y Roscio dice: «No hay duda que 
es obra de Dios que la América empiece a figurar en el 
mundo, y si el premio es igual al sufrimiento debe ser más 
feliz que la Europa, porque ha padecido más que ella. Dios 



49 

no quiere ni puede querer que padezcamos siempre ni su 
equidad ha de permitir que llegue el día del último juicio 
en que se queje de su providencia la mitad del Universo ». 

Y Cabrera dice : « Cuando ella ( la Regencia ) respetaba 
nuestro Talismán, justo era que respetásemos el suyo ; 
pero declarados insurgentes, tenemos que ser independientes 

para borrar esta nota» «Se acabó el tiempo de los 

cálculos y entró el de la actividad y energía: seamos, 
pues, independientes, pues que queremos y debemos serlo ». 

Y Briceño, de Pedraza, y Rodríguez Domínguez, y Cova, 
y Pacheco, y Clemente, y Méndez, y Alcalá, y Fernández, 
y Sota, y Ber mudez, ponen también a cabalgar sus es- 
píritus, inflamados en el sagrado fuego libertario, sobre 
-el hipógrifo de su verbo incontenible y fascinante hacia la 
independencia absoluta del poder de España. «Y por sobre 
todas aquellas cabezas fulgurantes está toda la Francia 
revolucionaria en espíritu y en verdad, están todos los 
derechos del hombre en músicas de marsellesas: ¡está 
SIMÓN BOLÍVAR! Sí, está BOLÍVAR, sobre los hombros 
ya puesta «la cabeza de los milagros» y en la boca ya 
ungida «la lengua de las maravillas». 

En efecto, señores, cuando evocamos el recuerdo de 
aquel inmenso día de claridades eternas, donde no hay 
un sólo segundo que no sea como una campanada de 
gloria, surge a nuestro espíritu la visión deslumbradora 
de una bandada de cóndores, con alas arcangélicas y ca- 
bezas de dioses niños, que rompiendo las capas etéreas 
en vuelo de flecha, y agitándose en un infinito de gualda, 
azul y grana, conviértense en astros que van a colgarse 
de lo más alto como lámparas maravillosas. Luego la 
visión se cristaliza y de las alas de los cóndores y de los 
rayos de los astros van surgiendo, lentamente, como de 
una incomparable cinta cinematográfica, las doce letras 
del nombre de BOLÍVAR. Son las mismas doce letras del 
CINCO DE JULIO. La visión va haciéndose cada vez más 
diáfana y cada una de las letras del nombre sagrado va 
conviertiéndose en sol. Y son entonces doce soles de los 
cuales el primero surge de entre las aguas torrentosas del 
Magdalena para esconder a poco su disco centelleante 
entré las nieblas del Avila; y el último, el último es todo 
un incendio de volcanes, cuyo chisporroteo se escucha, al 
través de los continentes, coronando de relámpagos las 
cumbres del Cunduncurca. 

De la primera a la última letra, és decir, de 1812 a 
1824, el dios de las batallas no ha dejado un solo ins- 
tante de cabalgar a toda brida sobre el corcel libertador 
y no le ha permitido descansar sino cuando borrada queda 



50 

para siempre la ruta de los conquistadores, extinguida para 
siempre la noche de la Colonia. Las letras del 5 DE 
JULIO habían dejado de formar una fecha para consti- 
tuir un nombre, el nombre de un dios creador de pueblos 
altivos y fuertes, quien después de su Gólgota, había de 
dejar fijas en el nuevo sistema planetario de la América 
libre, hechas base de redención y de gloria eternas, las 
doce letras simbólicas como los doce signos de un nuevo 
Zodíaco de inmortalidad, como los doce evangelistas de 
un nuevo credo político, cerno las doce tablas de nuevas- 
leyes sagradas. 

Y disipada la visión, nuestros ojos encuéntranse frente 
a frente con la majestad resplandeciente del Padre Inmor- 
tal, acariciada la cabeza milagrosa por has franjas divinas 
de la Bandera, y en su torno, como otras tantas hijas 
arrulladoras y dulces, las cinco enseñas triunfales de los 
cinco grandes pueblos surgidos al conjuro de su espada 
y de su genio, Inclinadas así, creyérase que le cuentan 
al oído quien sabe qué historias de Olimpo al Padre Li- 
bertador, cuya mirada rediviva parece que se dilata y 
resplandece cual si escuchara de nuevo los triufales relin- 
chos de Boyacá, las troyanas fanfarrias de Carabobo, el 
espartano pugilato de Bombona, el estruendo formidable 
de Pichincha, el crujido silencioso de las lanzas de Juuín r 
la explosión gigantesca de las trombas de Ayacucho. 



Palabras 

en el acto de ofrendar una corona ante la estatua de Bolívar, en Coro, 
el 28 de octubre de 1917 



Detengámosnos antes frente al pórtico iluminado del 
templo augusto y digamos las frases unciosas con que 
los creyentes saludan la epístola del día; que es hoy 28 
de Octubre, día de ofrenda y de intensa adoración ante 
los altares de Bolívar, el Sobrehumano Creador de esta 
augusta trinidad de Patria, Independencia y Libertad 
ante la cual baten el incensario de su culto no sólo las 
cinco naciones nacidas del consorcio fulgurante del Héroe 
inmortal con la Victoria, sino todos los pueblos que 
hablan la lengua de la libertad, sienten con el corazón 
de la justicia y piensan con el cerebro del derecho humano. 
Sobre el pedestal de oro de esa trinidad sagrada y con- 
sagrada, fundada quedó una religión que a través de los 
tiempos habrá de llamarse la religión boliviana, con sus 
dogmas y sus símbolos, con sus evangelios y sus litur- 
gias, con sus milagros y sus santos, con sus apóstoles y 
sus mártires. El 24 de Julio será de natividad para la 
América y el 17 de Diciembre cíe Ascensión. El Avila será 
como otro portal betlemita para los creyentes en el Padre 
Libertador; Boyacá y Carabobo las columnas de fuego 
que guíen a todos los pueblos que buscan redención; 
Pichincha el incensario que mantenga siempre densas y 
perfumadas las espirales de la adoración americana en 
torno a la memoria de los libertadores; el Chimborazo, 
el Potosí y el Cunduncurca los campanarios que repiquen 
eternamente la gloria boliviana. 

Están de tal modo consagradas estas fiestas de la 
Patria en la devoción de los pueblos, que éstos, por propio 



52 

impulso del corazón, las celebran y glorifican sin que nece- 
saiia sea la declaratoria expresa de la ley; y es que por 
encima de las leyes escritas están esas otras de la jus- 
ticia y la gratitud que no necesitan de formalidades legis- 
lativas para quedar confirmadas como altos y brillantes 
puntos de liturgia en los espacios del culto. Una ley de 
la República signó como de fiesta nacional el 28 de Octubre, 
onomástico del Grande Hombre Libertador, pero creímos 
después más cerca de la glorificación el 24 de Julio, na- 
talicio de aquel Inmortal, y los signos pasaron a esta 
fecha por mandato de otra ley. Más, el culto patrio 
continuó viendo en el día de Octubre los dos signos anun- 
ciadores de la alta solemnidad en el calendario bolivia- 
no y a reverenciarlo se apresta a cada vuelta del sol 
de la tradición glorificadora como una no menos bella 
advocación del incomparable Libertador, ante cuyo re- 
cuerdo encienden todas las luces del santuario los guar- 
dianes de la Inmortalidad, las jardineros de la Fama des- 
pojan al viejo Olimpo de todas sus rosas, vibra el hacha 
de los dioses en los bosques de laureles milenarios, y el sol 
del Avila, a una con el sol de los Incas, prepara el palio bajo 
el cual ha de pasar, del brazo de la Libertad, el domador 
de la Victoria. 

Y como la actual época está siempre ampliamente 
abierta para todas las grandes externaciones del cuitó 
boliviano, como que en ella vive flagrante el alma de 
Bolívar con sus radiosas visiones de Patria, de Paz y 
de Unión, se explican como hechos muy naturales los 
fervorosos entusiasmos con que en estos momentos cele- 
bran al unísono todos los pueblos de Venezuela el ono- 
mástico del Padre de la Gran Colombia, desde las cum- 
bres de los Andes milenarios, donde las huellas del li- 
bertador viven flamantes y luminosas como bocas sibi- 
linas prontas siempre a decir a las generaciones que van 
pasando los secretos del triunfo y de la gloria, hasta 
las del Avila soberbio donde duerme su sueño de Olimpo 
el coloso arrullado por los mismos bronces que repicaron 
su gloria en todas las notas de la deificación. 



bas águilas del 5 de Julio 



A ALEJANDRO FERNANDEZ GARCÍA 



Cada año, por este mismo día — dice una fantástica 
leyenda que tiene toda la belleza de las grandes cosas 
heroicas realmente vividas — una soberbia legión de águi- 
las despréndese de las gargantas del Avila, detiénese un 
largo rato, en pose olímpica, sobre la cabeza de bronce 
del Gran Libertador como a decirle algún mensaje de las 
divinidades de la Inmortalidad, arropa con sus alas ful- 
gurantes el monumento de Tenerani, besa el arca donde 
fulgura el Sancta Santorum de nuestra Independencia, y 
siguiendo las huellas del iluminado fugitivo de 1812, va 
a revolotear bajo los cielos de Caldas y Camilo Torres, 
para destejer luego con sus picos de fuego la vía láctea 
de la Campaña Admirable. Y trasmontando después, a 
ras de cielo, las gargantas de los Andes, aquellas don- 
de los cascos del caballo de Bolívar grabadas en plan- 
cha de diamante mantienen una eterna claridad de au- 
rora, detiénese sobre el campo famoso en donde surgiera 
la primera sonrisa de la Gran Colombia, como para ex- 
ternar un rito a la grandeza de aquel sitio, gigantesca 
puerta de gloria abierta a golpes de cíclope por los in- 
vencibles tercios del Hijo de Caracas; y luego de refres- 
car sus alas en las ondas tumultuosas del grandioso 
Orinoco, en cuyos cristales están de continuo vibrando 
las arengas del Libertador engendradoras de la Alagna 
Trimurti Colombiana, y de revolotear sin tregua sobre 
las cuatro avenidas del horizonte, dentro de las cuales 
no hay un solo punto que no responda a una interro- 
gación de gloria, — como que el caballo de Bolívar sig- 
nó casi toda la tierra hispana con la marca de fuego 
de los cuatro cascos indicadores de los cuatro puntos 
cardinales de la libertad continental, — endereza el rum- 
bo hacia la sabana fulgurante empapada en maravilla 
de leyenda de antiguos dioses, remueve la tierra sagra- 
da como para cumplir el mismo rito qué en Boyacá, 



54 

-o quien sabe si para dejar alguna nueva shnitente de 
«terna glorificación sobre el recuerdo de los que allí ca- 
yeron para siempre arropados en la Bandera de Colom- 
bia con el santo orgullo de haber vencido a los vence- 
dores de las águilas imperiales; y torna a volar, pictó- 
rica ahora de nuevas fuerzas, para detenerse esta vez en 
Bombona y saludar con el revuelo de sus alas inmortales 
las majestades del volcán y del torrente en cuyas faldas 
bravias y en cuyas ondas tumultuosas vibra eternamen- 
te, apagando los ruidos formidables de esos monarcas de 
la naturaleza americana, la voz jupiteriana de Bolívar, 
V en donde se reflejan las sombras de Pedro León To- 
rres, torrentoso como el Guáitara, y de Valdez, arrollan- 
do las huestes españolas sobre los riscos soberbios. Y 
siguiendo la línea ecuatorial, pósase sobre los volcanes, 
despierta los ecos del Pichincha en donde la sombra olím- 
pica de Sucre paséase de continuo haciendo converger 
hacia aquel sitio de maravilla la fulguración de los as- 
tros; y siguiendo hacia la llanura de Junín cumple el 
mismo rito que en Boyacá y Carabobo, para lanzarse 
al fin, inmensamente abiertas las alas fulgurantes y for- 
midables, sobre la cima del Cundurcunca a la cual salu- 
da con un soberbio estridor de victorias, que resonando 
por todos los ámbitos de la América va a decir a to- 
dos los pueblos de la tierra que Bolívar vivirá al tra- 
vés de los siglos con los contornos de un dios que ha 
ganado la divinidad a fuerza de ser hombre, mientras el 
nuevo mundo tenga cumbres como el Chimborazo, el 
Potosí y el Avila, ríos como el Amazonas y el Orinoco, 
volcanes como el Cotopaxi y el Pichincha, y mientras 
tenga bastante lumbre el sol de nuestros trópicos y pal- 
pite en nuestras venas sangre de libertadores. 

Dícese que esa legión de águilas son las almas de 
los egregios patricios que el 5 de julio de 1811, encaramán- 
dose sobre las espaldas del destino y clavando en sus hijares 
las férreas espuelas del patriotismo ardiendo en santa có- 
lera, fuéronse hacia el sacrificio, hacia la epopeya, hacia 
1a gloria, hacia la inmortalidad, dejando convertido en 
cielo y mar y tierra su gesto incomparable de aquel día. 

Ahora ellas recorren, bajo el divino sol de julio, los 
cuatro puntos cardinales de la Grandiosa Gesta y regre- 
san a posarse sobre el maravilloso monumento que en uno 
de los más bellos paseos de Caracas inmortaliza la gran- 
deza de Carabobo; de aquí ellas tornan a sus nidos en 
las gargantas del Avila para continuar montando ma- 
jestuosa guardia de honor sobre la ciudad— cuna del 
Semi-dios americano. 



T>iscurso 

4e apertura de las sesiones ordinarias de la Cámara de Diputados 

en 1910 



Ciudadanos Diputados : 

Cruentes fervorosos en la divinidad de la Patria, es 
fuerza que al entrar de oficiantes en estos templos de la 
República y la Ley, humedezcamos antes nuestras manos 
íoii el agua sacratísima que, como de una eterna fuente 
de redención, brota radiosamente de todas y cada una de 
las letras, de todas y cada una de las fases de esta fecha 
veneranda, primer ventanal de luz por donde asoman su 
gallarda cabeza de precursores los hombres admirables de 
1810, para anunciarlas primeras alboradas de la libertad 
en nuestros cielos; y que pongamos en actitud oblatoria 
el espíritu ante el recuerdo de la hazaña famosa, realiza- 
da con un gesto de antiguo sello romano por aquellos subli- 
mes aventureros de gloria que se lanzan a la mar arcana 
y bravia, no en pos de tierras para completar un mundo 
sino en pos de cielos para formar otro aparte, del cual habría 
de ser soberano único, libertador y dios a un tiempo mismo 
por la excelsitud del credo libertario, por los atributos ma- 
ravillosos de su genio y por la eficiencia milagrosa de la 
cruz redentora de su espada, Bolívar, «el más grande de 
los libertadores de pueblos en los dominios de la Historia.» 

Y cumplido el rito, haced me el favor de permitirme que 
os presente el homenaje de mi palabra agradecida por el 
honor altísimo con que habéis querido exaltar la humildad 
de mi nombre en esta ocasión solemne; por la impagable 
bondad con que me habéis traído a esta altura tan cerca 



56 

de las nubes para m'fpque no sé sino de las áridas lla- 
nuras de mi tierra, de aquella vieja tierra incubadora un 
día de hermosas epopeyas en los campos del heroísmo, en 
cuyo seno quiero prender, como una flor de cariño y de 
recuerdo, el honor que me habéis dado. Si no atimare a 
corresponder a tanto favor la culpa será vuestra que me 
empujasteis a la cumbre y me negasteis luego la fuerza 
de vuestra experiencia, de vuestra experticia y de vuestras 
luces. 

Honorables Colegas : 

A pleno sol constitucional, bajo los santos auspicios de 
una paz que es ya todo-poderosa e invulnerable, y al am- 
paro de la divisa afortunada que en un día memorable 
de Diciembre surgiera de los labios de un Caudillo cuyo 
nombre queda pronunciado cuantas veces se hable de Patria, 
de Paz, de Trabajo y Unión, torna a abrir sus puertas la 
Cámara de Diputados de la República en el segundo año 
de sus labores legislativas. Y tornamos a entrar por ellas T 
con la misma satisfacción con que saliéramos, porque tene- 
mos la conciencia de que si ayer supimos cumplir con nues- 
tros deberes como legítimos delegados de los pueblos en 
los estrados de esta Cámara y del Congreso, también los 
hemos sabido cumplir luego como ciudadanos en el seno 
de las colectividades que representamos, laborando afano- 
samente por la paz, primer artículo de fé de todo buen 
patriota, y llevando al plan general de la Rehabilitación, 
en la medida de nuestras aptitudes y de nuestras ener- 
gías partidarias, el mayor contingente posible de buena 
voluntad, de fé patriótica y de lealtad sana y fuerte. Y 
crece de punto nuestra satisfacción al poder decir — porque 
lo hemos palpado con nuestras propias manos y lo hemos 
visto con nuestros propios ojos — que nuestra obra patrió- 
tica de ayer, cimentada en la elección que, como fieles in- 
térpretes del ente Pueblo y de la representación de la Demo- 
cracia, hiciéramos de Presidente Constitucional de la Repú- 
blica, florece y fructifiíca, cada día con más fuerza, en el 
alma nacional en constante homenaje de admiración, de 
lealtad, de cariño y de gratitud hacia el hombre «fuerte 
y bueno» que, bajo las santas inspiraciones de la Repú- 
blica y en medio a las convulsiones del patriotismo angus- 
tiado, trepó un' día a lo más alto de su deber de magis- 
trado y de repúblico, rompió de un solo golpe de luz la 
bruma amenazante, asomó su faz iluminada por el hori- 
zonte abierto, agitó sus brazos de guerrero, libres de espa- 
da y de fusil, y se abrazó a la Bandera, que desde aquel día, 



57 

y por virtud de la eficacia de aquel abrazo salvador, parece 
que flota más alto y que sus colores brillan con más intensi- 
dad cual si acabaran de salir de una fiesta de luz. Y no es 
efecto de óptica, de frágil espejismo o de simple visión par- 
tidaria. No. La bandera está más alta, sencillamente porque 
República está más alta; ha crecido vigorosa y opulen- 
ta en los siete años que acaban de pasar, porque bebien- 
do a toda hora la leche fresca y rica de la paz, ha podido dis- 
tender sus músculos por el trabajo, que es la gran fuerza 
redentora así en los individuos como en los pueblos, y 
fortalecer todo su organismo por la fraternidad, que es 
el macizo cable de mil hilos de oro que ata con fuerza 
soberana el sentimiento de todos los hijos de la Patria 
en torno de la Bandera. Y los colores brillan más inten- 
samente, sencillamente porque en el horizonte no ha\- una 
sola nube, nada que empañe la diafanidad ambiente, nada 
que robe al sol de la República ni un rayo de su lumbre. 
Él vuelo de un pájaro por sobre las montañas andinas 
o las selvas de Guayana, refléjase al instante en las lin- 
fas del Guaire, evidenciando la transparencia imperturbable 
de la época ; y un toque de clarín en los cuarteles de San 
Cristóbal o Ciudad Bolívar repercute en los de Caracas 
con frescas sonoridades que dicen cómo son de maravi- 
llosas las ondas rehabilitadoras del uno al otro confín 
de la República. 

Y esta cristálica transparencia de la Causa y esta sutil 
vibratibilidad del ambiente nacional, no se limitan a los 
ámbitos del país, sino que se dilatan más allá de nuestros 
términos fronterizos, del otro lado de los mares, hacien- 
do reflejar en extraños cielos, rientes y triunfales, lastres 
simbólicas franjas de la patria enseña, y haciendo reso- 
nar, con fuertes dilataciones de campanas victoriosas, las 
vibraciones de nuestro crédito, las actividades de nuestras 
industrias, las dianas de nuestros cuarteles, las revistas 
de nuestro ejército, las trepidaciones de nuestro progreso por 
ciudades, pueblos y aldeas y, por sobre todo, los clarines de 
esta paz nacional que es nuestro orgullo y nuestra fuerza. 

Y esta paz ha sido, es y será. 

Antes, el grito sedicioso de un aventurero cualquiera 
ponía en tensión los nervios de la República y todos 
creían que iba a estallar una revolución con extensos 
arraigamientos en el país; hoy, los pueblos se rien de 
tales gritos, cuando algún engañado compatriota se atre- 
ve a lanzarlos, y ellos mismos se encargan de castigarlo, 
condenándolo al aislamiento y al ridículo. La palabra « re- 
volución » ha cambiado su antigua acepción en los léxicos 
de la República actual. Hoy no se entiende por revolución 



58 

sino la del trabajo y la de la industria ; la del intercambio; 
la de nuevas empresas; la del capital ya libre de las anti- 
guas, eternas desconfianzas; la del progreso, en fin, en todas 
las manifestaciones de la actividad humana. La tarta- 
rinesca fraseología del caudillismo ancestral es letra muerta 
en la flamante academia de la lengua rehabilitad ora, y 
todos saben en Venezuela, los unos por propia experien- 
cia y los otros por el reflejo de ésta, que la palabra «guerra » 
es la negación absoluta de toda idea de patria, de civili- 
zación, de garantías y derechos y únicamente escala para 
trepar por ella los que sólo piensan en la túnica del Cristo 
por el placer de jugarla. 

Y todas estas transformaciones en el orden político, 
moral, y económico del país son — ya se sabe por propios 
y extraños — obra única y exclusiva del señor General Gómez, 
realizada en el estrecho lapso de un septenio. Dentro del 
nuevo período que termina en 1922, la magna obra alcan- 
zará, sin duda, las inmensas proporciones que reclaman 
la amplitud misma de los grandes métodos puestos en 
práctica y el engranaje mismo de los fines y propósitos 
que integran la existencia de la Causa en su relación in- 
tensa y tuerte con la existencia nacional (1). 

Unidos fuertemente nosotros, como lo estuviéramos 
aj'er, honorables colegas, en el seno de esta Cámara y 
en torno de un solo ideal de Patria y de Causa, nues- 
tra labor habrá de ser fácil al par que provechosa para 
los generales intereses de nuestros comitentes; y si ayer 
tuvimos fortuna de discutir y sancionar leyes cuyas refor- 
mas están dando los resultados a petecidos, debe esperar- 
se que las que nos toque discutir 3' sancionar este año, 
habrán de ser no menos, — calcadas como habrán de estar 
en el espíritu liberal y altruista de la época, — punto de 
segurísimo apoyo y de inviolable refugio para todos los 
intereses que se desenvuelven y vitalizan a la sombra pro- 
tectora de la ley, que es la única majestad cu indo el orden 
y la paz, la justicia y el derecho dominan y cobijan por 
igual lo mismo al proletario que al potentado, lo mismo 
al aristócrata que al hijo del pueblo, lo mismo al hom- 
bre de negocios, que no teme lanzarse en hondas empre- 
sas bancarias e industriales, que al obrero, que ve y sien- 
te que sus brazos, por la misma liberación del capital, 
entran también como valores activos en las cotizacions 
de la bolsa. 

Enriquecido alguno de esos trabajos con el estudio 
reposado y concienzudo de una selecta gran parte de los 



(1) Los hechos cumplidos dirán con su abrumadora elocuencia si 
«estuvimos o no en lo cierto al asentar estos conceptos en 1910. 



59 

jurisconsultos venezolanos, es de asegurarse que tal obra, 
realizada bajo las nuevas orientaciones del derecho, res- 
ponda a los reclamos de los nuevos tiempos en sus am- 
plias tendencias sociológicas y llene provechosamente los 
hondos vacíos existentes en nuestra legislación civil. 

Vaya, antes de terminar, — y en esto bien me sé que 
traduzco con toda fidelidad el sentimiento de la Cámara, — 
una muy patriótica congratulación al ciudadano Presiden- 
te Constitucional electo, General Juan Vicente Gómez, Fun- 
dador de la Paz en Venezuela y amparador eficaz y respe- 
tuoso de las prácticas constitucionales; y al ciudadano 
Presidente Provisional, Doctor V. Márquez Bustillos, 
quien ha sabido corresponder noblemente a la confianza 
de que le hiciera depositario el Congreso de Plenipoten- 
ciarios, y dado prenda, en todo momento, de su lealtad a 
la Causa y al Jefe Benemérito. 

Ciudadanos Diputados : 

Invocando en favor de nuestras deliberaciones la gracia 
providente de los númenes que montan guardia bajo los 
pórticos de esta fecha inmortal, declaro solemnemente, 
por ministerio de la Constitución de la República, inau- 
guradas las sesiones ordinarias de la Cámara de Diputa- 
dos de los Estados Unidos de Venezuela en 1916. 



"Discurso 

de apertura de las sesiones ordinarias de la Cámara de Diputados en 1Í>2E 

Ciudadanos Diputados : 

Tenemos la fortuna de llegar a este recinto augusto de 
'la soberanía popular en días de culminaciones grandiosas 
para la República, en horas de cénit para todo lo que bien 
pudiera llamarse el sistema planetario de la patria en todo 
lo que la integra y la engrandece en su existencia de liber- 
tad, de riqueza, de fortuna, de dignidad, de nobleza, de cul- 
tura y civilización. Días y horas en que la Paz, blanco sol 
de vendimia opulenta en todos los labrantíos, yérguese 
ufana y poderosa convidando a todos los espíritus a cele- 
brar a toda pompa los ritos de la patria en sus advocacio- 
nes de Trabajo, de Unión, de Orden, de Leyes y de Justicia ; 
días y horas en que los manes venerandos de nuestros Li- 
bertadores se incorporan en sus lechos de mármol deífico 
para escuchar las dianas evocatrices de la le3^enda, de la 
Gesta portentosa que creó una nueva mecánica celeste, 
la mecánica celeste de la Libertad, en el firmamento de la 
América colombina, desde aquellas que anunciaron la caída 
del bastón de Emparan al gesto de Madariaga hasta las 
que glorificaron el portento de Carabobo en un día divino 
del Junio inmortal de 1821. 

Porque la evocación de nuestra grandiosa génesis na- 
cional, punto de partida también de la independencia de 
los pueblos que cambiaron el habla hereditaria de Castilla 
por el idioma fulgurante de Bolívar, tiene hoy una más 
grande trascendencia en los dominios de la conciencia uni- 
versal. Se trata nada menos que de la rotación de un 



61 

astro que, al través de ciento once años, surge por entre el 
relampagueante planetarismo de lps nuevos tiempos, por 
sobre la montaña de superpuestos Chimborazos que forma 
la gloria boliviana, y detiénese de súbito a la mitad de los 
espacios infinitos para iluminar ambos hemisferios con la 
luz divina de un símbolo encarnado en la efigie de un hom- 
bre que no pudiendo tomar nombre de dioses, porque él 
iba a formar un reino aparte, se llamó Simón Bolívar, el 
Libertador, cuyos pies atravesaron mil mares rojos en ple- 
na turbulencia para libertar a una familia de naciones que 
vivía encorvada bajo el látigo faraónico de la conquista, 
y caminaron sobre otros tantos Tiberiades para llenar sus 
redes con una pesca opulenta de peces humanos que él 
arrancó del fondo tenebroso de la colonia para convertirlos 
en ciudadanos de una patria libre y bella. 

La Bandera surgida hace más de un siglo, débil y tem- 
blorosa, de entre las manos de un puñado de apóstoles so- 
bre una cumbre sinaica que se llama el Avila en términos 
geográficos y Bethleem de América en el simbolismo de la 
libertad ; la Bandera que fué, de tumbo en tumbo, por sobre 
los mares, por sobre los ríos, por sobre las cumbres, por 
sóbrelos ventisqueros, por sobre las nubes, por sobre las 
tempestades, llevada sobre los hombros de Atlante del Hijo 
de Caracas hasta cambiarla por el sol de los Incas sobre 
el cielo de Ayacucho; la Bandera que fué desgarrada por 
les sayones de Colombia la Grande, por los iscariotes del 
Cristo de América, y cuyos colores se trocaron, en palidez 
•de agonía el gualda, el azul en vaguedad temblorosa y ar- 
cana de crepúsculos muertos y el rojo en negrura de sangre 
■en venas estancadas; la Bandera que durante cien años ha 
«ido azotada por los huracanes de nuestras luchas fratri- 
cidas, pero que, como tejida al fin con hilos divinos, no po- 
día morir porque llevaba en sí el espíritu de quien la en- 
gendró con su ideal de evangelista y de quien la nutrió con 
su sangre de Redentor ; la Bandera que sólo esperaba una 
voz taumaturga que la dijera : «despiértate y ondea, como 
en tus grandes días triunfales, a vientos propicios y francos, 
porque cerrada está para siempre la zona de las tempesta- 
des, destruido para siempre el criadero de los huracanes que 
volcaban la nave de la patria» ; esa Bandera, señores, irrum- 
pe ho}' más allá del Atlántico, en la otra América, allá- en 
las tierras luminosas de Washington y de Lincoln, sobre 
los hombros vaciados en bronce de inmortalidad del mismo 
que la nutriera con su "sangre de Redentor. Ese Enviado 
de Bronce olímpico, ese Augusto Embajador del Imperio de 
la Gloria que la Venezuela de Diciembre, la Venezuela de 
1921, envía más allá de los mares, es el mismo que en 1810, 
Redentor en agraz, fuera en nombre de la República recién 



62 

nacida a pedirle a Albión, la poderosa, un poco de calor 
para sus músculos. Ahora va a llevar luminarias de gloria 
para darle calor al espíritu de todos los humanos. Ahora 
la efigie del coloso, cuya compañía estaba pidiendo a grito* 
la estatua de la Libertad que ilumina la gran bahía neo- 
yorquina, como qne fué El quien fecundó el vientre divino 
de la diosa para procrear esa gran familia de pueblos libres 
y poderosos que se agita sobre el dorso gigantesco del conti- 
nente colombino, alzaráse desde allá, a la faz de los dos mun- 
dos, para proclamar la inmortalidad de su obra de Semi- 
diós, para testimoniar su grandeza única de Libertador de 
pueblos, para evidenciar la realidad fulgurante de sus ma- 
ravillosas visiones de Político, de Legislador y de Estadista , 
al través de las cuales resplandece, como alba que rompe al 
fin el vientre de la noche para hacer el sol, la anfictionía de 
Panamá. Así, cuando el ilustre Presidente Harding desco- 
rra hoy el velo que cubre la estatua de SIMÓN BOLÍVAR 
en el Parque Central de Nueva York, en presencia de los 
representantes de todas las naciones libres del mundo, que- 
dará de hecho proclamada y consagrada, a la faz de la tie- 
rra, con toda la solemnidad de un acontecimiento que viene 
a poner nuevas y vibrantes sonoridades en la lira de oro de 
la libertad humana, la grandeza única del Hijo de Caracas- 
como el Libertador, indiscutido e indiscutible, de la Amé- 
rica Hispana. 

Soberanamente orgullosa, con santo orgullo de madre- 
divinizada por la concepción augusta del Grande Inmortal, 
Venezuela regala a la gran ciudad del Norte la estatua del. 
Héroe como testimonio, dijérase, de gratitud a la gran na- 
ción por aquella sangre gloriosa con que un bravio y heroi- 
co puñado de sus hijos regó los primeros surcos del arada 
mirandino y como más valiosa prenda, sagrada e invulne- 
rable, de la confraternidad que ha de ligar para siempre, 
con recio y brillante lazo de oro, a las grandes patrias del 
Libertador del Norte y del Libertador del Sur. Para hacer 
más perdurable este lazo el gobierno de la patria de Bolívar 
inaugura hoy la estatua de Washington en el hermoso par- 
que que lleva su nombre, como nuevo homenaje de admira- 
ción y veneración de nuestro país a la memoria esclarecida 
del que fué «el primero en la paz, el primero en la guerra y 
el primero en el corazón de sus conciudadanos.» 

Y extinguidas apenas las resonancias de la grandiosa 
apoteosis al Padre Libertador en las tierras del Norte, 
volverán a encenderse en las tierras del Sur todas la* 
antorchas del patriotismo nacional; volverán a vibrar, 
de confín a confín y de corazón a corazón, todas las mú- 
sicas del culto boliviano para celebrar ahora la apo- 



teósis magna sobre el campo eternamente bañado por 
el sol de la epopeya, en donde los últimos tercios espa- 
ñoles en tierras venezolanas, aquellos recios tercios que pu- 
dieron llamarse de los vencedores de las águilas imperia- 
les en Bailen y Arapiles, por su bravura y porque tenían 
la academia de Morillo el Pacificador, destruidos queda- 
ron al golpe formidable de aquellos férreos ejércitos de 
Bolívar que él había formado y fundido en moldes lacede- 
monios al fuego de sus heroísmos portentosos, de sus aren- 
gas relampagueantes, de sus marchas torrentosas y de sus 
cargas ciclópeas. 

Y en romería triunfal iremos a la sabana dos veces 
gloriosa para las armas de la República, y al toque de 
los clarines y al redoble de los tambores, al piafar de los 
caballos y bajo la fulguración de los cascos y entorchados 
de este nuestro flamante ejército nacional que un bravo 
heredero del viejo proceíato épico y de la táctica egregia 
de los más descollantes ganadores de batallas comanda 
en la actual edad de oro de la patria para mantener en 
alto la tradición gloriosa, en alto el escudo donde el ca- 
ballo del símbolo parece que piafa y que galopa 3' en alto 
la Bandera como acabada de salir de un baño de epope- 
3'a, sentiremos en nuestros espíritus y en nuestras retinas 
el deslumbramiento de la gran batalla con sus grandio- 
sos episodios,- con su epiléptico relampagueo, con su true- 
no formidable, con su prestancia homérica de lucha de tita- 
nes, al término de la cual agitan sus alas victoriosas, co- 
mo águilas bravias después de la tormenta, las tropas 
republicanas, 3' triunfadora queda aquella Gran Colombia 
que, nacida del portento de Bo3^acá, irá a hacerse divinidad 
augusta sobre el volean del Pichincha 3' sobre la cima de 
A3'acueho. 

Y tanta invaluable conquista, tanto atesoramiento de 
gloria auténtica, tanto caudal de orgullo y de grandeza, 
tanta buena fortuna para la vida nacional, se la debe 
Venezuela a un patriota esclarecido, a un incansable labo- 
radorde paz, a un formidable apóstol del trabajo, a un 
recio tallador de mármoles en las canteras del progreso pa- 
trio, que durante doce años no ha tenido más voluntad, 
ni más pensamiento, ni más orientación, ni más afanoso 
empeño que la grandeza de la patria creada por Bolívar, 
para que sobre tan alta pirámide de luz se alee la ma- 
jestad de este día en que Venezuela, ataviada con toda la 
opulencia de sus conquistas, va a una corte de gloria a 
exhibir la magnificencia de su heráldica, llevando en sus- 
robustos brazos de madre espartana la efigie del que en 
vida fatigó a la gloria durante tres lustros y muerto ha 



64 

cansado a la historia durante cien años y cansará a la 
epopej^a hasta el fin de los siglos. 

Porque el General Juan Vicente Gómez, al tomar en- 
tre sus manos los destinos de la República, luego de las in- 
cruentas jornadas de Diciembre, quemó las viejas naves, 
aquellas donde albergádose habían nuestros odios bande- 
rizos y los resquemores de nuestras luchas fratricidas, y 
construyendo otras nuevas en los astilleros de la patria 
concordia dio al viento sus velas en busca de nuevos ho- 
rizontes para la vida nacional. A la alteza de acción del 
hábil piloto correspondieron con toda fortuna, desde un 
primer momento, los buenos dioses del Éxito; como que 
éste es aliado inseparable de las empresas heroicas y ge- 
nerosas. Y allí está a la vista de todos, de propios y ex- 
traños, la obra portentosa, empastada, con rica y fuerte 
pasta de oro, en doce grandes volúmenes que pueden leer- 
se no sólo desde cualquier punto de nuestros horizontes 
diáfanamente azules, sino desde cualquier campanario de 
las naciones extranjeras, porque esos volúmenes, que — 
bien pudieran llamarse los doce palimpsestos de la Era 
Rehabilitadora, — han sido impresos sobre el lomo de las 
montañas, de los riscos, de los esteros y de los ríos para 
que sobre él pase la onda blanca y luminosa de las ca- 
rreteras; sobre los campos ubérrimos para que el Trabajo, 
dios dispensador de gracias para todos los que le rinden 
culto, cuaje sus divinos írutos en cada rama de la humana 
actividad ; sobre nuestro invulnerable talón de oro y nues- 
tro bien cimentado crédito, para que nuestras arcas acusen 
el maj'or depósito de valores auténticos que haya conta- 
do nunca la historia de nuestras finanzas ; sobre el fron- 
tis de nuestra Cancillería, para que de él partan los mil 
hilos de seda que atan nuestra vida internacional, en comu- 
nión franca y cordial, a todas las naciones cultas de la tierra, 
cu3'as banderas forman en nuestra urbe, en los grandes 
días triunfales, un brillante mundo de flamante gentileza 
diplomática ; sobre los aires para que por ellos crucen las 
mugidoras alas de los aeroplanos rompiendo con su alien- 
to de fuego los cielos que pusieron en los ojos de Bolívar 
la ignición soberbia con que había de romper en pedazos 
los hierros de la conquista; sobre las ondas hertzianas 
para que pase la maravilla de Marconi a llevar a los más 
lejanos extremos del globo las palpitaciones de nuestra 
vida ; sobre el bronce y el mármol y el granito para per- 
petuar la gloria incomparable de nuestros héroes queri- 
dos y venerandos y la de aquellos cuya historia se incrus- 
ta a la nuestra por la similitud de su acción o por la gra- 
titud que les debemos ; sobre todos esos monumentos, en 



65 

fin, que, ya en el orden moral, político o social, ha levan- 
tado por donde quiera la mano incansable de la Reha- 
bilitación Nacional, que es Juan Vicente Gómez en sínte- 
sis de Patria, de Paz y de Unión, las tres cariátides sobre 
las cuales descansa su gloria inmarcesible de patriota por 
antonomacia. 

¿Y contra todo este magnífico conjunto que el más 
cabal y hondo concepto de patria y justicia denomina, 
con toda la justeza del término, Grandeza Nacional, es 
que los malos venezolanos, aquellos que en suelo extran- 
jero malgastan su vida jugando a cara o cruz la suerte de 
la República sobre el tapete rojo de sus maquinaciones 
criminales, se revuelven airados y levantan los puños pic- 
tóricos de odio ? Es que los que rastrean en la sombra 
odian la luz cuando penetra por los intersticios de sus co- 
vachas y los señala a la justicia en pleno conciliábulo ; 
los que andan a caza de víctimas con revólver al cinto 
y puñales en las manos maldicen la acción del funciona- 
rio público que los detiene y castiga en nombre de la ley ; 
los que quieren hacerse a honores y riquezas a costa de 
la patria y de la sangre y las lágrimas de sus conciuda- 
danos, maldicen la mano que les cierra las puertas, les ata 
las suyas para el crimen y los condena al anatema de la 
conciencia pública. Es la eterna, batalla del bien contra el 
mal, de la luz contm la sombra, de la virtud contra el 
crimen, de la lealtad contra la traición, de Jesús contra el 
escriba. Es la mueca de los demagogos contra la obra 
divina del Libertador cuando destrozaba cadenas y creaba 
patrias libres! Bendita sea, pues, la obra de Juan Vicen- 
te Gómez que así salva y engrandece a la República, que 
da a todos los labios la eucaristía de la Paz y del Traba- 
jo y extiende sobre todas las cabezas el iris de la Ban- 
dera, impoluta y fuerte, inviolable y sagrada. 

Ahora, la justicia y la verdad reclaman también de 
mi parte, como bien adivino que lo estáis reclamando 
vosotros, honorables colegas, la mención de un nombre 
que tiene conquistado en el seno de la Causa y en la con- 
ciencia de todos los venezolanos aura diáfana y sonora 
de simpatía, de respeto y de cariño por su noble y doble 
actuación de Primer Magistrado Civil de la Repúbli- 
ca y colaborador inteligente, discreto y leal del Hombre 
«fuerte y bueno» de Diciembre en la realización de su gran- 
de y hermosa obra. Desde luego sabéis bien que me re- 
fiero al señor Doctor Victorino Márquez Bustillos, aus- 
tero hombre de toga, de pluma y de gobierno que lleva a 
todo brillo el corte del antiguo patriciado y a quien bien 
puede llamarse el caballero-Magistrado, porque a su ex. 



66 

quisita cultura une una gran rectitud de principios y una 
gran nobleza de espíritu que hacen que en la curul de la 
Suprema Magistratura se le vea siempre como en marco 
propio, como nacido para el estrado de la República y para 
llevar la toga con toda la dignidad de un egregio patri- 
cio. La figura de este eminente hombre público bien está 
dentro de los moldes, amplios y radiosos de la Rehabilita- 
ción Nacional, cuyas inspiraciones sigue con ese altísimo 
concepto de patria, de deber y de lealtad que culmina en to- 
dos sus actos de Magistrado integérrimo. 



Conferencia 

en el salón presidencial del Palacio de Gobierno de Coro, el 19 de 
Diciembre de 1915 

A MIS HONORABLES COLEGAS DEL CONGRESO NACIONAL 



Gómez el 19 de Diciembre.— Patria y Unión. 
—El Decreto de la Paz. — La influencia de la 
Paz en la vida de las naciones. — La obra de 
de la Diplomacia. — La creación del Ejército 
Nacional. — Gómez trabajador. — Consideracio- 
nes sobre la güera europea.— Las resonancias 
déla Causa comogenitora de industrias y tra 
bajo.— Gómez y Coro.— Ligeras consideracio- 
nes sobre economía política. 



Un día, y en momentos de infinita ansiedad para el 
alma nacional, de esos momentos de suprema espera por- 
que pasan lo mismo los individuos que los pueblos, y en 
que parece que los cielos se anublan para siempre y que 
los horizontes se cierran acogotados por la tempestad, 
un hombre apareció de súbito por las alturas en donde 
flota la Bandera, cubierto el pecho robusto con el escu- 
do de la Ley, la mano armada con el cetro del Derecho, 
henchido el labio con el verbo de la Paz. Los centine- 
las de la sacra insignia diéronle el ¡ alto! en aquella hora 
solemne y arcana, y él contestó impasible, con impasi- 
bilidad augustal: ¡Patria! Al pie de la Bandera él rin- 
dió la palabra de ritual y en todos los senos de la Re- 
pública escuchóse esta vibración, como una onda salva- 
dora: Unión! Y «Patria y Unión» fué a poco la divisa 
de la nueva cruzada, la hermosa divisa trazada por los 
labios de Juan Vicente Gómez en las horas solemnes y 
augustas del 19 de Diciembre. 



68 

Patria! había dicho el Caudillo, pero ese Patria, 
no era la consagrada fórmula miliciana, sino la expre- 
sión consciente y viril de la Patria grande soñada por 
nuestro Padre Libertador. Unión! agregó luego, pero no 
como una simple palabra de Ordenanza sino como la tran- 
substanciación del anhelo infinito, del consejo divino del 
Grande Hombre en sus horas finales de San Pedro Ale- 
jandrino. 

Nunca político o guerrero alguno mejor inspirado que 
éste en aquella hora suprema en que el Destino, con Ios- 
ojos fuertemente fijos en los del austero Caudillo, pare- 
cía esperar solamente un signo suyo para decidir a! ins- 
tante de la suerte nacional. 

El vse— victis de Breno no ha sido nunca, ni podrá serlo 
jamás, la fórmula redentora de pueblos y de hombres,, 
mal que le pese a los que creen en la gloria y sobre- 
vivencia de los triunfos de la Guerra y la Violencia so- 
bre la Justicia y el Derecho, que constituyen el equilibrio 
de los destinos humanos; sobre la Conciencia, que debe 
ser libre y soberana, y sobre la Idea, que debe ser au- 
gusta e inviolable. 

Triunfar solamente con la espada y el cañón es en 
verdad cosa fácil para los caudillos que solo ven en la 
sangre de los pueblos el color de la ambición y el sím- 
bolo de la conquista; pero triunlar con la palabra buena 
y santa de las divinas confraternidades cuando los ven- 
cidos tiemblan y las pasiones hierven y los odios enseñan 
su gesto trágico, es en veidad obra extraordinaria que 
se dilatará siempre en la conciencia de los pueblos con 
resonancias eternas, porque de los surcos del bien, aún 
cuando por ellos pasen las aguas pantanosas de los des- 
creimientos, las deslealtades y las ingratitudes, siempre 
habrán de surgir las rosas blancas de la vida, la espiga 
providente hecha sonrisa luminosa de liberación y de 
amor. 

«Patria y Unión», repitió el Caudillo de Diciembrcr 
tendiendo la Bandera como un puente de oro, y los par- 
tidos diéronse al instante el abrazo formidable, 3- ya no 
hubo sino venezolanos caminando hacia el mañana apa- 
cible y sereno por una sola vía: la vía abierta por Juan 
Vicente Gómez en las horas triunfales del 19 de Dicikm- 
bre, día de piedra blanca en nuestros epiniciales palimp- 
sestos porque ni una sola gota de sangre hermana cayó 
entonces sobre el altar de nuestros tradicionales sacrifi- 
cios fratricidas. 

Si Gómez hubiera dicho solamente « Patria » acaso- 
Ios pueblos no habrían recogido esta palabra sino como 



69 

!a simple expresión del ritualismo militar o como una 
de tantas palabras con que los vencedores pretenden su- 
gestionar el alma de las multitudes en las primeras fe- 
bricitantes horas de la victoria; pero él agregó «Unión» 
como el complemento solemne y fuerte del ideal político 
dentro del cual iba a levantar su altísima obra de Reha- 
bilitación Nacional. «Patria y Unión», es decir, el es- 
trechamiento de todos los venezolanos, sin exclusivismo 
alguno, bajo el palio sacratísimo del tricolor nacional, 
para hacer una sola masa palpitante y prepotente y 
constituir así el gran todo de la República con todos los 
atributos de la Democracia, de la Dignidad, de la Fra- 
ternidad, del Orden, de la Ley y la Justicia. 

Al «Dios y Federación», fórmula oficial de la tra- 
dición gloriosísima, juntábase ahora el u Patria y Unión », 
fórmula política de los nuevos tiempos de la Era Reha- 
bilitadora, para hacer una sola Gran Majestad de Patria 
que iba a ser piscina para todas las manos, eucaristía 
para todos los labios y óleo para todas las frentes. Pero 
esta Gran Majestad necesitaba un pedestal no sólo mag- 
nífico y soberbio, sino también único e inquebrantable, 
y entonces el hombre de las blancas jornadas de Diciem- 
bre, trepando a la cima más alta del patriotismo é in- 
vocando los sagrados principios de la civilización univer- 
sal en su verdadera significación de fuerza creadora y 
múltiple, humanitaria y próvida, enfiló la pluma del Ma- 
gistrado a una con la espada del guerrero, y decretó la 
Paz como quien decreta un monumento de imponderable 
grandeza. 

Sí, señores, — tal como suena — Gómez decretó la Paz 
y 3^a sabemos cómo su Decreto se ha mantenido incólu- 
me, con incolumidad soberana y floreciente, durante el 
glorioso septenio que festejamos hoy. Las vagas ame- 
nazas de incendio que ha soplado la ambición impeni 
tente, desde el arrecifal extranjero, no han hecho sino 
encender más las letras de ese Decreto para ser mejor 
vistas desde todos los puntos del horizonte. Sí: el guerre- 
ro triunfador en cien combates, el hijo bravio de los cam- 
pamentos y de las batallas, el auténtico General creador 
de ejércitos, que parecía no poder vivir sino en atmós- 
fera de metralla cabalgando sobre los cañones encendi- 
dos, decretó la Paz y llamó a las potencias del Progre- 
so, de la Industria y del Trabajo para que reconocieran 
de hecho y por derecho, la soberanía de su creación. Si 
otros decretan la guerra— se dijo el héroe — ¿por qué no 
he de decretar yo la paz? 

La Paz! «En el seno de todas las religiones, de to- 
das las sectas, de todas las razas civilizadas,— dije un día 



70 

en ocasión memorable,— esta palabra tiene la grandeza de 
un símbolo intangible y la excelsitud de un dogma lumi- 
noso. Ella resplandece, como un sol, en el infinito de 
todos los cielos, y resuena, como una música divina, en 
el fondo de todas las conciencias. El paganismo, cuando 
quiso divinizar a la hija de Júpiter y de Témis dióle por 
atributos un ramo de olivo, un caduceo y un cuerno de 
la abundancia; y cuando el espíritu divino calma sus 
cóleras para salvar a la raza de Adán, nácela agitar sobre 
el mundo castigado en la forma blanca y radiosa de una 
paloma cuyas divinas alas van a reflejarse más tarde 
sobre las linfas del Jordán para convertirlo en íuente ina- 
gotable de redención para todas las culpas y en consuelo 
para todas las penas. En el pico de esa paloma reden- 
tora hay un ramo de olivo como lo hay también en la 
mano de la divinidad olímpica. Es el divino símbolo a 
cuya sombra estrecha sus brazos la humanidad entera, 
sin exclusivos de razas ni de cultos, para proclamar un 
nuevo ideal de redención, ya que las naciones no llega- 
rán jamás a ser efectivamente grandes y fuertes sino 
por la influencia bienhechora de la paz, que es la maga 
que hace fecundos todos los senos, fructíferos todos los 
surcos, propicias todas las tierras, férreos todos los bra- 
zos, ricos todos los graneros, ubérrimas todas las indus- 
trias, magníficos y redentores, en fin, todos los forcejeos 
del brazo humano en el campo bendecido del Trabajo. 

En el mito olímpico ese símbolo surge a un golpe 
contra el suelo de la lanza de Minerva, y en la leyenda 
bíblica al suave contacto con los mundos del ala de una 
paloma ; es decir, el golpe que fecunda y el contacto que 
redime: el símbolo salvador hecho palabra que entienden 
todos los pueblos y todas las razas, todas las religiones 
y todas las sectas. Así las épocas de verdadera grandeza 
de los pueblos más grandes de la tierra no nacen sino 
a la sombra bienhechora de ese símbolo. 

Atenas, la egregia matrona helena, esa que en nues- 
tros sueños de poeta hemos contemplado como la madre 
divina del arte y la belleza, llevando un bosque de olivos- 
por ceñidor, en los labios las mieles de su Himeto y en 
el cuerpo los mármoles de su Pentélico, — no se destaca 
del gigantesco lienzo de la Historia envuelta en las lu- 
minarias de una grandeza inmortal, sino llevada de la 
mano de Pericles, cuyo nombre toma su siglo para fi- 
jarlo como un astro en los espacios infinitos de la civi- 
lización universal ; y Roma, la gran señora que de niña 
se alimenta con leche de loba, de púbera con sangre de 
sus propios hijos y de adulta con la sangre del mundo, 



71 

no impera con resplandores de verdadera soberana de 
pueblos y de lenguas sino cuando Augusto coloca sobre 
sus hombros el manto estrellado de su siglo de oro ». - 



Paz, dijo el inspirado de Diciembre, y empezó el rei- 
nado sereno y austero de las Instituciones en medio de 
una atmósfera saturada de esperanzas, y todas las inte- 
ligencias y todos los talentos y todas las aptitudes íue- 
ron llamados, con estímulos de triunfos dignos y nobles, 
a los estrados del Nuevo Régimen. 

Y realizada la obra de la confraternidad interior, el 
General Gómez ocupóse con especial ahinco de la confra- 
ternidad exterior, es decir, de estrechar más y más las 
relaciones internacionales adquiridas, establecerlas con 
aquellas naciones con quienes aún no se tenían, y rea- 
nudar, bajo el pié del más alto decoro, las que habían 
sido alteradas durante el régimen pasado. Glorias indis- 
cutibles del Jeíe Rehabilitador habrán de ser siempre en 
el campo de la Diplomacia y el patriotismo el ruidoso 
triunfo obtenido por la Nación en el tan debatido asun- 
to del Protocolo franco— venezolano, la reunión del Con- 
greso Boliviano y el que Caracas cuente hoy en su seno 
el Cuerpo Diplomático más numeroso que haya tenido 
jamás la Nación, prueba elocuentísima ésta de la exten- 
sión de relaciones de nuestra Cancillería con las Poten- 
cias extranjeras. Es en verdad un magnífico miraje el que 
ofrece la ciudad palatina en los grandes días clásicos de 
la Patria, cuando ondulan a los vientos del Avila, en el 
frontispicio de las Legaciones, las mil banderas amigas: 
diñase un enjambre de mariposas de gloria de todos los 
climas agitando la alegría triunfal de sus colores en ho- 
menaje de admiración y simpatía a la rutilante maripo- 
sa mirandina, la que fué, posada sobre la cabeza mila- 
grosa de Bolívar, a libar la miel de todas las victorias 
sobre los picos más altos de la libertad continental. 

Otra gloria importantísima del Gral Gómez, otra con- 
quista que arranca del seno fecundo de la Causa cuya 
génesis celebramos hoy, es la organización del Ejército Na- 
cional, digo mal, de la creación del Ejército Nacional, 
porque lo que tal nombre llevaba no era sino una in- 
forme montonera de hombres en su mayor parte arran- 
cados a las más bajas clasificaciones de la masa analfa- 
beta y glebaria, comunmente manchados con sangre de 
crímenes y lodo de vicios* De aquí el desprestigio en que 
había caído nuestra milicia y la repugnancia, muy natu- 



72 

ral en justicia, de las clases cultas y selectas de permitir 
a sus jóvenes ir a servir en el Ejército. Luego los cuarte- 
les eran como una sucursal de los antros de cuyo seno 
habían salido esos hombres: se explica por esto la cos- 
tumbre muy frecuente de comparar la hampa con el cuar- 
tel. « Aquello parecía un cuartel-) ha quedado el decir cuan- 
do se hace referencia a una vivienda pecaminosa. « Ese 
hombre es un soldado », es otra frase muy frecuente cuando 
se quiere designar a un individuo en cuyos labios está 
siempre el vocablo canallezco y soez. 

Hoy el Ejército de la República lo es con brillante 
autenticidad, pues a la perfecta academia de que bien pue- 
de enorgullecerse y que lo iguala a un ejército europeo, 
auna educación y compostura excelentes. El oficial vene- 
zolano de hoy puede ir a codearse con el más distingui- 
do oficial de Santiago de Chile, y digo Santiago de Chile, 
porque chilena ha sido la instrucción militar de nuestro 
ejercito, lo que vale tanto como decir instrucción militar 
alemana. Los apellidos de las más linajudas familias ve- 
nezolanas suenan hoy en el escalafón de nuestra milicia. 

Y los cuarteles de la capital, como ya muchos de las 
capitales de Estado, son centros en donde, al par con la 
más austera academia, brilla la más perfecta obra cul- 
tural, y con la más científica higienización corre parejas 
el más exquisito confort de vida civilizada. 



Fiel a sus antiguos hábitos de trabajador infatigable, 
el Gral. Gómez quiso él mismo sentar el paradigma y 
fundó escuela de trabajo a donde todos los que quieran 
¡pueden ir a ver cómo es que se hace fructificar el labran- 
tío, cómo se puebla la dehesa, cómo se forma el cortijo, 
•cómo se funda la granja, cómo se logra la selección pul- 
cra y valiosa de los distintos especímenes domésticos para 
el mejoramiento de las razas; cómo se aclimata una in- 
dustria igualándola en organización y proventos a las 
mejor establecidas y regidas en los más acreditados cen- 
tros productores del extranjero; cómo se extrae el agua 
desde lo más recóndito de la tierra y cómo se hace con 
ella convertir los eriales en campos coronados con el oro 
de la espiga; cómo se traza una avenida y cómo se corta 
a pico la roca soberbia y rebelde para que pase la carre- 
ta con los productos del comercio y de la industria, para 
que pase el automóvil borrando distancias con su ra- 
cero de fuego para estrechar las ciudades, los pueblos, 



73 

los caseríos y los individuos en un amplio abrazo de fra- 
ternidad y civilización. 

Yo he visto de cerca a este egregio conductor de pue- 
blos, a este noble guerrero civilizador, en el seno de los 
valles opulentos en donde ha plantado su tienda de tra- 
bajador incansable y tesonero, sencillamente trajeado de 
lienzo, sin ningún distintivo de su alta gerarquía de Jefe 
Supremo de los Ejércitos, explicando a cuantos le oyen 
sus conocimientos de agrónomo práctico y de selector in- 
teligente y fervoroso ; y con la fina amabilidad que le es 
ingénita mostrar orgullosamente los distintos magníficos 
ejemplares raciales que él ha obtenido con el acoplamien- 
to del espécimen criollo con el extranjero. Y de sus la- 
bios brota entonces el himno a la paz, como quien sabe 
a conciencia, con su conciencia de patriota, que la paz 
es la única redentora porque en su seno es que se hace 
verbo divino el trabajo, que es la llave de oro que liberta 
a los individuos y a las colectividades del cerrojo de la 
miseria, entraña siempre propicia al engendramiento de 
todos los vicios y de todos los crímenes. «Todo lo que 
es grande en el hombre, — dice Samuel Smiles, — procede 
del trabajo: grandeza en el arte, en la literatura, en la 
ciencia. El saber, — alas con que volamos hacia el cielo — 
solo se adquiere por medio del trabajo. El genio solo es 
la capacidad de trabajar intensamente, la facultad de 
hacer esfuerzos grandes y permanentes. El trabajo pue- 
de ser un castigo, pero lo es glorioso. Es dignidad, de- 
ber, nombradía e inmortalidad para aquellos que traba- 
jan con los más elevados objetivos y con los propósi- 
tos más puros». 

Estas palabras del gran sociólogo norteamericano pare- 
cen haber sido escritas expresamente para delinear la perso- 
nalidad del General Gómez como guerrero de la paz y como 
apóstol del trabajo. 

Sí, señores; hay que repetirlo siempre en los tonos 
más altos : la paz es la única i-edentora porque es la 
única que crea, la única que salva, la única que liberta. 
La redención por la sangre es el estado primitivo, el es- 
tado salvaje de los pueblos; la redención por la paz es 
la forma revolucionaria del siglo, es decir, la redención 
por el trabajo, la redención por la ciencia, la redención 
por el verbo. 

No lo han entendido así los pueblos de la vieja Eu- 
ropa y todo lo que la civilización y la cultura habían 
acumulado en un siglo ha sido ofrecido como contri- 
bución voluntaria a la obra de la barbarie con todo su 
cortejo de matanzas, de incendios, de pillajes, de viola- 



74 

dones y de todo cuanto no pudieron pensar nunca los 
más bárbaros bebedores de sangre de la Historia desde 
Herodes hasta Atila, desde Atila hasta Boves y desde 
Boves hasta Pancho Villa. 

¿ A qué oscuro rincón de la tierra, a qué cueva de 
troglodita habrán ido a refugiarse, en estos espantosos 
días de tragedia, el Derecho y la Diplomacia, la Justicia, 
la Candad, el amor de Dios y el amor humano? ¿So- 
bre qué nuevo Ararat habrá al fin de detenerse el arca 
de la civilización vencida, violada y mutilada, cuando cese 
ese diluvio de metralla que cae sin misericordia desde los 
campos de la Champagne hasta las estepas de Rusia, 
desde las orillas del Rhin hasta el estrecho imposible 
desde cuyos fuertes se divisan las cúpulas de Stambul ? 

Las naciones de América, señores, de la América de 
Bolívar, impasibles espectadoras del gran incendio, ha- 
brán de ser mañana, por la fuerza natural de los sucesos, 
por la acción ineluctable de esas fuerzas que reglan el 
equilibrio de los pueblos, campo obligado para que por 
él se deslice caudal copioso de esas corrientes que ha de- 
sencauzado la furia epiléptica de la tempestad. Y a nues- 
tras montañas habrán de venir en busca de la rama sal- 
vadora quién sabe cuántas palomas escapadas del dilu- 
vio de fuego; y será entonces cuando, erguido sobre la 
cumbre del Avila, Juan Vicente Gómiíz podrá decirles a 
los que vengan a nosotros en busca de hogar, de repo- 
so y de trabajo: yo tengo aquí bosques de olivos para 
todos los hombres de buena voluntad, yo tengo aquí pan 
y sal para todos los que vengan a sentarse a la sombra 
generosa del hogar venezolano, porque, mientras vuestros 
soberanos empujaban al fuego y a la muerte sus gran- 
des ejércitos, yo creaba, con vida sana y robusta, el de 
mi patria y lo dotaba con todos los atributos de la 
dignidad y del decoro para hacerlo merecedor de revis- 
tarse bajo la Bandera que Bolívar el Grande convirtiera 
en águila divina para que revoloteara eternamente por 
los cielos de la América; porque, mientras vuestros ge- 
nerales trazaban planes gigantescos de campaña, casi im- 
posibles, yo trazaba inmensas carreteras casi imposibles 
también; porque, mientras vuestros soldados cavábanla 
tierra para la trinchera mortífera, jo la cavaba para ex- 
traerle el agua bienhechora y hacer con ella del yermo 
campiña floreciente, o para extraer el mineral sangre 
opulenta de la industria y del progreso modernos; por- 
que mientras vuestros oficiales ordenaban la destrucción 
de los más grandiosos monumentos del arte y de la gloria r 
3^0 iluminaba los de mi patria con la luz votiva del eul- 



75 

to más intenso y fervoroso; porque, mientras allá se 
arrasaban con el hierro y con el fuego ciudades y pue- 
blos enteros, yo los dotaba aquí de los beneficios del 
progreso y la cultura del siglo; porque, mientras allá los 
más fuertes rompían tratados y violaban fronteras, yo 
aquí no solamente renovaba los antiguos sino que sig- 
naba otros nuevos y hacía inviolables las fronteras na- 
cionales; porque, mientras allá, en fin, se invocaba ante 
el mundo entero el derecho de la fuerza, como único 
agente de civilización y de grandeza, yo asentaba aquí 
sobre bases inquebrantables la fuerza del Derecho como 
suprema y única razón de la Ley y la Justicia. 

Y he aquí, señores, trazada a grandes cuadros la obra 
magnífica de la Causa nacida hace 7 años en un día blanco 
de la Historia. 

Para escuchar en cualquier momento las resonancias 
de esa obra bastará que a ras de tierra pongamos el 
oído y el corazón ; y oiremos y sentiremos cómo por las 
antiguas cortaduras pétreas llamadas caminos que lleva- 
ban a San Cristóbal, pasa ahora el automóvil como 
pasar pudiera por las blancas avenidas de Caracas, lle- 
vando todos los últimos refinamientos del lujo a la hoy 
opulenta urbe tachirense; cómo cruien las maquinarias 
de los Centrales azucareros desde las andinas regiones 
hasta las márgenes del Coquivacoa y desde éstas hasta 
las del Tacarigua en Carabobo y Aragua; cómo silban 
las modernas ruecas de las hilanderías desde los Puertos 
de Altagracia hasta las orillas del Manzanares; cómo 
canta la sirena de nuevos tranvías eléctricos desde la 
egregia capital carabobeña hasta la histórica y noble 
Cumaná. 

Y Coro, que cuenta 3 r a con el máximo beneficio de 
su gran dique — resucitado en hora bendita por la mano 
de Gómez, — y con su carretera a Cumarebo, pronto, sin 
duda, concluida, habrá de sentir en no lejano día nuevos 
impulsos providentes de esa mano cuando nuestras ri- 
quísimas hulleras tengan la organización científica que 
reclaman y cuando nuestro pobre puertecito de La Vela 
se convierta en puerto moderno cuyas aguas puedan sa- 
ludar la bandera de los trasatlánticos en su crucero de 
Panamá. Pero para tener derecho a esperar estos y otros 
beneficios es preciso que nuestros hombres de dinero, — que 
sí los tenemos, — imitando a los demás de la República, 
aprovechen las poderosas corrientes industriales de la época 
y comprendan que el capital debe movilizarse de acuer- 
do con las leyes de economía política que rigen en todos 
los países productores, y que es ya tiempo de concluir 



76 

con esas miserables y rastreras operaciones de usura, para 
alentar y realizar amplias y fuertes iniciativas de vigoro- 
sas empresas que den vida a la colectividad y sean como 
el complemento eficaz de las nobles iniciativus de la Ad- 
ministración pública en pro de la industria y del trabajo. 

En la franca distribución del capital, de acuerdo con 
las leyes del trabajo, está el principal fundamento de la 
economía en general. Cuando el capital llega a ser una 
tiranía para el industrial y el obrero, la existencia eco- 
nómica de los pueblos puede decirse que ha concluido. 

Hagamos, pues, un llamamiento a nuestras propias 
fuerzas, a esas fuerzas que guardan siempre los pueblos 
que, como el nuestro, tienen el orgullo de su nombre y 
de su historia, y tengamos fé en la influencia bienhechora 
de la Causa política que está realizando el efectivo en- 
grandecimiento de la República y en el hombre superior 
que la encarna y la dirige. 

Ciudadano Presidente del Estado : 

A las numerosas felicitaciones que ha recibido Ud. en 
este día de patriótico regocijo nacional, en representación 
del ciudadano Presidente Provisional de la República y 
del Benemérito Jefe de la Causa Rehabilitadora, Presi- 
dente electo de Venezuela, una Ud. las mías muy patrió- 
ticas y cordiales, como Diputado al Congreso Nacional 
por esta Entidad Política y como coriano agradecido. 
Sean también estas felicitaciones muy especiales para Ud. 
por la brillante celebración de estas fiestas, para Ud. que 
tan digna y noblemente desempeña la primera Magis- 
tratura de Falcón ; y, por su órgano, para nuestro dis- 
tinguido conterráneo el General León Jurado, Presidente 
Constitucional del Estado, uno de los más leales Capita- 
nes del Caudillo Rehabilitador y uno de los más activos 
e inteligentes hombres de trabajo con que cuenta el Estado. 

He concluido. 



'Don José Jferiberfo García de Quevedo (0 



AL GENKBAL MARIANO GARCÍA. 



Para 1819, año que resplandece en nuestra portentosa 
historia con las fulguraciones del Congreso de Angostu- 
ra, — concepción maravillosa de Bolívar para convertir en 
realidad deslumbrante y grandiosa la República nacida en 
1810, — con el portento casi mitológico de «Las Queseras del 
Medio» y con aquella estupenda campaña que surge de 
la «cabeza milagrosa» y revienta como un rayo en Gá- 
meza y Pantano de Vargas, homéricos prolegómenos de 
Boyacá, Coro conservaba todavía incólume su hermosa 
presea de «Muy Noble y Muy Leal Ciudad Mariana» que 
donádole había la para entonces todopoderosa Majestad 
de España, pues vanos habían sido hasta aquella época los 
empeños hechos para atraerla a la Causa de la Indepen- 
dencia, imbuidas como estaban sus clases raciales, los tres 
factores de su constitución étnica, en la obediencia ciega a 
la corona conquistadora. Aún revoloteaba en sus labios 
de dama esparciata el gesto de repulsa lanzado por ella al 
Bautista de la Libertad en 1806 y su resuelta actitud 
pugilaria ante el Marqués del Toro en 1810. 

Algunos historiadores creen encontrar la razón de tal 
desafecto a la Causa de la Independencia en la influencia 
que en el espíritu de los corianos, ya se llamaran blancos,. 



(1) Este opúsculo fué escrito expresamente para ser leído en la cele- 
bración del centenario de este ilustre coiiwno, pero circunstanciae espe- 
ciales se lo impidieron a su autor. 



78 

indios o pardos, había ejercido la prédica sacerdotal, ex- 
plotando en los unos el orgullo de descender de la raza con- 
quistadora, en los otros su característica sumisión, y acaso, 
como sesudamente opina el sabio Doctor Arcaya, la creen- 
cia, trasmitida de padres a hijos, en una alianza celebrada 
por el cacique Manaure con los conquistadores; y en los 
últimos, el recuerdo inextinguible de los terribles castigos 
sufridos por la insurrección de 1795 conocida en la Historia 
con el nombre de «levantamiento de los negros» y que fué 
la primera chispa del gigantesco incendio que, años más 
tarde, habría de envolver a la América toda bajo el gesto 
jupiteriano de BOLÍVAR, para producir a un tiempo mis- 
mo las mañanas de la libertad desde el Alfa de hierro del 
Avila genésico hasta el O mega de oro del incaico Potosí. 

Todos estos motivos han podido influir, sin duda al- 
guna, para la empecinada abstención de Coro a tomar 
parte en la grandiosa gesta libertadora, más hay quienes 
opinan que tal enemiga debe atribuirse más bien a su enco- 
no con Caracas por el arrebato de su Sede en 1636 en cuya 
posesión estaba ella desde 1531. Acaso tengan razón los 
que tal piensan, pues el traslado de la Diócesis no fué de- 
cretado sino a gestiones del Cabildo de Caracas, [2] ha- 
biendo sido vanos todos los empeños de nuestra egregia 
ciudad ante las Cortes españolas para readquirir lo que 
tan de derecho y de justicia le correspondía por haber 
sido la primada del Evangelio en Venezuela, pues, como 
todos sabemos, iué bajo la umbría de un cují milenario, — 
acaso el preferido por el Cacique, aquel suave y dúctil Caci- 
que que se llamó Manaure, para sus estivas siestas cuando 
el sol de las llanuras y de los breñales lo azotaba incle- 
mente, y para atraer bajo su sombra, al bronco son del 
caracol salvaje, a la tribu caquetía, — que se alzó por vez 
primera, bajo el límpido azul de nuestro cielo, el símbolo 
divino de la cristiana religión. 

Desde entonces el cují quedó consagrado para el coria- 
no como el más puro emblema de fuerza, de resistencia, 
de inmortalidad y de virtud. El hacha del leñador puede 
acosarlo hasta sus raíces más profundas sin dejar otro 
vestigio de su existencia que un resquebrajo árido y triste 
o un tronco interrogador ; pero no bien el agua del cielo 
cae sobre esa fosa o sobre ese torso abatido, cuando ya 
le vemos, — eterno lázaro de las forestas del trópico,— alzar- 
se convertido en vivido briznaje de esmeralda, como di- 
ciendo: «aquí estoj- ; yo so} 7 inmortal como la cruz y gran- 
de y fuerte como todas las ideas de libertad y redención. 



[2] General Landaeta Rosales. Obispos y Arzobispos de Venezue» 
la.-G. R. 



79 

Yo soy el alma del aborigen, yo soy el alma del caquetío 
de habla sonora ; yo soy el alma de aquel Cacique altivo y 
noble que, huyendo del Alfínger y seguido de su tribu, va 
a formar la leyenda del Dorado bajo las mansas aguas de 
una laguna misteriosa ; [3] yo soy el alma de la ciudad 
bravia que un día se abrió las venas para dar su san- 
gre por la libertad». 

Como el cují de su misa y de su cruz, Coro conservó 
su obediencia y su lealtad a la corona de España, hasta 
1821 en que del alma de una mujer y de un notable grupo 
de republicanos en la Península legendaria, surgiera la 
primera palabra que habría de lanzarla en los brazos de 
la grandiosa revolución redentora ; más, esa obediencia y 
esa lealtad no han sido nunca condenadas por la His- 
toria, porque las grandes virtudes, aún cuando tengan por 
origen errores, hijos más bien de los tiempos y de las co- 
sas que de la voluntad y el sentimiento, conservarán 
siempre su alteza de virtudes, tal como el agua al bajar 
de la montaña por entre riscos, zarzales y precipicios, 
conserva intacta la virtud de su pureza al llegar a la 
hondonada. 

Pero si bien Coro había mantenido sus manos y sus 
labios cerrados a todos los reclamos de la Magna Gesta, 
no obstante que algunos de sus hijos habían llevado a 
ella su contribución de sangre como Alonzo Gil, Juan 
Garcés y José González, de los triunfadores en Ayacu- 
cho, no así sus entrañas de matrona augusta, pues de ellas 
habían surgido, en brote fuerte y glorioso, cuando la Re- 
pública culminaba en cumbres de victorias estupendas y los 
cascos del caballo de BOLÍVAR resonaban en el corazón 
del Continente presintiendo a Carabobo, dos genios que, 
al correr de los tiempos, habían de ser, el uno águila de 
vuelo poderoso en el infinito de la idea y el otro paladín 
de gesto romano en el campo de una idea; ambos de espa- 
da v pluma y ambos grandes y poderosos por el heroísmo v 
por el numen : JOSE^HERIBERTO GARCÍA DE OUE VÉ- 
DO Y JUAN CRISOSTOMO FALCON. 

El uno lleva el nombre venezolano, y con éste el muy le- 
gítimo orgullo de la nativa Provincia, a tierras de fama y 
de grandeza por el arte y por la idea, inscribiendo el suyo 
en el arco de triunfo de la más alta lírica castellana ; y el 
otro fué el héroe lamoso de una cruzada política que com- 
plementó, en gran parte, por los lados de la democracia, 
de la justicia, del derecho, de la razón y de la ley, la obra 
divina de la Independencia Nacional. De modo que si a Co- 
ro pudo alguno acusarla de haber permanecido estacio- 



[3] Carvajal. «Descubrimiento del Río Apure». Cita de Arcaya. 



80 

naria y adversa en el grandioso pugilato de la Cruzada Bo- 
liviana [4] ella quedó reivindicada desde luego ante la 
conciencia de la Patria y de la Historia por haber engen- 
drado en su seno a estos dos genios y sido la primera 
en lanzarse al asalto, con la bandera del pueblo entre las- 
manos y el canto libertador entre los labios, a luchar por 
el triunfo de aquel magnífico ideal político que es hoy ver- 
dad tangible y luminosa en nuestros códigos y en las prác- 
ticas austeras y solemnes de la verdadera República, de es- 
ta nuestra República, hecha Patria poderosa y grande por 
la voluntad incontrastable y el patriotismo incorruptible 
de Juan Vicente Gómez, en quien el bastón del Magistrado 
ha sustituido a la espada del guerrero para las fulguran- 
tes maravillas de la paz y los portentosos milagros del 
trabajo. 

García de Ouevedo nació en la ciudad mariana de Co- 
ro en marzo de 1819, de padres cuyo abolengo arranca- 
ba de la nobleza colonial, nobleza que tenía sus raíces 
en la antigua española, en el seno de la cual lucía rica 
flor blasonaría aquel famoso Don Francisco de Ouevedo 
y Villegas. El siempie diáfano azul de nuestro cielo pu- 
so en sus pupilas la ondeante dilatación de los horizontes 
infinitos; el sol reverberante del trópico bravio en su ce- 
rebro la potente inspiración délos númenes dilectos; la 
brisa canglorosa de nuestras llanuras en su espíritu la 
recia trepidación de las ideas victoriosas del siglo; la mo- 
dulación tempestuosa de nuestros mares en su carácter 
la combatividad típica de la raza ; el oro y grana de nues- 
tros crepúsculos en su mirada las fulguraciones del arte 
hecho maravillas en la palabra y en la estrofa ; y las 
emanaciones calcinantes de aquella tierra nuestra en todo 
su ser el aliento engendrador de las empresas nobles y ge- 
nerosas que él realizó con el gesto de un altivo paladín 
de los tiempos caballerescos. 

II 

Dice Lamartine que «las nubes toman la forma de Ios- 
países por donde pasan, y que vaciándose en los valles, 
llanuras y montañas conservan su figura y la reprodu- 
cen en los aires». Tal podría decirse parodiando al gran 
poeta francés, de los hombres de genio: que toman al na- 
cer la forma, tonalidades y palpitaciones del país en que 



[i] Como bien se sabe, Maracaibo resistió también por largo tiempo 
a la obra redentora de la Grandiosa Revolución, pero el vacío de aquella 
época lo llena y lo rebosa el laurel opulento de Urdaneta y el mirto lumi- 
noso de Haralt: el laurel de Esparta y el millo de Atenas. 



SI 

reciben la primera luz y que vaciándose en su espíritu 
conservan estas expresiones y vibraciones de la vida a m- 
biente y las reproducen luego en las corrientes de su inte- 
ligencia. 

Aplicando este orden de ideas, no fué razonable el 
ilustre Don Eduardo Calcaño cuando dijo que García de 
Ouevedo no fué un poeta venezolano sino un venezolano 
poeta, «porque ni su educación, ni sus letras, ni sus inspi- 
raciones las adquirió en la patria que le dio el ser». A 
aceptar como cierta esta expresión del celebrado poeta 
y tribuno, Miranda no sería un héroe venezolano sino un 
venezolano héroe porque, adolescente apenas, dejó la pa- 
tria que le dio el ser y fué a nutrir su grande alma de 
futuro redentor bajo extranjera escolástica y a aquila- 
tar, que no a buscar, las inspiraciones de sn destino bajo 
la comba de otros cielos y al rescoldo de otras tierras: 
que los genios, como las águilas, necesitan para la liber- 
tad de sus alas los grandes horizontes, los espacios in- 
finitos, las grandiosas claridades del cielo, las fulgurantes 
vecindades de los astros. Y Bello y Baralt tampoco se- 
rían poetas venezolanos sino venezolanos poetas, pues 
que ellos no culminaron sino fuera de la patria, cuya 
historia y cu3 r a grandeza cantaron en páginas inmortales 
que constituyen, y constituirán siempre, rica herencia de 
gloria para la madre inmortal, porque, ¿cuándo, en qué la- 
titud y bajo cuál forma de gobierno el hijo perdió el 
dulce derecho al gentilicio por haber abandonado el na- 
tivo lar y buscado la sombra de extraña pero amiga 
bandera, ni la madre el de su maternidad siempre legí- 
tima y augusta ante las leyes de la naturaleza y ante el 
concepto humano? Y, ¿cómo podría tampoco perder ese 
derecho si la patria viaja con el hombrea todas partes: 
en el habla, en el nombre, en la sangre, en el espíritu, 
en la visión, hasta en el perfume que acostumbramos 
poi que nos recuerda la tienda en que solíamos comprar- 
lo y uún la calle en donde estaba ésta? 

García de Ouevedo dejó muy niño, es verdad, la tie- 
rra nativa (nuestros cielos empezaban a iluminarse con 
el sol de Colombia surgiendo en un grandioso amanecer 
de oro por los lados de Angostura), pero la patria 
se fué con él entre el convoy del hogar que se alejaba ; en 
el regazo de la madre que le daba el calor de su alma 
en la dulzura de sus besos; en las rodillas del padre que 
le daba en sus caricias, al par que la esencia de su afec- 
to, la iniciación de esas prácticas sencillas y austeras 
que constituyeron la más alta característica del viejo lar 
patricio; en las costumbres de la materna Provincia, via- 



82 

jera en los arcones de la familia peregrina; en los chis- 
porroteos de la cocina solariega; y en esa incomparable 
armonía de la oración materna cuando el Ángelus se 
anuncia en el campanario vecino y nos trae el adorable 
y triste recuerdo de aquel otro que arrulló nuestro es- 
píritu en las mañanitas de la vida. 

Atravesando el pequeño desierto que separa a Coro 
de la vecina península nuestra, — ilustre desde que dio a 
Falcón y a León Colina, — la pequeña familia patricia 
ganó un puertecillo del íintillano mar (5) y escapó a 
Puerto Rico en donde el futuro gran poeta pasó su ado- 
lescencia para ir luego a nutrir en los pezones siempre 
opulentos de esa eterna madre espiritual que se llama 
la Francia, — de esa otra patria de todo hombre moder- 
no según la feliz expresión de Juan Vicente González, — 
su amplio cerebro de pensador en agraz y a tomar esa 
fuerza de expresión intensa y vibrátil que se siente en 
todos sus poemas y sus dramas, expresión que es siempre 
para el poeta lo que para el pintor el colorido, para el 
escultor la línea, para el músico la nota, para el escritor 
la idea, para el tribuno el gesto. 

Así, el niño venezolano que en 1826 deja por fuerza 
el viejo alero nativo, es el mismo gran poeta venezolano 
que, años más tarde, vése brillar por sus talentos en la 
Corte de España, a par con aquel eminentísimo José 
Zorrilla, — de los líricos españoles de aquel tiempo, acaso 
el más leído y admirado por tierras de América,— con 
quien forja mano a mano, en el oro más puro cua- 
jado en su espíritu por este sol nuestro, padre de ese 
famoso El Dorado que los conquistadores no encontra- 
ron, pero que vive oculto aún en la opulencia incom- 
parable de nuestras tierras libres por la piqueta de Bo- 
lívar, aquellos famosos poemas al través de los cua- 
les centellea, bajo una eterna luz de admiración y de 
le\ r enda, la más vigorosa inspiración como de olím- 
pico estro, el más vibrante silabear como de bíblicos 
cantares. «En cada uno de los cantos que le correspon- 
den en las referidas obras, — dice un celebrado escritor y 
poeta venezolano, — no sólo emula a su maestro y com- 
pañero, sino que en ocasiones lo aventaja. » 

Sí; es el mismo poeta venezolano cuyo cerebro y cu- 
ya pluma, en consorcio bullente y radiante como el del 
ánfora y el vaso, estallan en chorro cristalino para apa- 
gar la sed de todos los ideales de arte y de belleza en los 
espíritus devotos, convertido en vino del místico lagar; 
y surge entonces la oda, forma en que el poeta parece 

(ó) Puerto Escondido. 



83 

que aquilata su factura literaria, como la aquilatan Cara- 
poamor en sus «Doloras», Becquer en sus «Rimas», Hei- 
ne en sus «Lieders», Byron en sus «Poemas», Martí en 
sus «Versos Sencillos»; y hace del drama campo vastísi- 
mo para su nombre, que refulge y tabletea en la es- 
cena en alterno elegante y viril con los más esclarecidos 
autores de la época; y el poema brota de su estro hecho 
clemátida de oro; y la novela, la novela de carne son- 
rosada y palpitante como entonces las novelas de La- 
martine, se incrusta a su bagage literario con firmeza de 
pórfido. Así, su musa ha recorrido todas las zonas de 
la flora literaria como su planta los más lejanos pun- 
tos de la tierra extranjera. Romántico y caballeresco 
cual los trovadores medioevales, así como repleta las án- 
foras de la Musa con la más pura Castalia, pone en su 
maleta de viajero botellas con agua del Jordán para la 
Reina de España, bello rasgo de gentileza en que pal- 
pita el caballero modelado a la antigua pleitesía y tras- 
ciende la más noble poesía de un alma exquisita. La 
Castalia y el Jordán! ¿No son ambos fuente de poesía 
divina para los espíritus adoratrices del ideal, de ese 
ideal impecable que es uno mismo en los altares de la 
belleza y en los altares de la fé? El mito heleno forja 
la fuente maravillosa en que han de abrevar todas las 
almas sedientas de idealidad y de pureza, y la fé cris- 
tiana el- río milagroso en que han de purificarse todas 
Jas almas sedientas de perdón y beatitud. 

III 

Rugían en España las pasiones políticas en torno 
del trono de Isabel II, cuando García de Quevedo re- 
gresó de sus viajes a la capital ibérica. De qué parte 
habían de estar su pluma y su espade, no era para du- 
darse, y fué así como se le vio, noble y valiente cual cum- 
plía a su estirpe, tomar la una y la otra en defensa de 
la dama amenazada y ofendida en su alteza de reina y 
en su dignidad de mujer; y la pluma vibró y fulminó 
desde las columnas del periódico sobre las cabezas ame- 
nazadoras, y la espada salió de su vaina para castigar, 
en lid de honor, a más de un atrevido adversario. He- 
rido una vez el gallardo paladín, su sangre rubricó el 
cartel y un halo de leyenda, gentil y bravia, quedó en 
torno de su nombre. 

Enviado a Venezuela en 1857 como Encargado de 
Negocios de España y Parma, su actitud fué por demás 
discreta y hábil en el grave incidente con motivo del 



84 

Protocolo Urrutia, referente a la seguridad de la per- 
sona del ex-Presidente Monagas, asilado en la Legación 
de Francia al entrar en Caracas el ejército triunfador 
de Julián Castro. Para García de Quevedo el asunto 
era más difícil que para los demás miembros del Cuer- 
po Diplomático firmantes del Protocolo, porque estaba de 
por medio el decoro de la Nación que representaba y el 
de la suya propia: «fué así como su opinión, guiada por 
un sereno y diáfano espíritu doctrinario de razón y de 
derecho, vióse acogida por sus demás colegas, — excep- 
ción hecha de los Ministros de Francia y de Inglaterra 
que dieron sesgo distinto a la cuestión, — y acatada que- 
dó la jurisprudencia sentada por el Ministro del Exte- 
rior, señor Toro'». 

De cómo García de Quevedo supo hacer amable y 
buena su actuación diplomática, dícelo el siguiente frag- 
mento de la Exposición que el Secretario de Estado en 
el Despacho de Relaciones Exteriores dirigiera al Con- 
greso en 1860: «El caballero Don José Heriberto García 
de Quevedo puso en manos del Secretario de este Depar- 
tamento sus letras de retiro el día 22 de febrero del año 
próximo pasado. El buen comportamiento del señor 
García de Quevedo, durante su permanencia en Venezuela,, 
ha dejado un recuerdo grato a la República». 

Antes de regresar a España nuestro poeta quiso vi- 
sitar la tierra nativa y fué a Coro en donde, como era 
natural tratándose de una gloria muy propia, fué lar- 
gamente agasajado por todos. — Causeur elegante y atil- 
dado, según nos lo revela el Doctor Cal^año y según he- 
mos podido apreciar en labios de caballeros y matronas 
que son vivientes testimonios del clásico abolengo, su 
decir seducía por la gracia peculiar que lo exaltaba y 
por la sencillez con que narraba y describía, sin tocar 
nunca los extremos de la pose académica o la satisfacen 
plebeya; dones éstos que sólo a los escogidos les es dado 
poseer aún cuando se tengan los de muy ameno y fácil es- 
critor, de exquisito poeta u orador elocuentísimo. 

Pocos años más tarde García de Guevedo tornó a la 
Provincia madre, ávido, sin duda, de hacer nuevo acopio- 
de recuerdos, de añorar su niñez a la luz del mismo sol 
que calentó su cuna y puso en su cerebro y en sus pupilas 
la inmensa dilatación del pensamiento 3' la reverberación 
fulgurante de nuestros horizontes incendiados, y de nutrir 
de nuevo su espíritu y sus músculos con el aliento resurrec» 
tivo de nuestros cielos triunfales y con la savia milagrosa 
de nuestros montes altivos. 

Cinco años después de su vuelta a España, un golpe de 
guerra civil arrojó del trono a Isabel II y obligóla a tomar 



85 

«1 camino del destierro hacia París, a donde acompañóla 
■él con la devoción que tuvo siempre por aquella augusta 
mujer coronada. En la capital francesa encontróle aún el 
pavoroso desastre de Sedán y ya se sabe que, como buen 
hijo espiritual de Francia, alistóse al punto en los ejércitos 
del vacilante imperio, en cuyas filas combatió con el de- 
nuedo y la bravura con que supieron y sabrán siempre 
combatir los descendientes de Bolívar el Grande. Una bala 
comunista hirióle una noche en que, temerariamente, diri- 
gíase, bajo el plomo de las barricadas, a la Embajada de 
España, y, víctima de ella, apagóse aquella vida meritoria 
y luminosa hecha de leyenda y de epopeya. 

Venezuela aumentaba así su haber de gloria en el libro 
•de oro de la Francia inmortal, amortizando, si cabe, su 
deuda de gratitud para con ella por haber sido el espíritu 
iconoclasta de su grande y portentosa revolución el que 
prendiera en nuestros futuros libertadores el fuego sagrado 
■de las nuevas ideas, desde Gual y España, los protoraár- 
lires, hasta Miranda el Bautista y Bolívar el redentor. 

En nuestro altitonante Gloria al Bravo Pueblo vibran 
las notas sublimemente épicas de la grandiosa Marsellesa. 
El ambiente que se respira en las salas de la Junta Pa- 
triótica y del gran Congreso del julio sagrado es de Gi- 
ronda en plena tempestad, cuando la palabra de Verg- 
niaud y de Barnave hace temblar las Tullerías. 

Con la sangre de Sánchez Carrero, caído de cara al 
•cielo en defensa de las libertades francesas y de la santa 
-causa de la Democracia universal, y con la de Luis Camilo 
Ramírez, Ismael Urdaneta y demás compañeros que, más 
afortunados que el héroe andino, sobrevivieron a las pavo- 
rosas hecatombes, ese haber glorioso hase convertido en 
cifra de imponderable valor que podrá mañana divisarse 
desde cualquier punto del tiempo y de la Historia como 
•símbolo de hermandad indisoluble entre la Patria de 
Simón Bolívar y la de Napoleón Primero. 

Gloria eterna a tu nombre, poeta ilustre, hijo de aquella 
tierra bravia y eternamente joven, que te dio su savia de 
montaña para la idea y su aliento de león para la lucha. 
Parodiando a Vargas Vila ante la tumba de Diógenes Arrieta 
foien pudiéramos decir ante la tuya : « Moriste en una tierra 
-en que fuera glorioso haber nacido ». 

IV 

Afianzó el Doctor Calcaño su calificación de anttvene- 
zolanismo contra García de Quevedo en el hecho de que 
éste se revelara español en algunos de sus versos, y cita 



86 

al efecto aquellos en que, dirigiéndose a una dama que le 
regalara una relojera tejida con los colores de España, le 
dice : 

De mi Patria los colores 
Veo en tu precioso don ; 
De hoy más en mi corazón 
Serán los tuyos, Dolores. 

No vemos ningún pecado en esta expresión del poeta 
que nos ocupa, porque, de serlo en él, lo sería en todos aque- 
llos que, así ayer como hoy, — hoy con más entusiasmo 
por las añoranzas de la raza. — han llamado y llaman a Es- 
paña la Madre Patria por la maternidad del idioma, de 
la religión y de las costumbres. En García de Ouevedo ha- 
bía algo más que este sentimentalismo racial para llamar 
su patria a España y era su arraigamiento, desde muy niño,, 
en tierra española, su vida de elección entre la aristocra- 
cia del arte y de la idea en la metrópoli ibérica y los 
honores de que la Corte le hiciera objeto como alteza del 
talento y de méritos altísimos, de lo cual fué buena prueba 
el haber sido distinguido por la Corona con el cargo de 
Representante de España cerca de nuestro Gobierno, como 
también lo fuera cerca del del Ecuador en 1S59. 

Visto el caso bajo otra faz, ¿deque manera más bella 
podía el poeta, galante y gentil, expresar sus sentimientos 
a una dama que le obsequia un objeto de arte tejido por 
sus propias manos con los colores de la bandera cuya na- 
ción representa y personifica ? 

Por otra parte, ¿constituía una renunciación a la nativa 
patria, en su nombre y en su amor, el que llamara en unos 
versos su patria a España ? De que no hay tal dícelo sonó- 
ramente esta estrofa de su canto a Caracas : 

Casi extranjero en el solar nativo 
Peregrino y obscuro trovador. 
Arde en mi corazón, empero, vivo, 
El puro, patrio amor. 

Y de cómo arde y palpita en el alma del cantor coriauo 
su amor a la tierra nativa, dícenlo estas bellísimas es- 
tandas de su canto a « María »: 

Feliz el hombre cuya vida pasa 
Dulce y serena en el solar nativo ; 
Feliz aquel mortal que no traspasa 
El límite extranjero siempre esquivo : 
Feliz aquel que en la paterna cas¡i 
Al frío invierno y al cnlor estivo 
Respira el aura que meció su cuna 
Hasta el fin de su vida y su fortuna ! 



S7 

Que no le asustan de contraria suerte 
Los fieros y rudísimos rigores, 
Cuando a su embate opone un alma fuerte 
Que defienden los célicos amores 
De patria y de familia : Y ni la muerte 
Con su tren de fatídicos terrores, 
El corazón espanta enflaquecido 
Del que muere feliz donde ha nacido ! 

¿No es verdad que a través de estos versos mírase toda 
entera, exquisita y sensitiva, el alma del bardo peregrino, 
tiernamente abierta al recuerdo de los nativos lares, de la 
casa solariega, del aura natalicia, del sol hermano, del ca- 
marada infantil, del patio amigo, del huerto generoso y 
cómplice y de todas esas encantadoras fosforescencias que 
el hada evocatriz prende en nuestros cerebros para ilumi- 
nar el alma de las cosas que rodearon y encantaron nues- 
tra lejana niñez ? 

Consecuentes con estos arranques del poeta, están sus 
dos visitas a la nativa provincia, de las cuales ya hemos 
hecho mención. Y a propósito nos es grato referir, — y esta 
referencia la debemos a un a preciable deudo político del 
gran poeta, — .jue habiéndosele preparado por sus familia- 
res y amigos un gran banquete de bienvenida, él les dijo, 
jovial y cariñoso : « Nó, mis amigos, 3^0 no quiero banque- 
tes, yo lo que quiero es comer una costilla de chivo asada ». 

¿Cabe más ingenua y gráfica expresión de intenso y 
puro corianismo ? Porque el chivo es a nuestra fauna lo que 
el cují y el cardón a nuestra flora. Son como símbolo o 
reflejo de la raza; como una eterna respuesta de la tradi- 
ción autóctona a las interrogaciones de los nuevos tiempos; 
como el espíritu del aborigen flotando al través de las eda- 
des sobre la característica bravura del tipo étnico. 

Carcía de Quevedo, rindiendo homenaje al rey de la 
fauna coriana, revelóse más coriano que si dicho lo hu- 
biera en las más ricas armonías de su estro. 

En lo que sí estamos de acuerdó con el ilustre Doc- 
tor Calcaño, — aún cuando nos parece un tanto exagera- 
do—es en su aserción de que si García de Quevedo hu- 
biera permanecido en su patria no habría conquistado., 
el renombre con que culminó en los estrados de las le- 
tras castellanas, porque «la fama, como la moda — dice — 
de fuera ha de venirnos: Aquí ni se fundan trompas ni se 
estampan figurines. Figurines? han de ser de ojos azules 
y cabellera rubia. Glorias? han de estar saturadas del 
acre ambiente del Atlántico y trascender a ese perfume 
sutil de pino embalado que despide la mercancía que vie- 
ne de lejos». 



88 

Aparte del cargo de españolismo que el eminente li- 
terato caraqueño formula a García de Ouevedo, su elo- 
gio, alto y sonoro, con la alteza y sonoridad de aque- 
lla palabra autorizada, no se hace esperar en torno d_£ 
la obra literaria de este poeta, dramaturgo y novelista 
de renombre universal. 

«García de Ouevedo, — dice en su prólogo a un tomo 
de poesías de éste publicado en Curazao, — entra en doce- 
na con los primeros poetas del siglo actual. Su inspira- 
ción siempre alta; su versificación siempre armoniosa; 
su colorido, siempre apropiado; y el brillo artístico y 
proporciones esculturales que sabe dar a sus odas, son 
documentos abastados para obtener el laurel que ya da 
sombra a su tumba, y la fama que esclarece e inmor- 
taliza su nombre ! » 

Y el no menos eminente Don Felipe Tejera dijo de 
él que como lírico no tiene quien lo rivalice en Hispano— 
América 

Y Torres Caicedo uno de sus más sesudos y autori- 
zados biógrafos dice: «entre los modernos poetas españoles 
García de Ouevedo ha conquistado por sus talentos y 
sus luces uno de los puestos más distinguidos. La Es- 
paña ha sabido honrar sus ricas dotes intelectuales y mo- 
rales, y en más de una ocasión los más eminentes lite- 
ratos de la Península le han dado públicos y espléndi- 
dos testimonios de lo mucho en que estiman sus obras. » 
•Y Emilio Constantino Guerrero, una de nuestras más 
encumbradas y auténticas glorias literarias, personali- 
dad muy distinguida, además, en el Foro, en la política 
y en la diplomacia (6) : « Heriberto García de Ouevedo na- 
ció en Coro. Dos coronas se ha reservado la naturaleza 
para los hijos de esta tierra afortunada : el valor y el 
talento. El valor ha producido militares capaces del 
heroísmo; el talento escritores y poetas dignos de la 
gloria. García de Ouevedo vino a la vida con ambas 
coronas. Trajo en el corazón todas las energías del lu- 
chador; en la mente todos los esplendores del ideal. Na- 
ció con una pluma y una espada 

García de Quevedo llevó a Madrid la caballerosidad 
venezolana, la energía de las tempestades del Caribe, la 
poesía de los cielos antillanos, las ideas del pueblo fran- 
cés. A haber nacido en los tiempos de Píndaro, habría 



(<il Con la muerte de este eminente venezolano, desaparecido reciente" 
mente en la plenitud de su fecunda vida intelectual, perdió la patria 
uno de sus más altos representativos en la diplomacia', el derecho y 
la literatura. 



89 

«cantado también a los vencedores en el Estadio. Alas 
antes, como Tirteo, habría conducido a los Esparciatas 
al triunfo con el poder de sus divinos cantos. Tenía, sí, 
la majestad viril del primero y la enérgica expresión del 
segundo. » 

Y Gonzalo Picón Febres, escritor y poeta de alto 
blasón en la heráldica de las patrias letras, temprana- 
mente arrancado por la muerte de entre el boscaje de 
laureles que ya había conquistado: « Mayor, mucho ma- 
yor poeta que Baralt, alcanzó a serlo José Heriberto 
García de Quevedo, por la riqueza de su fantasía, por 
su íecundidad maravillosa, por los atrevimientos de su 
inspiración, por su torrencialesca expresión lírica, por la 
abundancia de su vocabulario y porque no se encerró 
en estrechos límites, sino que trabajó obras magníficas 
de poderoso aliento. Con él no rivalizan, en semejantes 
sobresalientes cualidades, sino muy pocos de nuestros más 
altos poetas. Fué poeta épico, poeta leyendario, poeta 
eminentemente lírico, y en todos los géneros que se atre- 
vió a invadir con su talento y arrogancia, puede decirse 
que triunfó. Su educación esmeradamente clásica le sir- 
vió para jamás abandonar el culto de la forma bella ; 
pero el no se valió del clasicismo sino de un modo in- 
directo, modernizándolo con amplitud completa e inde- 
pendizándose de su manera arcaica, de su vocabulario 
antiguo y de su alambicamiento sin brillo, sin hermo- 
sura y sin fragancia. «No fué un poeta relamido sino 
un poeta elegante sin ninguna afectación. » 

Y muchos otros poetas y escritores de altísima nom- 
bradla aquende y allende, entre ellos Menéndez Pelayo 
y Don Juan Valera, han tenido también para el excelso 
literato venezolano las más altas y sonoras frases de 
admiración y encomio. 

Las citas que dejo hechas no lo han sido únicamente 
para exornar este trabajo, pobre de suyo, pobre en ex- 
tremo tratándose del altísimo cerebro que tan vibrante con- 
cepto dejó grabado en el pensar y en el sentir de las gentes 
sabias adoradoras de la majestad de la belleza en sus divi- 
nas formas de idealidad y de pureza, si que también por vía 
de testación, — aunque de hecho lo está en la virtualidad 
misma de la obra realizada, — a la opinión de uno de 
nuestros más renombrados historiadores y críticos, que al 
mencionar un día a García de Quevedo, colocóle, entre 
despectivo e indiferente, en la fila de los poetas de se- 
gundo o tercer orden, reclamando para su obra la pie- 
dra tumularia del olvido. 

Pero como la obra del genio es inmortal, como el 
tiempo es más bien agua de siempre fresca juventud para 



90 

las rosas divinas del arte y de eternas blancuras para los 
mármoles de la idea; como la gloria tendrá siempre al- 
tares mientras haya en el mundo mármoles y pórfidos, 
músicas en las liras, perfumes en los rosales, cánticos 
en las frondas, blancura de plata en las albas y oro y 
azul en el infinito de los cielos, la obra de García de 
Ouevedo perdurará y brillará en la plancha luminosa de 
las letras castellanas, como perdura y brilla, por sobre 
los tiempos y las escuelas, la trama de oro purísimo 
de los versos de Hugo el divino, de Musset el doliente, 
de Baudelaire el trágico, de Poe el fantástico, de Becquer 
el sensitivo, de Heine el soñador, de Byron el trashu- 
mante. 

Enorgullécese el autor de este trabajo con la fortuna 
de haber sido él quien iniciara, como Secretario General 
del Gobierno de Falcón, la celebración, en marzo último, 
del Centenario de García de Ouevedo, de que su efigie 
se inmortalizara en la dureza del mármol, y de que así el 
nombre del excelso poeta, del hijo esclarecido de la Coro 
letrada y heroica, se alce ante la conciencia nacional re- 
vivido y consagrado con los más puros fulgores del re- 
cuerdo apoteósico. 

Caracas.— 1919. 



Fragmento 

del discurso de orden pronunciado en la inauguración de la Plaza « Gil i el 
día o de Julio de 1909, en homenaje del gran tribuno Dr. José María Gil 



Señores : 

Ha sido siempre virtud característica de los grandes 
pueblos, de los pueblos que se nutren con médula de recuer- 
dos heroicos y tradiciones leyendarias, rememorar sus glo- 
riosas efemérides glorificando al propio tiempo la memoria 
augusta de sus grandes héroes y sus grandes pensadores; 
como que es deber ineludible, por sagrado, de sociedades y 
Gobiernos mantener vivo y vibrante en el alma de las gene- 
raciones el ejemplo luminoso de los que supieron morir por 
la Patria con un ritmo de marsellesa entre los labios y un 
girón de bandera entre las manos, y los que hicieron gloria 
inmarcesible y fulgurante plantando mirtos y palmas en 
los campos fecundos de la idea, y echaron a volar el verbo 
por los espacios de la verdad como un ave muy blanca 
mensajera de paz y redención. 

Comprendiéndolo así el ilustrado y patriota Gobierno 
que preside el benemérito General Mariano García, e inspi- 
rándose siempre en la noble política de reparación y de 
justicia que el Supremo Magistrado de la Nación, el nota- 
ble patriota General Juan V. Gómez, ha logrado implan- 
tar en la República para bien de ésta y para gloria de 
él; comprendiéndolo así el Gobierno del Estado, repito, 
y poniendo una vez más en evidencia sus altos sentimien- 
tos de patriotismo y de justicia, ha colocado, entre los 
festejos de esta fecha magna, la inauguración de la plaza 
que, por iniciativa de la Junta Directiva de la Apoteosis 
del Doctor José María Gil y por voluntad popular, lleva 



92 

el nombre querido y venerado de este eoriano perilustre 
que hizo fecundos todos los senos de la idea con la viri- 
lidad portentosa de su talento múltiple y dio a la tierra 
heroica que le vio nacer una eterna fulguración de gloria, 
en compensación valiosa y bella de la savia generosa con 
que ella había nutrido su gran cerebro de pensador pro- 
fundo e irreductible. 

Así las flores pagan con sus aromas a la tierra el 
jugo que les ha dado, las aves con su canto a la natu- 
raleza sus ritmos no aprendidos, el arroyuelo a la selva 
con sus murmullos el follaje que lo oculta. 

Bien está la celebración de este acto, que es como la 
primera campanada de la apoteosis que se prepara, en 
este excelso día de la Patria; bien está el recuerdo del 
tribuno incomparable bajo el sol reverenciable del 5 de 
Julio ante cuya lumbre arrodillóse siempre aquella gran- 
de alma de apóstol para entonarle psalmos a la Liber- 
tad y glorificar la memoria de los que crearon la Patria 
con la potencialidad de su sangre y con la esencia de sus 
almas. 

Todas nuestras plazas, todos nuestros sitios públicos, 
todas, nuestras almas están llenas del recuerdo del gran 
tribuno, porque su palabra sonora de apóstol valeroso y 
noble no faltó nunca a ninguna cita de la Patria, no 
vaciló nunca en ningún momento solemne de la Repúbli- 
ca, no se hizo esperar nunca en ninguna fiesta del pro- 
greso, no dejó de vibrar nunca en ningún acto civilizador, 
caritativo y generoso. 

Si las cosas tienen alma, el alma de los edificios que 
circundan estos sitios deben vibrar a cada momento con 
el recuerdo de una de las últimas arengas del tribuno. 
Eran los días en que la garra británica amenazaba con 
posarse sobre el seno opulento de nuestra Guayana ; días 
solemnes en que cada minuto podía ser el mensajero que 
viniera a decirnos que había sonado la hora de una nue- 
va gesta por la patria independencia. 

Como en todos los pueblos de la República, el patrio- 
tismo eoriano púsose de pié; y fué entonces cuando la 
palabra dantoniana de Gil vibró en nuestros aires como 
un clarín de combate, poniendo en todas las almas rumor 
de marsellesa y en todos los labios oblación de patriotismo. 
Las multitudes que lo escuchaban lo aclamaron deli- 
rantes, lo llevaron en triunfo, lo estrecharon en sus bra- 
zos en delirio de apoteosis. — Asi bajaba él siempre de la 
tribuna: así bajaba también Mirabeau cada vez que sobre 
las gradas del trono de San Luis repercutía la tempestad 
de su palabra libertaria. 



93 

Porque él era la expresión fuerte y luminosa de su 
tiempo, la personificación viril y heroica de su tierra. 
Gil llevaba en sí el alma coriana como un ateniense de 
Plutarco el alma helena; y de tal modo vibraba en su 
ser que hasta en sus pláticas más íntimas cualquiera podría 
encontrar la modalidad característica de un pueblo altivo 
que lo mismo sabe de las luchas homéricas que dan gloria 
como de las justas caballerezcas que dan honor. 

En su mirada aguilina espejeaban gloriosamente nues- 
tros horizontes infinitos caldeados de sol tórrido; en su 
palabra castelariana vibraba siempre la brisa canglorosa 
de nuestras llanuras pletóricas de leyendas; en su ademán 
tribunicio palpitaba siempre la majestad radiosa de nues- 
tros médanos imponentes y levantisticos, y en toda su 
actitud arrebatadora y tempestuosa la expresión tradicio- 
nal de una raza de pújiles sembradores de epopeya en los 
campos de la libertad. 

Como hombre de causa, Gil era el prototipo del pun- 
donor y la lealtad ; y así, viósele siempre, cualesquiera que 
las circunstancias fueran, predicando en todos los tonos 
el verbo liberal y convirtieudo en dogmas los ideales de 
la Democracia. 

Pero su credo y sus principios políticos debían chocar 
con los hombres y las corrientes de su época, y cayó 
vencido sobre el aúreo escudo, pero cayó agitando en lo 
alto su ideal de combatiente y enseñando impoluta su 
bandera de cruzado. 

Como todos los genios, como todos los que han em- 
prendido, con la espada o con el verbo, misión redentora, 
Gil también sintió caer sobre su frente luminosa la coro- 
na del martirio. 

Unos días más, y tras la merecida Apoteosis que en 
breve celebrarán nuestro Gobierno y nuestro pueblo, uni- 
dos estrechamente en un nobilísimo pensamiento de sobe- 
rana justicia, alzaráse en esta plaza el busto en bronce 
con que el amor y la gratitud de todo un pueblo perpe- 
tuarán la memoria del esclarecido pensador coriano cuyo 
nombre glorificamos en este momento. 

Y aquí vendremos en amable romería a platicar 
en espíritu con el tribuno inolvidable y a contemplar de 
nuevo su gesto señorial de triunfador excelso, revivido 
luminosamente en una milagrosa refracción de apoteosis 
cada vez que nuestras auroras y nuestros crepúsculos pon- 
gan su beso de gloria sobre aquella frente que fué nido 
de la idea y sobre aquellos labios que fueron cauce del 
verbo. 



Caracas 

A Andrés Muta. 



En la f¡ilda de un monte que engalana 
Feraz verdura de perpetuo Abril, 
Tendida está cual virgen musulmana 
Caracas la gentil. 



García de Quevicdo. 

Y antes y después del celebrado poeta venezolano, cuya 
cuna mecieron las brisas canglorosas de Coro la egregia, 
prosadores y poetas de aquende y allende el Atlántico, han 
tenido cláusulas y rimas de diamante, engastadas en oro 
purísimo de admiración y galantería, para la deslumbrante 
ciudad palatina que el Avila custodia con toda la fiereza de 
un coloso que tuviera celos del viejo mar cantor, o como un 
águila que temiera un rapto de las nubes, eternas rondado- 
ras de la majestuosa eminencia americana. 

Y todas esas músicas de viejos y nuevos bandolines, que 
saben a moriscas serenatas en las rejas de Granada al ru- 
mor de las ondas del Darro y del Genil, han vibrado en los 
oídos de la opulenta Metrópoli como el homenaje que los 
príncipes del arte rinden a la que es reina por su belleza, rei- 
na por su historia, reina por su cultura y reina por la gracia 
incomparable de sus mujeres, en cuyos ojos puso Dios 
los destellos de sus primeros luminares, en los labios el rojo 
del primer terebinto y en las manos la blancura de las pri- 
meras nieves. 

<i Emperatriz del mar de las Antillas — Ciudad sacra » lla- 
móla, en clásica música de versos impecables, Francisco 
Guaicaipuro Pardo. 



95 

« Ciudad de los portentos» escribió para ella, en rimas 
sonorosas, Domingo Ramón Hernández. 

« Mansión augusta 

Del poder, de la gloria y de la ciencia », fueron notas que 
"brotaron, triunfantes y rien tes, de la lira siempre nubil de 
Ildefonso Vázquez, el viejo cantor de las leyendas del Coqui- 
vacoa, del lago siempre azul en cuyos diáfanos cristales ríe 
siempre, con risa límpida y cantante, el espléndido cielo ame- 
ricano, y en cuyos cocoteros repican de contíuuo sus músi- 
cas más dulces las brisas tropicales. 

Y Pérez Bonalde, el inimitable cantor trashumante cuya 
«Vuelta a la Patria» es la eterna vuelta del Ensueño y del 
Amor a las regiones del Sentimiento y del Arte, llamóla, 
apenas divisó sus cúpulas bizantinas: 

« Odalisca rendida 
a los pies de un Sultán enamorado ». 

«La Atenas gentil del Coloniaje», dijo de ella el chile- 
no Vicuña Maekenna en su magnífico aunque un tanto par- 
cial paralelo entre Bolívar y San Martín. La Atenas del 
Placer y del Encanto la hemos llamado todos los que, desde 
niños, hemos soñado con la «Virgen Musulmana » de García 
de Ouevedo o la « Odalisca rendida» de Pérez Bonalde. 

Pero la verdadera grandeza de Caracas no está sino en 
su corona resplandeciente de madre augusta del Semi-Dios 
.americano. Entonces sí es ella la « Ciudad Sacra » que dije- 
ra el lacustre apolonida, la ciudad divina cuyo manto se 
vuelve de púrpura cuando el sol, como si bajara de la cúpula 
de San Pedro, envuelve devotamente la efigie de bronce del 
Oran Libertador. Así, ella se enseñorea sobre el Continente 
y pontifica sobre Ja Historia, sobre el tiempo, sobre las al- 
mas que viven de rodillas ante la majestad de la Patria. 

Otra faz rutilante de la ciudad pontificia del Avila es 
su fraternidad, su intenso amor humano. En medio de 
sus fiestas deslumbrantes, de sus fastuosidades, de sus fra- 
gilidades de Urbe opulenta, fanática adoradora del país 
de Lutecia, ella tiene una sonrisa generosa y buena para 
los que sufren y le piden llorosos un rayo de su lumbre. 
Entonces ella tira las bridas sobre el lomo humeante de 
sus corceles impetuosos, salta como una colegiala de la 
asiática carroza, recógese la púrpura y pone el oro de su 
•caridad en las manos suplicantes. 

Coro, la egregia ciudad leyendaria, la vieja Metrópoli 
Ex Sede, sabe bien de esta virtud de la ciudad palatina. 

Un día, el hasta entonces inofensivo Caujarao rugió 
«contra el granito del gran dique sus soberbias cóleras, y la 



96 

obra magna cedió al ímpetu de las aguas desbordadas, con- 
virtiendo en eriales el labrantío opulento, en ruinas y mise- 
rias mil cabanas felices y en grita sitibunda la alegría de todo 
un pueblo (1). Caracas fué entonces la primera que exten- 
dió sus manos señoriales con la escarcela de la caridad y 
promovió una fiesta suntuosa en la cual, además del oro' 
de la moneda, brilló no menos fúlgido el oro de la palabra, 
que es no menos rico que aquél cuando viene de las cante- 
ras del sentimiento extraído por la piqueta del Arte. Dió- 
genes Arrieta, aquel señor del verbo que tanta miel ática 
sabía extraer de los rosales de la idea, fué en aquella no- 
che el tirano de la tribuna, el conquistador magno del 
aplauso apoteósico. 

Y hoy, no bien la Península histórica, azotada impla- 
cablemente por una sequía devastadora que ha extendido 
las negruras de la miseria y de la muerte entre aquel su 
cielo siempre azul y aquel su suelo enantes próvido, toca 
a las puertas del sentimiento nacional, cuando ella aprés- 
tase, generosa y buena, a llevar por todas partes el platillo 
de la cuestora, que a poco se colma de monedas providen- 
tes que ella envía presurosa a los hermanos en desgracia. 

Bendita para siempre sea tu gloria y tu belleza y tu 
grandeza, ¡oh ciudad gentil! que te reclinas, como una rei- 
na, sobre el dosel de la Historia, como una pitonisa sobre 
la trípode del tiempo, y como una « Virgen Musulmana » a 
los pies del Avila milenario que te custodia con toda la 
fiereza de un coloso que tuviera celos del viejo mar cantor,, 
o como un águila que temiera un rapto de las nubes, eter- 
nas rondadoras de tu majestuosa eminencia americana. (^) 

Coro: 1912. 



(1) Merced a la munificencia del General Gómez la gran obra de Falcótt 
fué reconstruida. 

(2) Por haberse extraviado los originales al tiempo de darlos a las- 
cajas, no van estas dos últimas piezas en el lugar correspondiente con- 
forme a fechas. 



algunos juicios sobre el libro " Prosas " que su autor ha 
sabido agradecer profundamente, así por lo espon- 
táneos como por lo generosos. 



Prosas. — R. Cayama Martínez. — Ti- 
pografía Ramírez.— Coro. 

Este gentil opúsculo que nos llega de la heroica villa 
occidental, cuidadosamente impreso y prologado por la 
pluma exquisita y dilecta de Antonio Smith, es una cor- 
dial indemnización que el brillante talento de Cayama 
Martínez ofrece al público venezolano, que yá se obstina 
de la publicación de tanto volumen trivial conque en estos 
últimos tiempos han atiborrado la bibliografía nacional 
algunos patrios escritores. 

Prosas es una noble colección de artículos en la cual su 
autor borda maravillas verbales en el maravilloso lienzo 
del estilo, con esa gracia sui géneris que le ha conquistado 
prestigio y fama entre los círculos literarios de la América. 
Una serpentina vibración repica las mil campanillas de la 
harmonía en esas encantadoras prosas que simulan, entre 
el rudo vivir nuestro, la magia de un bouquet expan- 
diendo el sortilegio de su fragancia sobre la abierta de- 
solación de una llanura enferma de sol y de silencio. 

Para el compañero lejano tenemos un saludo efusivo y 
cordial y para su hermoso volumen literario un puñado de 
alabanzas escogidas con cariño y afecto en nuestro hermé- 
tico huerto laudatorio. 

Alba del Trópico.— Maracaibo. 



98 

Que el señor General R. Cayama Martínez es un buen 
escritor y un elocuentísimo orador ; que es el renombrado 
occidental un artista de la palabra, un habilísimo prosa- 
dor de cuya pluma brotan las bellas frases y las cláusula» 
esculturales, magistralmente construidas, cinceladas cor* 
pasmosa habilidad, es verdad harto conocida de cuantos 
en Venezuela se ocupan poco o mucho de literatura y de 
periodismo. j 

En cambio, pocos son los que saben que Cayama no 
concede importancia alguna a sus hermosos trabajos lite- 
rarios; que para él, empeñado casi siempre con todo el 
ardor de su nervioso temperamento en las luchas políti- 
cas, cuanto extraño a éstas produce su fecundo y pode- 
roso cerebro, son fruslerías de las que apenas conserva 
recuerdo, días después de escritas. 

Por esto nos ha sorprendido hallar reunidos en el libro 
Prosas, que acabamos de leer con verdadera delectación, 
una docena de preciosos artículos que bastarían para ha- 
cer la reputación de un literato de primera fila. 

« Bajo la escarcha »; « Mi mayor triunfo », « La bandera 
nacional», cualesquiera de estos artículos que al azar se to- 
men de este libro, son verdaderas joyas de mérito singular, 

Al dar las gracias a nuestro querido amigo el general 
Cayama por el ejemplar de su bello libro que, con cariñosa 
dedicatoria, se sirvió remitirnos, nos es muy grato íelici- 
tarle por este su nuevo y brillante triunfo literario. 

El Mirandino — Ocumare del Tuv. 



Prosas.— R. Cayama Martínez.— Coro. 

El autor recoge en estas páginas, como en un cofre de 
recuerdos, todas esas ideas y esos sentimientos que doran 
la vida de luz y la esmaltan de ensueño. El arte es una de 
las condiciones más esenciales de la naturaleza humana, 
suerte de genio protector que va delante del poeta trocando 
a sus conjuros en rosas de púrpura la sange que arrancan 
las espinas del camino, y despertando anhelos de algo me- 
jor a cada chatura moral que pudiera tornarnos pesimis- 
tas. Todo libro desinteresado contiene en sí mismo una 
vasta reserva de ensueño, y este libro que viene de la vieja 
ciudad colonial, poetizada aún en la aspereza de sus nopa- 
les y el ardor de sus dunas bajo el sol eternamente fogoso, 
esparce el perfume de la tierra cálida, donde las alondras 
anidan en la melena de los poetas. 

Menos feliz que el gran Darío el de los hallazgos idioma- 
ticos, el autor intitula « Prosas » lo que en realidad no ad- 



99 

mite el plural en este caso, pues el maestro latino-ameri- 
cano empleó el vocablo con toda propiedad, aplicándolo a 
sus versos profanos. 

Por lo demás, el hermoso libro de Cayama Martínez 
nos ha proporcionado horas de placer con sus hermosas 
lecturas y le somos deudores de gratas emociones. 

El Universal.— Caracas. 

Nota.— ¿Cree el buen amigo, bibliógrafo que fué de este ilustrado 
diario capitalino, que con el título de « Prosa» habría, mi libro expresado 
menos o más que con el de «Prosas»? Pues no. Habría dicho lo mismo 
que si hubiera escrito Broza o Brozas, que fue mi primera intención y 
como, de seguro, lo habrán entendido los que han tenido la paciencia de 
leerlas. Prosa o Prosas: cuestión de número en la escala gramatical. 

Lo que sucedió fué que el autor de esta nota bibliográfica no se fijó 
en que yo había dividido mi libro entres clases de prosa; todas malas 
por supuesto, pero que no por esto quedaban fuera del plural. 

Por lo demás muy agradecido, no sólo por las generosas frases con- 
sagradas a mi pobre libro, sino por el honor altísimo que me dispensara 
al poner mi humilde nomine en contacto con el del inmenso poeta conti- 
nental, bendición de gloria con la que nunca soñé. Ya vé como sí fui 
afortunado con el título de mi libro. 

El Autoií. 



Dr. Pedro M. Arcaya 

saluda atentamente a su muy distingnido amigo General 
R. Cayama Martínez avisándole recibo del ejemplar que 
se dignó remitirle de su hermoso libro últimamente pu- 
blicado y por el cual Arcaya lo felicita muy cordialmente, 
porque es una colección de vibrantes e intensamente pen- 
sadas producciones, escritas en terso y brillante estilo. 
Arcaya dá las más expresivas gracias a su amigo Ca- 
yama Martínez por el ejemplar que le envió y le reitera 
las protestas de su amistad. 

Caracas: 1917. 



« prosas » 

Prestigiado por la sonora verbosidad de Antonio Smith, 
he recibido de Coro, de la gentil ciudad de Polita, im- 
preso con gusto en la bien dirigida Tipografía Ramírez, 
y con una amistosa dedicatoria, la última producción del 
tantas veces aplaudido escritor Sr. R. Cayama Martínez, 
« Prosas ». 

Apenas he hojeado el libro y saboreado párrafos de 
sus páginas, y me he sentido ávido de todo el gustar 
de las creaciones de la pluma exquisita del conocido in- 
telectual coriano. 



100 

Doy las gracias por este fino recuerdo que se me hace, 
absteniéndome de, expresamente, probar el contenido que 
encierra este búcaro fragante en donde duerme un sueño 
vivo de belleza el rosal florecido del alma del artista. 

Romeo Vandick, Cronista del Eco Industrial de Banjuisimeto. 



« PROSAS » 

Con este nombre acaba de enriquecer la patria bi- 
bliogrfía con su último magistral producto la bien tajada 
pluma de nuestro apreciado amigo el General Rafael Ca- 
yama Martínez, gala y blasón de la literatura falconiana. 

A nuestra mesa de redacción acaba de llegar, con ro- 
sada cubierta, a modo de una ánfora de porcelana para- 
mentada con las joyas de la idea y perfumada con el 
oriental orobias del estilo, el generoso presente del pen- 
sador amigo, que se empeña en sembrar en nuestra de- 
solada aridez la exhuberante pompa de sus rosales. 

Vayan a él las protestas de nuestra gratitud, junto 
con los parabienes por 1os innumerables aplausos que in- 
dudablemente despertará su nueva producción. 

El Comercio. — Maracaibo, 

Mi estimado amigo: 

He gozado un bello momento lírico con la lectura de 
su obra «Prosas», que es algo más que prosas: es una 
filigrana. 

Yo le agradezco mucho el envío, y así mismo la bon- 
dadosa dedicatoria, la que me honra en gran manera por 
haber sido escrita por pluma tan galana como es la suya. 

Reciba, pues, mis más cordiales felicitaciones, y que 
la Musa lo siga inspirando tan generosamente. 

Lo saluda afectuosamente. 

Su amigo affmo. 

S. Carvallo Arvelo. 

Mi estimado amigo: 

No hago juicio de sus « Prosas » sino con el corazón: 
con su lectura he sentido descender sobre mis horas de 
belleza la bendita paz del Ensueño. 
Alabada sea la obra del Arte ! 
Suyo afectísimo amigo y admirador, 

E. Smith Monzón. 



101 



Mi querido amigo 



Conmigo el bello obsequio de sus magfinícas « Prosas * 
que llamo libro de oro, porque oro comienza uno a tocar 
desde el Prólogo, trazado por nuestro querido Antonio 
Smith, el más falconiano de nuestros poetas, hasta la úl- 
tima página de esa obra, toda púrpura y armonías de 
pájaros. La fértil pluma de usted es una especie de pincel 
y de lira, porque canta como un ruiseñor y porque vierte 
en cada cláusula rica coloración que fulge. 

Mi abrazo de felicitación por ese nuevo triunfo. 

Su amigo affmo. 

José F. Fortique. 



NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 

Hemos sido favorecidos con el envío del libro « Prosas» 
que acaba de publicar en Coro el distinguido escritor R. Ca- 
yama Martínez, a quien agradecemos debidamente el re- 
cuerdo. 

Prologa el libro el doctor Antonio Smith, intelectual que 
goza de fama por sus originalidades ; y a decir, verdad, no 
nos placen sus renglones liminares, porque creemos firme- 
mente que ha podido hacer algo más acertado y justificar 
sus títulos de buen escritor. 

En la obra de Cayama Martínez resaltan por sobre to- 
das las demás producciones «Mi mayor triunfo» y «La 
bandera nacional », sin decir por esto que ellas hacen el li- 
bro. Son las más nobles y las más sentidas, ya que las une 
el hilo fúlgido del amor. 

«La flauta de Pan» es otra bella página de literatura 
nacional, a pesar de su título, que releímos con agrado. 

Bastantes aplausos ha conquistado con «Prosas» el 
brioso polígrafo coriano ; más a buen seguro se hubieran 
centuplicado aquéllos si nos regala con un tomo de esa so- 
nora literatura en que descuella magníficamente entre la in- 
telectualidad venezolana. 

A hna, Criolla. — Valencia. 



« PROSAS » 

De Coro hemos recibido un libro, autorizado por la fir- 
ma, por cierto valiosa, de R. Cayama Martínez. 

Él libro está prologado por el joven poeta Antonio 
Smith. 



102 

Leeremos esta producción del señor R. Cayama Martí- 
nez, con el mismo interés conque hemos leído sus muchos ar- 
tículos y discursos, que ha publicado. 

Dárnosle las gracias, expresivas y cordiales, por el envío 
de sus « Prosas ». 

El Tiempo. — Caracas. 



CAYAMA MARTÍNEZ 

Este conocido periodista de prosa fuerte y elegante, nos 
regala esta vez con un libro de arte, donde ha recogido, con 
esmero exquisito, mil rosas de su lírico jardín, donde el En- 
sueño se dilata en un intenso florecimiento de belleza ! 

En las páginas de « Prosas » bebemos rico vino de ilusión 
y alegría ; ilusión que aleja la crueldad de la vida, y alegría 
consoladora que nos vuelve menos dolorosos 

Gracias, poeta ! 

El Siglo— Maracaibo. 



« PROSAS » 

El brillante escritor coriano, señor R. Cayama Martí- 
nez, ha tenido la galantería de dedicarnos un ejemplar de su 
obra titulada « Prosas », impresa con esmero y gusto en la 
Tipografía Ramírez. 

Agradecemos el fino obsequio, cuyas páginas nos pro- 
porcionarán grata y sugestiva lectura. 

El Fonógrafo. — Maracaibo. 



NOTA LITERARIA 

Desde la ciudad de Coro, donde fué editado elegante y 
lujosamente en la Tipografía Ramírez, taller que goza de 
justa fama, nos ha enviado su autor, con atenta dedicato- 
ria que sabemos agradecer, un tomo de artículos escogidos 
que intitula « Prosas ». 

Nos referimos a la última producción literaria del señor 
doctor R. Cayama Martínez, cuyos trabajos en ese género 
como en los demás que constituyen la moderna literatura, 
han sido recibidos por el público lector con especiales mues- 
tras de distinción y significativo empeño. 

Viene ese libro, pues, a enriquecer el acervo literario ve- 
nezolano y a revalidar los títulos que en el mundo de las le- 
tras se ha ganado su ilustrado autor, a quien damos gra- 
cias por su fino obsequio. 

El Hera Ido Industria 1. Ca ra ca s. 



103 



UN NUEVO LIBRO 



Cayama Martínez nos ha obsequiado con sus fulguran- 
tes « Prosas », recopiladas en nítido libro sugestionador por 
las altas bellezas de su contexto fascinante. 

Nuestro espíritu se ha solazado dulcemente con la lectu- 
ra de tan exquisita obra de Arte; porque « Prosas », de Ca- 
yama Martínez — como dice Antonio Smith — es un bello ro- 
sal en el camino de la vida, un gesto augusto de sembrador 
de quien tiene conciencia de que la mejor ofrenda que se 
puede hacer a la patria es la ofrenda del talento, de quien 
tiene conciencia de que las manifestaciones del Arte son la 
expresión más genuina de la cultura de un pueblo. 

Y ha dicho muy bien el inteligente e ilustrado Dr. Anto- 
nio Smith en sus « Renglones liminares » con que prologa a 
« Prosas » del culto escritor coriano. 

Al felicitar al amigo Cayama Martínez por este otro 
triunfo, ganado como bueno, en el camino de las patrias le- 
tras, le significamos nuestras más expresivas gracias por el 
envío y fina dedicatoria de su espléndido libro. 

El Conciliador.— Coro. 



« PROSAS » 

Lujosamente editado en la afamada Tipografía &Ra- 
mírez», adorna nuestra humilde mesa de trabajo, un bo- 
nito opúsculo intitulado Prosas, cuyo autor es el ya co- 
nocido hombre de letras general R. Cayama Martínez. 

Prologa el bello libro el doctor Antonio Smith, ga- 
lano prosador que con gusto ático canta la personalidad 
literaria de Cayama Martínez, 

«Prosas» es una preciosa obra de arte, — tanto por el 
exterior como por su interior,— en cuyas brillantes pági- 
nas se leen exquisitas producciones, donde el alma se di- 
lata saboreando con placer helénico el dulzor de la frase ter- 
sa y bien tallada, muy digna de su autor. 

La Prensa.— Coro. 



BIBLIOGRÁFICA 

« Prosas». —R. Cayama Martínez.— Tipo- 
grafía Ramírez. 

Cratamente impresionados poí' un exterior exquisita- 
mente nítido, abrimos un nuevo libro que tiene por autor 
una de las más altas mentalidades corianas: R. Cayama 
Martínez. 



104 

Demasiado conocido en el mundo de las letras es el 
nombre de Cayama Martínez, cuya brillante pluma ha 
hecho conocer que también en Coro, junto a las arideces 
de nuestros cardonales y las desolaciones de nuestras lla- 
nuras, corre — fresca y murmurante — la clara linfa del ta- 
lento y rompe de continuo el cristal de su garganta el 
pájaro del verso. 

Trae el libro de que nos ocupamos un brillante pró- 
logo de otra alta mentalidad regional, él doctor Anto- 
nio Smith, poeta y prosador encumbrado. 

«Prosas» es un nuevo triunfo para Cayama Alartínez, 
y otro lauro para su frente de pensador, por lo cual le 
felicitamos, al darle cumplidas gracias por la amable de- 
dicatoria con que nos distinguiera. 

Nardo».— Core». 



« PROSAS » 

Con sumo placer acusamos recibo de «Prosas», sim- 
pático lihro que el inspirado escritor Cayama Martínez 
ha dado a la luz pública contentivo de exquisitas prosas 
de su fecundo numen. Antecede a las bellas prosas un 
poético prólogo de otro escritor ilustrado, el doctor An- 
tonio Smith, que versa con bello estilo sobre la persona- 
lidad del poeta y del orador Cayama Martínez. 

Expresamos nuestras más gratas gacias al respetado 
amigo General Cayama Martínez por su fino presente a 
la par que nuestras sinceras felicitaciones por este nuevo 
y rico triunfo de su brillante mentalidad. 

Auras de Occidente. — Coro. 



« PROSAS » 

De esta nueva obra del elocuente orador coriano, Ge- 
neral R. Cay cima Martínez, distinguido amigo y colabo- 
rador nuestro, hemos recibido un ejemplar delicadamente 
impreso en la Tipografía « Ramírez » y con honrosa dedi- 
catoria que sabemos agradecer. Siéntese al leer las páginas 
de «Prosas», acariciado el espíritu por las frescas brisas 
de mañanas primaverales, trasportado a las puras ilusio- 
nes de su juventud, y atraído a las dulces escenas del ho- 
gar feliz, a cuyo dulce calor quémanse las alas de amar- 
gos desengaños. 

Hoy honramos nuestras páginas con el bello Mi mayor 
triunfo, tomado del citado libro, para proporcionar a 
nuestros lectores un rato de solaz y dicha con su lectura; 



105 

y a la vez que damos al General Cayama nuestras ex- 
presivas gracias por su obsequio, felicitamos a la ilustre 
Coro por este nuevo triunfo de uno de sus hijos. 

üiario de Coro — Coro. 



« PROSAS » 

Así, sencillamente, titula el notable escritor General R. 
Cayama Martínez, el bello y exquisito libro que acaba de 
publicar y que viene a afianzar o aumentar más, si cabe, 
la envidable posición que ocupa como literato el ilustra- 
do autor de «Prosas». 

Nos congratulamos con el distinguido amigo, por la 
merecida acogida que ha tenido su producción y mucho 
le agradecemos el envío del ejemplar con que bondado- 
samente nos ha obsequiado con muy atenta dedicatoria. 

La Farmacia.— Coro. 



« PROSAS » 

Con un precioso libro que lleva este título acaba de 
enriquecer la literatura nacional, el afamado y esclarecido 
escritor coriano, el señor General R. Cayama Martínez. 

El libro contiene 104 paginéis, a cual más brillante de 
ellas, páginas dignas de la bien tajada pluma de quien 
como prosador ocupa puesto muy preeminente entre los 
notables escritores de la República. 

La precede un bello prólogo del acreditado poeta re- 
gional Doctor Antonio Smith, quien con su estilo siempre 
fresco y lozano, dice al concluir; «Prosas de Cayama 
Martínez es un bello rosal en el camino de la vida, un 
gesto augusto de sembrador, de quien tiene conciencia de 
que la mejor ofrenda que se puede hacer a la Patria es 
la ofrenda del talento, de quien tiene conciencia de que 
las manifestaciones del Arte son la expresión más genui- 
na de la cultura de un pueblo ». 

Adondequiera que vaya «Prosas» y haya verdaderos 
admiradores de cosas de Arte, allí conquistará este libro 
justicieros aplausos. 

El libro es editado en la Tipografía Ramírez, y prólo- 
go de Smith. 

La Vitara.— Curo. 



106 



PROLOGO DE « PROSAS » 



El trabajo que antecede, prologa el bello libro « Prosas» 
de nuestro apreciado amigo Rafael Cayama Martínez, a 
quien agradecemos el valioso obsequio que de aquel libro 
nos ha hecho. La gallarda pluma de Antonio Smith hace 
estricta justicia a la personalidad y a la labor literaria 
del talentoso autor de «Prosas». 

Mes Literario.— Coro. 



« PROSAS » 

Lleva este título una obra del meritorio y notable hom- 
bre de letras, del fecundo intelectual R. Cayama Martí- 
nez, del exquisito en la palabra. 

« Prosas » nos trae « las caricias de la musa » de Caya- 
ma, y nos induce amar más y más a la poesía por su len- 
guaje claro como sublime. 

Sus liminares son de Antonio Smith, el poeta que ex- 
presa en las dulces y canoras melodías del verso lo que 
mira, lo que siente y lo que sueña. 

Enviamos al señor Cayama Martínez, acompañados 
de nuestro agradecimiento por el envío de la obra, nues- 
tros parabienes por este otro triunfo suyo en el lumino- 
so camino de las letras. 

El ÍSnix. — Puerto de Cumarebo. 



« PROSAS )) 

Con atenta dedicatoria ha venido a embellecer nues- 
tra oficina de redacción, este fragante rosal de rosas 
ideales, desprendidas del numen exquisito del renombrado 
escritor coriano R. Cayama Martínez. 

R. Cayama Martínez, inteligencia luminosa, imagina- 
ción de potente vuelo, ha surcado los espacios infinitos 
de las letras en muchas direcciones, recogiendo átomos de 
ether dispersos en lo azul. 

En el pedestal augusto de la tribuna, domina, atrae 
con el mágico poder de su elocuencia subyugadora, y 
cuando ungido por las aguas divinas del Parnaso, hace 
vibrar su estro maravilloso como en «Prosas», el alma 
se siente arrullada por cánticos de armonías inimitables 
que la transportan a un paraje de extrañas fascinaciones. 

El prólogo de la bella obrita está firmado por el deli- 
cado bardo, Doctor Antonio Smith, que con la belleza 
sugestionadora de su estilo, conduce al lector por una 



107 

senda tapizada de gardenias y lilas odorantes a las már- 
genes del lago azul donde bogan los cines del ensueño. 

El Cóndor. — La Vela. 



« PROSAS » 

Cayama Martínez, el atildado prosador que tantas 
conquistas ha alcanzado con su pluma fulgurante, ha reu- 
nido en hermoso libro algunas de sus « Prosas »; libro que 
es como un rosal florido y fragante en una llanura tedio- 
sa, una gota de agua fresca en labios sitibundos, como 
acertadamente dice en los «Renglones liminares» Antonio 
Smith, tan conocedor de las exquisiteces del estilo. 

Decir que «Prosas» son páginas de arte esculpidas 
en este libro por el buril delicado y diamantino de Caya- 
ma Martínez, es decir sencillamente la verdad, y decirla 
para que los que gustan de la buena literatura abran este 
libro y saboreen sus mieles ambarinas. 

El libro impreso en la imprenta de Emilio Ramírez 
es obra acabada en el buen gusto tipográfico. 

Germinal.— Coro. 



« PROSAS » 

En el límpido cielo de la literatura nacional, ha apa- 
recido un nuevo astro, cuyos intensos resplandores pro- 
ducen súbitos deslumbramientos en las almas. Ese astro 
recibido por los fanáticos adoradores de la belleza con 
fervoroso cariño, admiración y aplausos, es el libro publi- 
cado últimamente en esta ciudad, por el inspirado y so- 
bresaliente intelectual coriano, General Cayama Martínez, 
con el modesto título de «Prosas». Hermoso libro, en 
cuyas magníficas páginas, percíbese* algo así como el lírico 
rumor de alas de la Musa elegantemente aristocrática de 
Cayama Martínez, en su vuelo majestuoso hacia los infi- 
tos espacios del ideal. Hermoso libro, decimos, escrito 
todo él, en estilo fluido y vibrante, donoso y terso, sober- 
bio y encantador. En ese áureo cofre de altísimos pensa- 
mientos, en esa ánfora de orientales y embriagadoras 
esencias, todo es música inefable, deliciosa placidez de 
ensueños, cautivadora armonía, fulguración tropical. 

Educado en la pura e insuperable escuela del clacisismo, 
en la cual ha seguido siempre con notable inspiración, 
aprovechamiento y éxitos, las huellas luminosas, las acer- 
tadas orientaciones de los maestros impecables del riquí- 
simo idioma de Castilla, Cayama Martínez, escritor serio 



108 

y correcto, ha sabido conquistarse con su talento, una 
envidiable y sólida reputación literaria entre sus compa- 
triotas. Su frente pensadora, ennoblecida de continuo por 
el aliento fecundo y creador del arte, ha sido ungida más 
de una vez, en ruidosos y civilizadores torneos de la inte- 
ligencia, con el óleo consagrador del triunfo. 

Trae dicho libro un famoso prólogo trazado por la gala- 
na y experta pluma del castizo y erudito escritor, doctor An- 
tonio Smith, en el cual hace éste con sutil y profunda ob- 
servación, un juicio concienzudo y sintético, sobre el mérito 
intrínseco de las selectas páginas de « Prosas ». En la nueva 
3' brillante generación de insignes escritores patrios, ocupa 
sitial de honor el Doctor Smith, por la exquisita delicadeza 
del sentimiento, por la diáfana claridad de su criterio, por 
la noble alteza de sus ideales, por la rotundidad de la frase, 
por el sello de novedad que llevan sus producciones y, 
por las potentes facultades de su espíritu. 

Agradecemos debidamente al General Cayama Martínez,. 
la atenta y afectuosa dedicatoria con que ha tenido la hi- 
dalga gentileza de distinguirnos, al honrarnos con el envío 
de su precioso opúsculo, y lo felicitamos efusivamente por 
ese nuevo y excelente trabajo, que ha venido a robustecer 
y a consolidar más, si cabe, su merecida fama de aventa- 
jado cultivador del pensamiento. 

R. Castillo Arévalo. 
Penumbra. — Coro. 



« PROSAS » 

Con atenta dedicatoria que debidamente agradecemos^ 
a nuestra oficina de redacción ha llegado el bellísimo libro 
del brillante y vigoroso intelectual coriano General R. Ca- 
yama Martínez. 

Prologa la exquisita obra el aplaudido poeta Dr. An- 
tonio Smith Monzón ; y puede decirse que, desde el hermoso 
y elegante prólogo comienza a palpai*se el oro rico de una 
literatura fresca y oliente como sonrosada manzana. 

Las « Prosas » de Cayama Alartínez son como una labor 
de tisú. Desgrana en ellas su potente y creador cerebro, 
todas los tesoros con que lo enriqueció pródigo numen. 

Adonde quiera que vaya «Prosas» le acompañará el 
grato murmullo del aplauso. Su belleza literaria y su ti- 
pográfica donosura, se imponen. 

Gracias por el envío de esa rica obra. 

Violetas, — Coro. 



ÍNDICE 



ÍNDICE 



Dedicatoria 3 

Al lector 7 

Descubrimiento y Redención 9 

Adoración y Ofrenda 12 

Patria 15 

La Bandera 17 

La Visión de Ayacuc-lio 19 

Discurso en la inauguración de una estatua de Bolívar, en Coro, el 5 de 

Julio de 1811 26 

Las Cortas de Cádiz 33 

Discurso en la celebración del natalicio del Libertador en 1913 36 

Discurso en la celebración del mismo en 1916 39 

Simón el Grande 42 

Discurso en la Recepción de los Representantes de los Estados, en Co- 
ro, el 19 de Diciembre de 1916 45 

Discurso en la velada promovida por el Gobierno del Estado Falcón, 

el 5 de de Julio de 1917 47 

Palabras al ofrendar una corona ante la estatua del Libertador, en Co- • 

ro, el 28 de Octubre de 1917 51 

Las Águilas del 5 de Julio 53 

Discurso de apertura de la Cámara de Diputados en 1916 55 

Discurso de apertura de la misma en 192 L 60 

Conferencia en el Palacio de Gobierno de Coro, el 19 de Diciembre 

de 1915.'. 67 

Don José H. García de Quevedo 77 

Discurso en la inauguración de la Plaza Gil, en Coro 91 

Caracas 94 

Juicios sobre el libro «Prosas» 97 






*c '♦ 






4-** 



Ufe 






i* * í^T* ' m* * 



ü 









179 



sot^eooo 



niH nadVHO iv on do AiisH3AiNn